sábado, 19 de enero de 2008

Me tiro a los caminos

Creo que esta vez la he brincado.
Al urgirme mi mujer a que salga de la cama y alegar yo mis achaques en mi defensa, se ha empeñado en que llame al médico.
No me gustan los hospitales, me dan un poco de grima.
He llamado al médico por teléfono. La señorita de centralita, o el bicho que sea, me ha pasado amablemente con el repartidor del butano tras hacerme pulsar un montón de veces los botones del teléfono y hacerme hablar como si fuera imbécil.
Tras 89 intentos, consigo hablar con un doctor en Diburrumanía (si era diburrumano es que estaba en Diburrumanía, ¿no?).
Le enumero mis dolencias:
-Visión turbia, como borrosa.
-Dificultades auditivas con pitidos esporádicos.
-Problemas respiratorios.
-Dolores articulares.
-Dolores musculares.
-Dificultades, acompañadas de emisión de gemidos involuntarios, para levantarme.
-Lo mismo para sentarme.
-Dolores abdominales, dorsales y lumbares.
-Analítica descompensada.
-Dificultades para la ingesta y digestión de alimentos.
-Pérdida de algunas piezas dentales.
-Dificultades para andar sin apoyos.
-Imposibilidad de correr o hacer movimientos rápidos.
-Esto... se dice... ¿cómo se dice? Ya. Lagunas de memoria.
-Verborrea inconexa.
-.....
Me ha parado el discurso y ha diagnosticado:
-Le acaba de atropellar un camión o pertenece usted a la tercera edad, me ha dicho.
Vale, tiene ojo fino y es de fiar. Me ha recomendado una revisión completa y me ha mandado al hospital general de Dibumadrid, aunque me ha advertido que, si es lo segundo, no tiene cura.
Casualmente, ya tenía pedida cita y es hoy.
Salgo a la calle y subo a mi coche.
Sí, tengo coche. Se llama Ramón. La transformación en vehículos que sufrimos al pisar la calzada tiene sólo efectos comarcales. En distancias largas no funciona.
Todas las casas de Dibuciudad tienen cochera, lo exige la normativa urbanística, pero, en general, todos aparcamos en la calle. La razón es simple. Con casas de 90 metros, uno no va a dedicar 20 metros a guardar el coche cuando el salón -la estancia más noble tras el cuarto de baño- no llega a 16. La mayoría de los vecinos habilitan este espacio como sala de estar complementaria, trastero o piscina cubierta (según preferencias y hábitos de vida) y dejan los coches en la calle. Durante el día es llevadero. El problema es que por la noche, cuando todos vuelven a casa, los coches no caben en la calle y tenemos que dejarlos en las aceras, en los jardines y, en los barrios más poblados, en mitad de la calle o dónde nos pilla.
Para evitar la sublevación popular que supondría tener a los guardias en la calle de noche, con sus boletines de multas prestos a disparar, las autoridades les dejan calentitos en el cuartel y todos contentos.
Bueno. Emprendo el camino.
Las características de mi coche son:
Motor trasero
Cinco plazas
843 centímetros cúbicos
47 CV a 6200 rpm
Velocidad máxima: 140 km/h
Capacidad del deposito: 30 L
Consumo medio: 7,5 L / 100 km

Es un Seat 850 de 1.968, azul con baca, que me costó 88.000 dibupesetas (unos 530 dibueuros).
Es estupendo. Como podrán observar a partir de sus características técnicas, y dadas las carreteras y condiciones de tráfico actuales, es el coche perfecto -pretérito y pluscuamperfecto, diría yo-. Alcanza sobrado la velocidad máxima permitida -tanto que hay que vigilar no pasarse-, tiene un consumo moderado, su reducido número de caballos apenas exige cuadras y su mecánica es como la de un botijo.
Lo compré nuevo y cuando empezó a desaparecer compré, por nada, otros cuatro de segunda mano. Si alguna vez se me avería (poco probable dada su simplicidad) tengo repuesto para, calculo, unos 160 años. Su rendimiento económico es excepcional. Su valor de compra, sumado a su mantenimiento, y dividido por el número de años que lo tengo, sale a 15 dibueuros al año. Estoy muy contento con la compra que hice.
¡Ah!, y no me convencen los argumentos de los fabricantes de coches y el gobierno para cambiarlo.
Tras los típicos avatares en el tráfico de Dibuciudad, salgo a la primera autovía que pillo. Estamos rodeados de ellas pero no tenemos estación de ferrocarril.
Tengo la opinión de que hay una cierta incoherencia entre los mensajes que nos mandan y los hechos que vemos. Se nos dice que no usemos el coche y nos hacen autovías en vez de ferrocarriles, al tiempo que se nos insta a que cambiemos el coche por uno más moderno -incluso con subvenciones-. Los dibujos, desconcertados, acaban teniendo tres coches cada uno.
Me integro en el tráfico tras un Ferrari despampanante, delante de un todo terreno gigantesco y a la derecha de un Rolls Royce completamente nuevo.
Tras cuarenta kilómetros de camino sigo con la misma escolta. Es normal, el límite de velocidad es tan bajo que se convierte en la velocidad obligatoria. Pese a la diferencia de vehículos, habría dado igual que fuéramos los cuatro atados con una cuerda, empaquetados juntitos. Ahí me tienen, compitiendo con mi 850, en pie de igualdad, con las bestias de la carretera. ¡Y por una cienmilésima parte del precio y de consumo de combustible! ¡Mi 850 está hecho un jabato!
Tengo que decir que he llegado a un acuerdo con los fabricantes de coches. Me pagan para que no desvele mi secreto y no perjudique sus ventas.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. La secretaria no lo ha podido resistir y se ha dado de baja médica por depresión. Por esta causa el equipo de eminencias no tiene folios y no han podido tomar notas de las observaciones. Se ha iniciado una discusión entre filósofos y físicos. Los primeros sostienen que las observaciones que se efectúen serán fruto de la interpretación cerebral y nunca observaciones auténticas de la realidad. Un físico le ha dado un puñetazo a un filósofo y le ha preguntado si le duele de verdad o es una mera interpretación de su yo esencial. Tangana generalizada.

¡Pillado!

Aquí me tienen, descoyuntado, dolorido, febril y acongojado. La noche ha sido de escándalo, eterna y llena de sobresaltos. Como no podía ser de otro modo, la he pillado. Tengo la gripe.
Ahora que lo pienso, era obligado. En estas fechas (justo cuando el jodido virus sale de paseo), salir a la calle, de rebajas, a temperaturas bajo cero, alternándolas con los 30 grados que hay en los establecimientos, donde compartimos miasmas con tropecientos dibuseñores/as mientras, inconscientemente, nos intercambiamos la ropa entre todos en los probadores, garantiza, sin lugar a dudas, pillar un virus robusto y profesional, curtido en las lides de un buen montón de sistemas inmunológicos.
El mio se llama Torcuato y, a razón del fiebrón que tengo, está de barbacoa por mis entretelas.
Aporto una idea sobre salud pública: cambiar las rebajas a febrero o marzo. Ahora que caigo, las rebajas coinciden con las pagas extras. Bien, cámbiense las pagas extras a febrero o marzo.
Con la edad, la gripe se convierte en una enfermedad de cuidado, de palabras mayores, vamos. Por si fuera poco, el virus de la puñeta, con el paso de los años, ha aprendido latín. La cosa ya no se conforma con cursar con dolores, tos y fiebre. A sus armas tradicionales ha añadido nuevo arsenal de ataque a las tripas e intestinos que nos abren, inmisericordemente, los orificios superiores e inferiores, destruyendo nuestra maltrecha dignidad.
En fin, que nos deja hechos un pingajo. ¡Oh cielos... qué horror!
No cabe más que la resignación y así estaba yo, resignado a pasar una semana en la cama, cuando mi señora (aprovecho, nobleza obliga, para decir que tiene ganado el cielo conmigo) se ha percatado de que es un momento idóneo, a causa de mi inmovilidad e indefensión, para hacer una limpieza de prendas de mi armario. ¡Me ha pillado!
Sea. No tengo escapatoria y me veo obligado al repaso de mi vestuario y a despedirme (seguro que en algo tendré que ceder) de alguna de mis prendas más queridas.
Ya comenté que, de un tiempo acá, es muy difícil encontrar prendas que no me conviertan en un anuncio andante. Como esto me saca de quicio, mi apego a mis prendas antiguas -ya de por sí, alto- se acrecienta aún más.
Tengo un subconsciente muy rebelde (y nacionalista, es decir, con poca representación en el arco parlamentario pero con mucho poder y propenso a salirse de madre), por lo que mi cabeza se refugia en reflexiones sobre la moda.
Ignoro las razones o los extraños vericuetos de la mente pero, a la vista de una blanca camisa vieja que me muestra mi mujer y que me resisto a tirar, un carrusel de imágenes distorsionadas asalta mi memoria visual:
-Me veo vestido con camisa ceñida de múltiples colores chillones y pantalones azul brillante de campana (llevo tupé a lo Travolta... horroroso).
-Ahora visto con americana blanca, con inmensas hombreras y bordados dorados, camisa con puntillas y puñetas y calzando botas de montar blancas (en las manos muevo abanicos desplegados con intención de volar). No, no veo mis pantalones. Las visiones son así.
-Siguiente imagen: camisa de pana, jersey de punto gordo, inmenso, hasta las rodillas y vaqueros rotos. Calzo zapatillas “La cadena” o “John Smith” (del bolsillo me sobresale un manojo de marihuana y tengo los ojos algo vidriosos).
-Camisa blanca, jersey de cuello de pico atado a la cintura, vaqueros “de marca”, mocasines “castellanos” con borlas o herrajes (me llamo Borja y he gastado el bote entero de gomina).
-Camisa blanca con corbata (negra con nudo minúsculo), traje negro con solapas muy estrechas y, en general, muy arrugado. Calzado negro puntiagudo “pinchaglobos” o deportivas (raro espécimen de los 80).
-De deporte, camiseta blanco nieve, de algodón, muy ceñidita, pantalones azules de algodón, pequeñitos, desgastados y un poco volanderos de pernera, calcetines blancos y zapatillas azules “La cadena” (el profesor de Gimnasia y Espíritu Nacional me pega con la cadena del silbato en las canillas).
-De niño, camisa como brillante, con farol en los hombros, pantalones bermudas, estrechos, hasta las rodillas, calcetines largos oscuros y zapatos de charol (incorporo ingentes boceras de caramelo por toda la cara).
-Blusa de seda, floreada, leotardos, minifalda y zapatos de tacón (era carnaval, ¿vale?).
-Imagen de un niño, sin gusto ni criterio, vistiendo a millones de muñecos, iguales, a su antojo, cada vez con cosas diferentes, como sin acertar la combinación adecuada, mezclando una y otra vez las diferentes prendas, con rabietas cada vez que no acierta.
No me negarán que lo de la moda es muy interesante. Un señor, o un grupo de ellos, deciden cómo vamos a vestir todos la temporada siguiente y nos lo hacen saber en las pasarelas.
Como, pese a sus históricos y probados desvaríos, les damos mucho crédito, todos desechamos nuestro vestuario anterior (y nuestra inversión) y corremos raudos a las tiendas a comprar el tipo de prenda que nos han dictado (en color, forma, tamaño y combinación).
Muy modernos, vestimos masivamente sus colores con sus uniformes, presumiendo de estar muy “a la moda” (como un ejercito o equipo de fútbol, vamos). Esto, que no dice nada de nuestro criterio estético -a lo sumo que no tenemos uno propio-, nos hincha de orgullo (presumimos y nos lucimos delante de los demás dibujos) lo que ayuda a los diseñadores a vender sus productos y acrecentar su fama, mientras los fabricantes vuelven a fabricar y vender las mismas prendas que el año anterior ya nos vendieron.
¡Venga! ¡A esquilar ovejas, cultivar algodón y criar gusanos de seda!
Por cierto, ¿sabían que el poliester (el 30% de los tejidos de sus prendas, más o menos) se obtiene por esterificación del ácido ftálico con un alcohol polihidroxilado? Más claro: de los dinosaurios. ¡Hay que ver el provecho que le sacamos a esos bichos! ¡Más que a los gorrinos!
Que la moda pretérita era estéticamente ridícula lo evidencia la risa y la vergüenza -propia y ajena- con que vemos las fotos de etapas anteriores. El David de Miguel Ángel, la catedral de Burgos, la rendición de Breda, el Guernica de Picasso, por citar algunos, acreditan su belleza y la calidad de sus autores, entre otras razones, por la superación del tiempo. Si la moda de años anteriores ya no nos vale y nos provoca hilaridad es que entonces, y ahora y por todos los tiempos, no era un acierto estético, es decir, los que la diseñaron no tienen buen gusto (o nos toman el pelo).
No me da la gana obedecer el criterio estético de unos pocos, por más fama que tengan, y selecciono prendas en función de su comodidad, utilidad, precio y discreción procurando, además, que no estén demasiado a la moda. He descubierto que de este modo nunca desentono demasiado, no siento vergüenza de las fotos y mi gasto en este capítulo se reduce considerablemente. No obstante, para compensar a los diseñadores y fabricantes por su esfuerzo y no ser tachado de antisocial, siempre les mando una felicitación por navidad.
Por si fuera poco, adoro la ropa vieja. Me gusta que las etiquetas no arañen, que tenga aprendida la forma de mi cuerpo (me aburre explicársela a las prendas nuevas, de talante usualmente rebelde) y como, en general, me gustaba cuando la compré, me sigue gustando aunque este año se lleve vestir de camuflaje, chillón o con anuncios como ahora.
!Uf¡. Se ha terminado la limpieza de armario. He tenido que ceder en desechar una camisa, dos camisetas y unos calzoncillos. He conseguido salvar un par de pantalones de pana apelando a que los compré el día que conocí a mi mujer.
Voy a dormir que, como habrán podido intuir, estoy un poco empanao y febril. Lo superaré.
Hasta dentro de 7 días, 5 cajas de aspirinas, 21 ponches calientes y 12 litros de sudor.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ha vuelto a pasar la secretaria y se han vuelto a enzarzar en la disquisición sobre su cuerpo serrano. Al menos la discusión sobre las ciencias adivinatorias se ha finalizado. Algún avispado ha cambiado los carteles indicadores de las oficinas y los astrólogos, quirománticos y adivinadores se han perdido por el edificio.