Creo que esta vez la he brincado.
Al urgirme mi mujer a que salga de la cama y alegar yo mis achaques en mi defensa, se ha empeñado en que llame al médico.
No me gustan los hospitales, me dan un poco de grima.
He llamado al médico por teléfono. La señorita de centralita, o el bicho que sea, me ha pasado amablemente con el repartidor del butano tras hacerme pulsar un montón de veces los botones del teléfono y hacerme hablar como si fuera imbécil.
Tras 89 intentos, consigo hablar con un doctor en Diburrumanía (si era diburrumano es que estaba en Diburrumanía, ¿no?).
Le enumero mis dolencias:
-Visión turbia, como borrosa.
-Dificultades auditivas con pitidos esporádicos.
-Problemas respiratorios.
-Dolores articulares.
-Dolores musculares.
-Dificultades, acompañadas de emisión de gemidos involuntarios, para levantarme.
-Lo mismo para sentarme.
-Dolores abdominales, dorsales y lumbares.
-Analítica descompensada.
-Dificultades para la ingesta y digestión de alimentos.
-Pérdida de algunas piezas dentales.
-Dificultades para andar sin apoyos.
-Imposibilidad de correr o hacer movimientos rápidos.
-Esto... se dice... ¿cómo se dice? Ya. Lagunas de memoria.
-Verborrea inconexa.
-.....
Me ha parado el discurso y ha diagnosticado:
-Le acaba de atropellar un camión o pertenece usted a la tercera edad, me ha dicho.
Vale, tiene ojo fino y es de fiar. Me ha recomendado una revisión completa y me ha mandado al hospital general de Dibumadrid, aunque me ha advertido que, si es lo segundo, no tiene cura.
Casualmente, ya tenía pedida cita y es hoy.
Salgo a la calle y subo a mi coche.
Sí, tengo coche. Se llama Ramón. La transformación en vehículos que sufrimos al pisar la calzada tiene sólo efectos comarcales. En distancias largas no funciona.
Todas las casas de Dibuciudad tienen cochera, lo exige la normativa urbanística, pero, en general, todos aparcamos en la calle. La razón es simple. Con casas de 90 metros, uno no va a dedicar 20 metros a guardar el coche cuando el salón -la estancia más noble tras el cuarto de baño- no llega a 16. La mayoría de los vecinos habilitan este espacio como sala de estar complementaria, trastero o piscina cubierta (según preferencias y hábitos de vida) y dejan los coches en la calle. Durante el día es llevadero. El problema es que por la noche, cuando todos vuelven a casa, los coches no caben en la calle y tenemos que dejarlos en las aceras, en los jardines y, en los barrios más poblados, en mitad de la calle o dónde nos pilla.
Para evitar la sublevación popular que supondría tener a los guardias en la calle de noche, con sus boletines de multas prestos a disparar, las autoridades les dejan calentitos en el cuartel y todos contentos.
Bueno. Emprendo el camino.
Las características de mi coche son:
Motor trasero
Cinco plazas
843 centímetros cúbicos
47 CV a 6200 rpm
Velocidad máxima: 140 km/h
Capacidad del deposito: 30 L
Consumo medio: 7,5 L / 100 km
Es un Seat 850 de 1.968, azul con baca, que me costó 88.000 dibupesetas (unos 530 dibueuros).
Es estupendo. Como podrán observar a partir de sus características técnicas, y dadas las carreteras y condiciones de tráfico actuales, es el coche perfecto -pretérito y pluscuamperfecto, diría yo-. Alcanza sobrado la velocidad máxima permitida -tanto que hay que vigilar no pasarse-, tiene un consumo moderado, su reducido número de caballos apenas exige cuadras y su mecánica es como la de un botijo.
Lo compré nuevo y cuando empezó a desaparecer compré, por nada, otros cuatro de segunda mano. Si alguna vez se me avería (poco probable dada su simplicidad) tengo repuesto para, calculo, unos 160 años. Su rendimiento económico es excepcional. Su valor de compra, sumado a su mantenimiento, y dividido por el número de años que lo tengo, sale a 15 dibueuros al año. Estoy muy contento con la compra que hice.
¡Ah!, y no me convencen los argumentos de los fabricantes de coches y el gobierno para cambiarlo.
Tras los típicos avatares en el tráfico de Dibuciudad, salgo a la primera autovía que pillo. Estamos rodeados de ellas pero no tenemos estación de ferrocarril.
Tengo la opinión de que hay una cierta incoherencia entre los mensajes que nos mandan y los hechos que vemos. Se nos dice que no usemos el coche y nos hacen autovías en vez de ferrocarriles, al tiempo que se nos insta a que cambiemos el coche por uno más moderno -incluso con subvenciones-. Los dibujos, desconcertados, acaban teniendo tres coches cada uno.
Me integro en el tráfico tras un Ferrari despampanante, delante de un todo terreno gigantesco y a la derecha de un Rolls Royce completamente nuevo.
Tras cuarenta kilómetros de camino sigo con la misma escolta. Es normal, el límite de velocidad es tan bajo que se convierte en la velocidad obligatoria. Pese a la diferencia de vehículos, habría dado igual que fuéramos los cuatro atados con una cuerda, empaquetados juntitos. Ahí me tienen, compitiendo con mi 850, en pie de igualdad, con las bestias de la carretera. ¡Y por una cienmilésima parte del precio y de consumo de combustible! ¡Mi 850 está hecho un jabato!
Tengo que decir que he llegado a un acuerdo con los fabricantes de coches. Me pagan para que no desvele mi secreto y no perjudique sus ventas.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. La secretaria no lo ha podido resistir y se ha dado de baja médica por depresión. Por esta causa el equipo de eminencias no tiene folios y no han podido tomar notas de las observaciones. Se ha iniciado una discusión entre filósofos y físicos. Los primeros sostienen que las observaciones que se efectúen serán fruto de la interpretación cerebral y nunca observaciones auténticas de la realidad. Un físico le ha dado un puñetazo a un filósofo y le ha preguntado si le duele de verdad o es una mera interpretación de su yo esencial. Tangana generalizada.
Al urgirme mi mujer a que salga de la cama y alegar yo mis achaques en mi defensa, se ha empeñado en que llame al médico.
No me gustan los hospitales, me dan un poco de grima.
He llamado al médico por teléfono. La señorita de centralita, o el bicho que sea, me ha pasado amablemente con el repartidor del butano tras hacerme pulsar un montón de veces los botones del teléfono y hacerme hablar como si fuera imbécil.
Tras 89 intentos, consigo hablar con un doctor en Diburrumanía (si era diburrumano es que estaba en Diburrumanía, ¿no?).
Le enumero mis dolencias:
-Visión turbia, como borrosa.
-Dificultades auditivas con pitidos esporádicos.
-Problemas respiratorios.
-Dolores articulares.
-Dolores musculares.
-Dificultades, acompañadas de emisión de gemidos involuntarios, para levantarme.
-Lo mismo para sentarme.
-Dolores abdominales, dorsales y lumbares.
-Analítica descompensada.
-Dificultades para la ingesta y digestión de alimentos.
-Pérdida de algunas piezas dentales.
-Dificultades para andar sin apoyos.
-Imposibilidad de correr o hacer movimientos rápidos.
-Esto... se dice... ¿cómo se dice? Ya. Lagunas de memoria.
-Verborrea inconexa.
-.....
Me ha parado el discurso y ha diagnosticado:
-Le acaba de atropellar un camión o pertenece usted a la tercera edad, me ha dicho.
Vale, tiene ojo fino y es de fiar. Me ha recomendado una revisión completa y me ha mandado al hospital general de Dibumadrid, aunque me ha advertido que, si es lo segundo, no tiene cura.
Casualmente, ya tenía pedida cita y es hoy.
Salgo a la calle y subo a mi coche.
Sí, tengo coche. Se llama Ramón. La transformación en vehículos que sufrimos al pisar la calzada tiene sólo efectos comarcales. En distancias largas no funciona.
Todas las casas de Dibuciudad tienen cochera, lo exige la normativa urbanística, pero, en general, todos aparcamos en la calle. La razón es simple. Con casas de 90 metros, uno no va a dedicar 20 metros a guardar el coche cuando el salón -la estancia más noble tras el cuarto de baño- no llega a 16. La mayoría de los vecinos habilitan este espacio como sala de estar complementaria, trastero o piscina cubierta (según preferencias y hábitos de vida) y dejan los coches en la calle. Durante el día es llevadero. El problema es que por la noche, cuando todos vuelven a casa, los coches no caben en la calle y tenemos que dejarlos en las aceras, en los jardines y, en los barrios más poblados, en mitad de la calle o dónde nos pilla.
Para evitar la sublevación popular que supondría tener a los guardias en la calle de noche, con sus boletines de multas prestos a disparar, las autoridades les dejan calentitos en el cuartel y todos contentos.
Bueno. Emprendo el camino.
Las características de mi coche son:
Motor trasero
Cinco plazas
843 centímetros cúbicos
47 CV a 6200 rpm
Velocidad máxima: 140 km/h
Capacidad del deposito: 30 L
Consumo medio: 7,5 L / 100 km
Es un Seat 850 de 1.968, azul con baca, que me costó 88.000 dibupesetas (unos 530 dibueuros).
Es estupendo. Como podrán observar a partir de sus características técnicas, y dadas las carreteras y condiciones de tráfico actuales, es el coche perfecto -pretérito y pluscuamperfecto, diría yo-. Alcanza sobrado la velocidad máxima permitida -tanto que hay que vigilar no pasarse-, tiene un consumo moderado, su reducido número de caballos apenas exige cuadras y su mecánica es como la de un botijo.
Lo compré nuevo y cuando empezó a desaparecer compré, por nada, otros cuatro de segunda mano. Si alguna vez se me avería (poco probable dada su simplicidad) tengo repuesto para, calculo, unos 160 años. Su rendimiento económico es excepcional. Su valor de compra, sumado a su mantenimiento, y dividido por el número de años que lo tengo, sale a 15 dibueuros al año. Estoy muy contento con la compra que hice.
¡Ah!, y no me convencen los argumentos de los fabricantes de coches y el gobierno para cambiarlo.
Tras los típicos avatares en el tráfico de Dibuciudad, salgo a la primera autovía que pillo. Estamos rodeados de ellas pero no tenemos estación de ferrocarril.
Tengo la opinión de que hay una cierta incoherencia entre los mensajes que nos mandan y los hechos que vemos. Se nos dice que no usemos el coche y nos hacen autovías en vez de ferrocarriles, al tiempo que se nos insta a que cambiemos el coche por uno más moderno -incluso con subvenciones-. Los dibujos, desconcertados, acaban teniendo tres coches cada uno.
Me integro en el tráfico tras un Ferrari despampanante, delante de un todo terreno gigantesco y a la derecha de un Rolls Royce completamente nuevo.
Tras cuarenta kilómetros de camino sigo con la misma escolta. Es normal, el límite de velocidad es tan bajo que se convierte en la velocidad obligatoria. Pese a la diferencia de vehículos, habría dado igual que fuéramos los cuatro atados con una cuerda, empaquetados juntitos. Ahí me tienen, compitiendo con mi 850, en pie de igualdad, con las bestias de la carretera. ¡Y por una cienmilésima parte del precio y de consumo de combustible! ¡Mi 850 está hecho un jabato!
Tengo que decir que he llegado a un acuerdo con los fabricantes de coches. Me pagan para que no desvele mi secreto y no perjudique sus ventas.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. La secretaria no lo ha podido resistir y se ha dado de baja médica por depresión. Por esta causa el equipo de eminencias no tiene folios y no han podido tomar notas de las observaciones. Se ha iniciado una discusión entre filósofos y físicos. Los primeros sostienen que las observaciones que se efectúen serán fruto de la interpretación cerebral y nunca observaciones auténticas de la realidad. Un físico le ha dado un puñetazo a un filósofo y le ha preguntado si le duele de verdad o es una mera interpretación de su yo esencial. Tangana generalizada.