Esta mañana me he levantado con una idea rondándome la cabeza. ¿A ustedes no les pasa? A mi me sucede que, a veces, me despierto con la sensación de que mi cabeza se ha pasado la noche resolviendo problemas y, aprovechando que estoy adormilado y desprevenido, me suelta la solución por la mañana.
Hoy, en concreto, he despertado con la mosca de que ayer me pasé con mi respuesta al señor de la ITV. Puede que me quedara algo de mala conciencia.
Tengo que reconocer que casi todos los dibujos tenemos, por temporadas, brotes esporádicos de exceso de autoestima y, seguramente, el señor de la ITV estuviera en uno de ellos. No debí tomárselo en cuenta.
Quiero decir: Cuando, por suerte (las más de las veces) o por acierto (las menos) tenemos éxito en algo, nos crecemos en todos los demás campos hasta el paroxismo.
Un ejemplo aclarará la cuestión: Un amigo, mecánico de profesión, salió de concejal en el ayuntamiento de su pueblo (iba en el puesto 6 de la lista). Se creció tanto con su nombramiento que, al poco, no tenía reparo en dar conferencias, por doquier y a troche y moche, sobre mecánica cuántica, campo del que no tenía ni la más remota idea. Curiosamente, se enfurecía si le sugerías que, aún siendo él oficial mecánico y aunque el tema se llamara “mecánica cuántica”, no sabía de lo que estaba hablando.
Es un fenómeno natural y comprensible. A mí, sin ir más lejos, una vez que me tocó el reintegro de la lotería primitiva, tuvieron que ir mis hijos a buscarme para evitar que hiciera el ridículo. Me había subido a un cajón de naranjas, en mitad de la plaza, y estaba dando una disertación sobre “Las partículas subatómicas y la Teoría de cuerdas” a un grupo de atónitos transeúntes. Luego no recordaba nada. Fue como hipnótico.
Sí, seguramente ayer me pasé con el señor de la ITV. Debo ser más moderado y comprensivo.
Se me ha roto la tostadora. Se llamaba Margarita.
Para apurar el pan duro que me quedaba (a 90 céntimos la barra parece barato pero, señores, eso son 30 duros de los de antes, ¡30 duros!), había pensado en desayunar unas tostadas pero, mucho me temo, no va a poder ser. Lo gastaré en torrijas o picatostes.
Me parece recordar que no hace mucho tiempo que la compré. He mirado la garantía.
Estaba cantado. Hace dos semanas que terminó. En nuestro mundo, plazo de garantía es sinónimo de vida máxima.
Me he puesto a buscar la manera de desmontarla y parece que no hay forma.
Enredando, le me metido el cuchillo por una ranura y del calambrazo he aparecido sentado en la lámpara del salón. Ya sé, manido pero real.
Parece que no podrá repararse. No se crean, ya me lo esperaba. Es lo habitual de un tiempo a esta parte.
Bueno, a lo que iba. Está claro que, como no tiene solución, tendré que tirarla y comprar una nueva.
Rezo un responso por Margarita.
Puede que lo de estrenar por estrenar, por alguna rara disfunción cerebral , nos sea muy satisfactorio pero paréceme que el asunto adquiere tintes preocupantes.
Me asalta, como por ensalmo, una idea a la oreja. Otras veces me asaltan a otras partes del cuerpo. A la cabeza, las menos.
Preocupados como andamos por la energía, la ecología y el calentón global, no tenemos reparo en fabricar cosas que, tal y como están hechas, no tienen arreglo posible. ¿Cuanto valdrá reciclar la tostadora? ¿Por qué reprocesar la carcasa de plástico para volver a hacer, con sus restos, otra igual? ¡Si la carcasa no se ha roto! Y así con cada pieza. ¡Y con cada pieza de cada cosa de las que tenemos!
Y digo yo que la tostadora nueva no tendrá tantos avances tecnológicos como para justificar la destrucción total de la vieja. ¿O sí? Lo mismo viene con ABS, ESP, radio CD y pantalla a color vía satélite. De ser así.... ¡Da igual! ¡Seguro que no es tan guapa y alegre como mi Margarita!
¿Y la energía que se consumirá en el proceso de destruirla y volverla a construir?
Sin contar con que, posiblemente, algunas piezas no se puedan reciclar y vayan de cabeza a contaminación pura y dura. Por fortuna la mía no es atómica y se reciclará en unos 1.000 o 2.000 años. Pero es que, incluso habiendo grandes innovaciones tecnológicas, quizás se puedan incluir en la vieja sin necesidad de tirarla entera.
¿No sería posible ponerle airbag y ABS (de verdad, no como los del mio) a un coche que no los tenga y mejorarlo sin tirarlo entero?
¡Cuánta pregunta! Esto parece un concurso de la tele.
Imaginen destruir todos, ¡todos!, los elementos de un coche para hacer uno completamente nuevo que sea, eso, simplemente otro coche pero con airbag.
Tómese un coche desechado.
Llévese al desguace.
Póngase a unos señores a desmontarlo por tipos de piezas.
Sepárense plásticos de metales, tejidos y otros materiales.
Arránquense las máquinas.
Tómese el resto y métase en una prensa.
Hágase un taco de metal con él.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense los plásticos.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense los tejidos.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense las gomas.
Tírense un montón de cosas que todavía valían.
Transpórtese todo para acá y para allá.
Arránquense las máquinas.
Cójase el metal y vuélvase a fundir y planchar.
Arránquense las máquinas.
Cójase el tejido y vuélvase a hilar.
Arránquense las máquinas.
Cójase el plástico y vuélvase a darle forma.
Transpórtese todo para acá y para allá.
Arránquense las máquinas.
Vuélvase a montar todo pero añadiendo el airbag.
Transpórtese el coche otra vez a mi pueblo.
No he detallado mucho el proceso, pero, a grandes rasgos, tiene bemoles (y tornillos) la cosa.
Propuesta 1: Comprarles un Mecano, o un Lego, a los fabricantes para que sacien sus ansias y entretengan los ratos en que no tengan que fabricar por no ser necesario (aunque bien podrían dedicar ese tiempo a inventar mejoras o nuevos artículos que sean un avance real).
Propuesta 2: Si no pueden parar de fabricar, animarles a que produzcan tostadoras nuevas para los habitantes del planeta que no las tienen (la inmensa mayoría) pero diseñadas para que puedan repararse.
Ahora, como van las cosas, más las alquilan que las venden. A ellos puede que les interese pero a mí me obliga a entregar mis preciados y escasos dibueuros (=trabajo), otra vez, por todos los elementos de la puñetera tostadora nueva cuando Margarita ya los tiene todos menos el que se ha roto.
¡Más madera, más madera!
Ellos no paran de trabajar para mí (tostadora tras tostadora) y yo para ellos (tostadora tras tostadora) pero, eso sí, yo sigo teniendo una tostadora, y sólo una tostadora. ¡Y esto es crecimiento económico! ¡Pues yo sigo como estaba pero más pobre!
Me asalta (esta vez al dedo) la aterradora imagen de un ejercito de tostadoras demoníacas invadiendo el mundo a paso marcial, mientras expelen tostadas sin parar, ocultando el firmamento y calentando el ambiente.
No lo veo claro, no adelanto nada. Es como correr sin parar alrededor de un mismo punto sin avanzar lo más mínimo. ¡Como si el tiempo y la energía fueran infinitos y los regalaran!
¿Y qué pasa con Margarita? Margarita,... mi querida Margarita. Tus amigos y familiares no te olvidan.
Un momento. Con la emoción me está subiendo la tensión y me tengo que poner una pastilla de nitroglicerina bajo la lengua.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Se han presentado los dos físicos que se quedaron en el burdel y se han puesto a predicar sobre una nueva religión que han inventado partiendo de su estudio sobre el desafío de los pechos de las señoritas a la ley de la gravedad. Han ganado 415 adeptos (todos) al mostrar las fotos realizadas en el transcurso del antedicho estudio.
Hoy, en concreto, he despertado con la mosca de que ayer me pasé con mi respuesta al señor de la ITV. Puede que me quedara algo de mala conciencia.
Tengo que reconocer que casi todos los dibujos tenemos, por temporadas, brotes esporádicos de exceso de autoestima y, seguramente, el señor de la ITV estuviera en uno de ellos. No debí tomárselo en cuenta.
Quiero decir: Cuando, por suerte (las más de las veces) o por acierto (las menos) tenemos éxito en algo, nos crecemos en todos los demás campos hasta el paroxismo.
Un ejemplo aclarará la cuestión: Un amigo, mecánico de profesión, salió de concejal en el ayuntamiento de su pueblo (iba en el puesto 6 de la lista). Se creció tanto con su nombramiento que, al poco, no tenía reparo en dar conferencias, por doquier y a troche y moche, sobre mecánica cuántica, campo del que no tenía ni la más remota idea. Curiosamente, se enfurecía si le sugerías que, aún siendo él oficial mecánico y aunque el tema se llamara “mecánica cuántica”, no sabía de lo que estaba hablando.
Es un fenómeno natural y comprensible. A mí, sin ir más lejos, una vez que me tocó el reintegro de la lotería primitiva, tuvieron que ir mis hijos a buscarme para evitar que hiciera el ridículo. Me había subido a un cajón de naranjas, en mitad de la plaza, y estaba dando una disertación sobre “Las partículas subatómicas y la Teoría de cuerdas” a un grupo de atónitos transeúntes. Luego no recordaba nada. Fue como hipnótico.
Sí, seguramente ayer me pasé con el señor de la ITV. Debo ser más moderado y comprensivo.
Se me ha roto la tostadora. Se llamaba Margarita.
Para apurar el pan duro que me quedaba (a 90 céntimos la barra parece barato pero, señores, eso son 30 duros de los de antes, ¡30 duros!), había pensado en desayunar unas tostadas pero, mucho me temo, no va a poder ser. Lo gastaré en torrijas o picatostes.
Me parece recordar que no hace mucho tiempo que la compré. He mirado la garantía.
Estaba cantado. Hace dos semanas que terminó. En nuestro mundo, plazo de garantía es sinónimo de vida máxima.
Me he puesto a buscar la manera de desmontarla y parece que no hay forma.
Enredando, le me metido el cuchillo por una ranura y del calambrazo he aparecido sentado en la lámpara del salón. Ya sé, manido pero real.
Parece que no podrá repararse. No se crean, ya me lo esperaba. Es lo habitual de un tiempo a esta parte.
Bueno, a lo que iba. Está claro que, como no tiene solución, tendré que tirarla y comprar una nueva.
Rezo un responso por Margarita.
Puede que lo de estrenar por estrenar, por alguna rara disfunción cerebral , nos sea muy satisfactorio pero paréceme que el asunto adquiere tintes preocupantes.
Me asalta, como por ensalmo, una idea a la oreja. Otras veces me asaltan a otras partes del cuerpo. A la cabeza, las menos.
Preocupados como andamos por la energía, la ecología y el calentón global, no tenemos reparo en fabricar cosas que, tal y como están hechas, no tienen arreglo posible. ¿Cuanto valdrá reciclar la tostadora? ¿Por qué reprocesar la carcasa de plástico para volver a hacer, con sus restos, otra igual? ¡Si la carcasa no se ha roto! Y así con cada pieza. ¡Y con cada pieza de cada cosa de las que tenemos!
Y digo yo que la tostadora nueva no tendrá tantos avances tecnológicos como para justificar la destrucción total de la vieja. ¿O sí? Lo mismo viene con ABS, ESP, radio CD y pantalla a color vía satélite. De ser así.... ¡Da igual! ¡Seguro que no es tan guapa y alegre como mi Margarita!
¿Y la energía que se consumirá en el proceso de destruirla y volverla a construir?
Sin contar con que, posiblemente, algunas piezas no se puedan reciclar y vayan de cabeza a contaminación pura y dura. Por fortuna la mía no es atómica y se reciclará en unos 1.000 o 2.000 años. Pero es que, incluso habiendo grandes innovaciones tecnológicas, quizás se puedan incluir en la vieja sin necesidad de tirarla entera.
¿No sería posible ponerle airbag y ABS (de verdad, no como los del mio) a un coche que no los tenga y mejorarlo sin tirarlo entero?
¡Cuánta pregunta! Esto parece un concurso de la tele.
Imaginen destruir todos, ¡todos!, los elementos de un coche para hacer uno completamente nuevo que sea, eso, simplemente otro coche pero con airbag.
Tómese un coche desechado.
Llévese al desguace.
Póngase a unos señores a desmontarlo por tipos de piezas.
Sepárense plásticos de metales, tejidos y otros materiales.
Arránquense las máquinas.
Tómese el resto y métase en una prensa.
Hágase un taco de metal con él.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense los plásticos.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense los tejidos.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense las gomas.
Tírense un montón de cosas que todavía valían.
Transpórtese todo para acá y para allá.
Arránquense las máquinas.
Cójase el metal y vuélvase a fundir y planchar.
Arránquense las máquinas.
Cójase el tejido y vuélvase a hilar.
Arránquense las máquinas.
Cójase el plástico y vuélvase a darle forma.
Transpórtese todo para acá y para allá.
Arránquense las máquinas.
Vuélvase a montar todo pero añadiendo el airbag.
Transpórtese el coche otra vez a mi pueblo.
No he detallado mucho el proceso, pero, a grandes rasgos, tiene bemoles (y tornillos) la cosa.
Propuesta 1: Comprarles un Mecano, o un Lego, a los fabricantes para que sacien sus ansias y entretengan los ratos en que no tengan que fabricar por no ser necesario (aunque bien podrían dedicar ese tiempo a inventar mejoras o nuevos artículos que sean un avance real).
Propuesta 2: Si no pueden parar de fabricar, animarles a que produzcan tostadoras nuevas para los habitantes del planeta que no las tienen (la inmensa mayoría) pero diseñadas para que puedan repararse.
Ahora, como van las cosas, más las alquilan que las venden. A ellos puede que les interese pero a mí me obliga a entregar mis preciados y escasos dibueuros (=trabajo), otra vez, por todos los elementos de la puñetera tostadora nueva cuando Margarita ya los tiene todos menos el que se ha roto.
¡Más madera, más madera!
Ellos no paran de trabajar para mí (tostadora tras tostadora) y yo para ellos (tostadora tras tostadora) pero, eso sí, yo sigo teniendo una tostadora, y sólo una tostadora. ¡Y esto es crecimiento económico! ¡Pues yo sigo como estaba pero más pobre!
Me asalta (esta vez al dedo) la aterradora imagen de un ejercito de tostadoras demoníacas invadiendo el mundo a paso marcial, mientras expelen tostadas sin parar, ocultando el firmamento y calentando el ambiente.
No lo veo claro, no adelanto nada. Es como correr sin parar alrededor de un mismo punto sin avanzar lo más mínimo. ¡Como si el tiempo y la energía fueran infinitos y los regalaran!
¿Y qué pasa con Margarita? Margarita,... mi querida Margarita. Tus amigos y familiares no te olvidan.
Un momento. Con la emoción me está subiendo la tensión y me tengo que poner una pastilla de nitroglicerina bajo la lengua.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Se han presentado los dos físicos que se quedaron en el burdel y se han puesto a predicar sobre una nueva religión que han inventado partiendo de su estudio sobre el desafío de los pechos de las señoritas a la ley de la gravedad. Han ganado 415 adeptos (todos) al mostrar las fotos realizadas en el transcurso del antedicho estudio.