He parado en una barbería a leer la prensa atrasada. Hace tiempo que descubrí que la mejor hemeroteca de mi pueblo estaba en las barberías, mejor incluso que la de la consulta del dentista -y gratis-. Yo creo que es el éxito de este negocio y lo que explica que mi barbero sea tan millonario como mi dentista.
Cómodamente sentado y perfectamente climatizado, he repasado los tipos de publicaciones que mayor interés despiertan:
1- Revistas con fotos de las más asombrosas señoritas que jamás ha parido madre (muchos de mis amigos dudan seriamente que existan o sean naturales), colocadas -las fotos- entre, como todo el sexo masculino sabe y el femenino niega, los más interesantes artículos que se publican en doquiera parte o sitio.
2- Publicaciones con interesantísimos artículos, salpicadas de fotos de una selección de las más bellas señoritas de todos los lares más chupadas, las señoritas, que la raspa de un pincho moruno.
A la vista de la atención y detenimiento con el que los parroquianos examinan las revistas -lo que se evidencia por sus bocas abiertas, los charcos bajo sus pies y sus ojos como platos, ávidos en la lectura- concluyo, indubitadamente, que mis conciudadanos están puntual y precisamente informados de los asuntos de más interés, enjundia, calado y actualidad.
Además he dado un vistazo a la prensa de mi ciudad de hace 7 meses a esta parte. Aclaro que, normalmente, desecho la prensa deportiva (abundante en extremo y otro de los pilares reales del periodismo nacional) por no entender nada de nada de ese asunto.
Por la bronca sobre fútbol, incluyendo improperios y caras congestionadas, que se ha montado de repente en el local, con la información sobre la localidad, mis patrones sobre belleza femenina, ultimas tendencias en prótesis mamarias y demás avances en cirugía estética actualizados, abandono la barbería y, como estoy casi en la plaza, voy al mercado, muy próximo al Ayuntamiento, para hacer la compra.
Nuestra Plaza,... ¡ah!, ¡nuestra plaza!..
Tiene un pilón en el centro de la calzada -algunos lo llaman fuente- que sirve de bebedero de palomas (las hay a montones) y al que no pueden llegar los peatones, muchísimo espacio para los coches y poca sombra. Lo lógico en una ciudad del sur con veranos de 45 grados.
Pese a todo, me gusta pasar por allí pues siempre me han gustado los idiomas y desde hace tiempo es un sitio magnífico para practicar. He podido comprobar que hay una probabilidad de 999 a 1000 de que si hablas con algún transeúnte no sea de Mundodibú.
Por desgracia, hoy no tengo tiempo de parlotear y la cruzo raudo y veloz para evitar una insolación fulminante o que las palomas me picoteen la cabeza.
Ya en el mercado, tras conseguir pasar entre los coches aparcados usando una farola como pértiga, esquivar un par de montones de basura, amorosamente abrazados a unos contenedores, en teoría, destinados a recogerla, y burlar a unos individuos que estaban en la puerta del edificio, de aspecto no muy recomendable he de decir (los individuos y el edificio), intento hacer la compra. Y digo intento, pues compruebo que sólo hay dos puestos activos en todo el mercado cuyo estado general se asemeja peligrosamente a la Estación de Autobuses y a la Casa del Terror de los parques de atracciones.
Por fortuna, cerca del mercado hay un establecimiento en el que consigo algunos alimentos para mi almuerzo de hoy -en otra entrega detallaré mi experiencia con la compra en supermercados y grandes superficies-. Con ellos en una bolsa de plástico (que, como cada vez, tendré que tirar a mi montón personal de basura) decido ir a casa sin más tardanza y prepararme la pitanza.
Bueno, acabo de despertar de la siesta. No he relatado la comida de hoy por ser muy similar a la de ayer y, para mi alivio, como las excavadoras no tronaban, he podido dar una cabezada en el sillón. Sólo mencionaré que mi sillón, definitivamente, se ha roto pero, como el lector sabe, es la crónica de una muerte anunciada.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Era la hora del “lunch” y luego había visita turística programada para los científicos foráneos. Los demás están viendo el partido que dan por la tele.
Cómodamente sentado y perfectamente climatizado, he repasado los tipos de publicaciones que mayor interés despiertan:
1- Revistas con fotos de las más asombrosas señoritas que jamás ha parido madre (muchos de mis amigos dudan seriamente que existan o sean naturales), colocadas -las fotos- entre, como todo el sexo masculino sabe y el femenino niega, los más interesantes artículos que se publican en doquiera parte o sitio.
2- Publicaciones con interesantísimos artículos, salpicadas de fotos de una selección de las más bellas señoritas de todos los lares más chupadas, las señoritas, que la raspa de un pincho moruno.
A la vista de la atención y detenimiento con el que los parroquianos examinan las revistas -lo que se evidencia por sus bocas abiertas, los charcos bajo sus pies y sus ojos como platos, ávidos en la lectura- concluyo, indubitadamente, que mis conciudadanos están puntual y precisamente informados de los asuntos de más interés, enjundia, calado y actualidad.
Además he dado un vistazo a la prensa de mi ciudad de hace 7 meses a esta parte. Aclaro que, normalmente, desecho la prensa deportiva (abundante en extremo y otro de los pilares reales del periodismo nacional) por no entender nada de nada de ese asunto.
Por la bronca sobre fútbol, incluyendo improperios y caras congestionadas, que se ha montado de repente en el local, con la información sobre la localidad, mis patrones sobre belleza femenina, ultimas tendencias en prótesis mamarias y demás avances en cirugía estética actualizados, abandono la barbería y, como estoy casi en la plaza, voy al mercado, muy próximo al Ayuntamiento, para hacer la compra.
Nuestra Plaza,... ¡ah!, ¡nuestra plaza!..
Tiene un pilón en el centro de la calzada -algunos lo llaman fuente- que sirve de bebedero de palomas (las hay a montones) y al que no pueden llegar los peatones, muchísimo espacio para los coches y poca sombra. Lo lógico en una ciudad del sur con veranos de 45 grados.
Pese a todo, me gusta pasar por allí pues siempre me han gustado los idiomas y desde hace tiempo es un sitio magnífico para practicar. He podido comprobar que hay una probabilidad de 999 a 1000 de que si hablas con algún transeúnte no sea de Mundodibú.
Por desgracia, hoy no tengo tiempo de parlotear y la cruzo raudo y veloz para evitar una insolación fulminante o que las palomas me picoteen la cabeza.
Ya en el mercado, tras conseguir pasar entre los coches aparcados usando una farola como pértiga, esquivar un par de montones de basura, amorosamente abrazados a unos contenedores, en teoría, destinados a recogerla, y burlar a unos individuos que estaban en la puerta del edificio, de aspecto no muy recomendable he de decir (los individuos y el edificio), intento hacer la compra. Y digo intento, pues compruebo que sólo hay dos puestos activos en todo el mercado cuyo estado general se asemeja peligrosamente a la Estación de Autobuses y a la Casa del Terror de los parques de atracciones.
Por fortuna, cerca del mercado hay un establecimiento en el que consigo algunos alimentos para mi almuerzo de hoy -en otra entrega detallaré mi experiencia con la compra en supermercados y grandes superficies-. Con ellos en una bolsa de plástico (que, como cada vez, tendré que tirar a mi montón personal de basura) decido ir a casa sin más tardanza y prepararme la pitanza.
Bueno, acabo de despertar de la siesta. No he relatado la comida de hoy por ser muy similar a la de ayer y, para mi alivio, como las excavadoras no tronaban, he podido dar una cabezada en el sillón. Sólo mencionaré que mi sillón, definitivamente, se ha roto pero, como el lector sabe, es la crónica de una muerte anunciada.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Era la hora del “lunch” y luego había visita turística programada para los científicos foráneos. Los demás están viendo el partido que dan por la tele.