domingo, 13 de enero de 2008

Segundo asalto

Repaso mi lista de compras para tachar mi adquisición.
¡Dita sea! ¡Joder!, ¡joder!, ¡joder! ¡No estaba en la lista! ¡Ya me ha vuelto a pasar!
Cabreado conmigo mismo, voy hacia el segundo establecimiento elegido.
De camino, paso junto a un local que está en pleno proceso de transformación. Este local, que en tiempos fue una tienda de comestibles, pasó a ser un videoclub para, pocos meses después, transformarse en agencia inmobiliaria. Transcurrido un poco tiempo, se había convertido en agencia de viajes y ahora se está transformando en panadería. Esta fantástica capacidad de adaptación de los locales al negocio más rentable es muy común en Mundodibú pero, con frecuencia, despista a los compradores que, yendo a por un kilo de naranjas, vuelven a casa con una peli porno (con la consiguiente bronca monumental de sus señoras). Además, como se trata de un fenómeno bastante generalizado, suele conducir al desabastecimiento por oleadas. Hasta hace muy poco, lo único que era posible comprar en la ciudad -sin usar el coche para irse a las afueras- eran viajes a Cancún o a Benidorm (que viene a ser lo mismo).
Bueno, estoy en la puerta.
Esta vez me aseguro de que lo que voy a comprar está en mi lista y hago unos minutos de meditación, repitiendo mi mantra de rebajas:
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al infierno, batallando por productos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga

Sin dejar de repetirlo (es un fragmento de un tal Machado que modifico a mi antojo), procurando dominar los temblores de rodillas que me surgen de improviso, entro gritando, a la carrera, en “Galerías Sacarino, todo en prendas de lino”.
Es uno de los comercios más populares por sus bajos precios y, mucho me temo, está hasta las trancas.
Grito de guerra: ¡Yaaaaah!
Nada más entrar, un golpe de calor, aire húmedo y efluvios de humanidad me provocan un amago de arcada que descompone la gallarda figura que me había impuesto. El monumental barullo del interior bloquea mi capacidad auditiva y los continuos empellones, que recibo por todos los flancos, anulan mi sistema de orientación. Es decir, mi sistema digestivo y mis sistemas de escucha y de equilibrio acaban de ser anulados. Igualito igualito que si Cassius Clay me hubiera dado un directo a la boca del estómago, seguido de un gancho a mi mandíbula.
Durante unos minutos, que parecen toda una eternidad, deambulo, tambaleándome, sin norte ni rumbo fijo, entre los mostradores y perchas de ropa. El río humano, sin que yo pueda hacer lo más mínimo para evitarlo, me saca otra vez a la calle.
El aire fresco, cual campana de boxeo, me salva del KO seguro y me permite replantear mi siguiente acometida. Desde la calle consigo ver, en el interior de la tienda, un cartel en su techo que señala mi objetivo.
Otra vez:
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al infierno, batallando por productos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga

Bis: ¡Yaaaaaaaaaaah!
A la carrera, en mi épica carga final, entro en tromba, sin mirar a los flancos, en dirección a mi valladar objetivo.
Agotado, casi noqueado, caigo semidesplomado en el mostrador de los pantalones donde, entre los empujones de la gente, me hago de un par de mi talla. He tenido que morder la nalga a una señora, meter el dedo en el ojo a otro pobre jubilado como yo y arrancar, de un tirón, una tachuela de la lengua a un chaval joven que se me había subido a la espalda.
Finalmente, he conseguido, reptando por el suelo, llegar a la cola para pagar.
-Se me cuela un señor por la cara.
-Se me cuela una señora con el truco de ponerse a charlar con una amiga.
-Se me cuela entre las piernas un niño enviado por su astuta madre.
-Se me cuela San Antón (con todos sus animales), que pasaba por allí.
Ya me toca. Hecho mano a mi cartera y descubro que, con el follón, golpes y apretujones me la han limpiado.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
agotado, perdida hacienda y heredad
-polvo, sudor y hierro- , el derrotado Cid cabalga

Abandono el local.
Mientras camino a casa, reflexiono. No cabe en mente humana tamaña brutalidad. Aturdidos y arruinados tras la quincena anterior, nos vemos impelidos a comprar, comprar y comprar entre marabuntas de gente, con unos dibueuros que no tenemos, entresacando, de entre montones desordenados de tallas enormes o minúsculas, mientras nos machacan a codazos, artículos que no necesitamos y seguramente nunca usaremos, deambulando, a temperaturas insoportables de calor y frío, entre tiendas y más tiendas.
No descarto que sea la penitencia por tomarnos a chirigota la fiesta religiosa del periodo anterior pero, si lo fuera, dice mucho del mosqueo que se pilla Dios con nosotros.
Ya saben, cosas de dibujos.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Otra vez “Pausa café”.