jueves, 7 de febrero de 2008

¡O tempora, o mores!

La recuperación va funcionando y ya estoy algo repuesto. Las fuerzas me alcanzan, al menos, para dar unos paseos por mi casa y retomar, poco a poco, mi trabajo epistolar. Sin embargo, mi médico todavía no me permite examinar el correo al que yo, dicho sea de paso, he tomado algo de miedo y, la verdad, no tengo muchas ganas de revisar. Lo llaman shock postraumático, creo.
En estas condiciones y no estando muy allá de fuerzas, no puedo salir a mis recados y zascandileos habituales por lo que es mi señora la encargada de aprovisionar la casa y de mantenerme al tanto de las novedades mundanas (por cierto, creo que me las censura para evitarme disgustos y sobresaltos).
Estaba ayer sentado en mi sillón, intentando descifrar los enigmas relativos al dialecto de la traducción al español del libro de instrucciones de mi radio-despertador, cuando mi mujer volvió de hacer la compra con un cierto trastorno que intentaba ocultar.
Al preguntarle por su estado, me preparó una taza de tila y, tomando amorosamente mi mano, relató la causa de su inquietud.
En la carnicería no le quisieron servir. ¡Me han prohibido el chorizo!
La tila y el consuelo que me prestaba mi consorte evitaron una subida rampante de la tensión arterial y lograron que asimilara el golpe con más suavidad.
Me contó que, al pedir en la tienda unas piezas de chorizo, morcilla, tocino y jamón para un cocidito (me pirran los pucheros y guisotes de cuchara) el dependiente, que nos conoce de toda la vida, le pidió mi cartilla de suministro.
Al solicitarle aclaraciones sobre tal documento (desconocido para nosotros hasta la fecha), el empleado explicó que debimos recibir una carta del Ministerio de Cuidados e Intromisiones Maternales (en tiempos pretéritos de Sanidad) comunicándonos nuestro nuevo régimen alimenticio en vigor desde la fecha de mi ingreso hospitalario.
Un poco confuso, pedí a mi esposa que buscara la carta en la pila de correo sin abrir que el cartero, amablemente, deposita en nuestra bañera (mi buzón sigue en prisión preventiva).
Cuando, ya hoy, ha conseguido localizarla me ha dado otra taza de tila y me ha dejado leerla. En resumidas cuentas (no la transcribo literalmente para no marearles con el farragoso lenguaje administrativo) viene a decir que, basándose en los antecedentes legislativos de la imposición, bajo sanción, de ponerse el cinturón de seguridad en el coche y el casco en la moto -socialmente aceptados e indiscutibles a estas alturas-, el gobierno ha decidido intervenir, de forma preventiva y coercitiva, en los demás actos del libre albedrío diario de los ciudadanos en los que, con nuestra persistente actitud, demostramos una insensatez a todas luces reprobable, incluso en el caso de que los hechos sobre los que se interviene no afecten a otros que no seamos nosotros mismos.
Dado que, en mi caso particular, las pruebas demuestran que mi sistema circulatorio no está para muchos trotes y mi analítica evidencia que colesteroles y ácidos úricos campan a sus anchas por mis venas, se me somete al Sistema de Alimentación Controlada (SAC en adelante) del que, desde la fecha de la resolución, soy sujeto pasivo. Por mi bien, y sólo por mi bien, se ha cursado circular a todos los establecimientos de alimentación -obligatoriamente conectados al SAC vía güeb- para que no se me suministren (bajo pena de sanción por un ilícito administrativo) un conjunto de alimentos que se enumeran el lista aparte. Aclaro que la lista tiene 32 folios. Para mi control personal se me facilita cartilla de suministro, en formato tarjeta de crédito con microchip incorporado, que deberé presentar en todas mis compras.
Como ando medio sedado, el cabreo me alcanza sólo para hacerme caquita en el SAC, en la vía güeb esa, en el microchip y en “tó lo más barrío”.
Esta cuadrilla se empeña en que yo viva 120 años pero momificado. ¡Claro, como me dan una pensión de miseria y les vigilo las obras de balde!
Es nuestra obligación afanarnos en ser muy productivos; no enfermar y no accidentarnos para no dejar de producir y no ser una carga para el sistema; consumir mucho para tener a todo el mundo ocupado fabricando; dedicar nuestro tiempo de ocio a cosas que haya que pagar (observar, pensar y charlar es gratis y peligroso) y morirnos, a ser posible, sin costes para el sistema, que no haya que medicarnos y ni siquiera enterrarnos por estar como la mojama. Están transformando la vida en una fábrica. Esto es un asco. Mis ancestros tenían más libertad de decisión que yo y se morían de lo que pillaban o de lo que les daba la gana.
Por mi bien, albergo la esperanza de que resurja el extraperlo. No tengo claro que yo pueda subsistir anímicamente sin mis pucheritos.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Hoy es “Santo Tomás de Aquino”, patrono de universidades, estudiantes y científicos, festivo por razón triple.