jueves, 6 de diciembre de 2007

Jornada en el Parlamento

Aquellos que sigan mi relato desde el principio ya conocen parte de lo que ocurre cuando vas a construir por mi experiencia con las reformas. Les cuento en esencia de la experiencia de Kalimero, pero de forma rápida para no reiterarme en exceso (nota aclaratoria, acompáñese cada aparición de la palabra “pagar” con un ruido clinc, clinc, como de monedas cayendo):

Por la compra del suelo:
-Pagar (recuerde, "clinc, clinc") en Notaría por escritura.
-Pagar (venga... clinc, clinc) en Registro de propiedad por inscripción.
-Posible plus (si, si... clinc, clinc) en ambos sitios por cuestiones como exceso de cabida y otras yerbas que ellos sabrán qué son.
-Pagar (no insisto) impuesto al gobierno de la comunidad autónoma.

Por pensar en hacer una vivienda:
-Pagar a arquitecto por pintar una que es igual que otras mil que lleva pintadas.
-Pagar aparejador por vigilar... ... ... ... la obra.

Por que el Ayuntamiento tome nota de que vas a hacer una vivienda:
-Pagar el impuesto municipal.
-Pagar la licencia (te tienen que dar permiso y si no pagas el impuesto no te lo dan).

Por que el banco vea si te da un crédito para la obra:
-Pagar a un perito que dice que lo que han dicho todos los de antes es verdad aproximadamente.

Por hacer la obra:
-Lo mismo que por comprar una casa completa (suelo incluido) en el pueblo vecino e ir y volver todos los días en coche con chófer durante unos 372 años, a despecho del coste de la gasolina y del medio ambiente.

Por terminar la obra:
-Pagar al arquitecto para que diga que se ha terminado.
-Pagar al aparejador por que diga que se ha terminado.
-Puede que pagar un plus de impuesto al Ayuntamiento por ver que se ha terminado.
-Pagar al notario para que apunte que se ha terminado.
-Pagar al registrador para que apunte que se ha terminado.
-Pagar al notario otro plus para que apunte que no es tuya, que es del banco.
-Pagar una comisión al banco para que él mismo te dé el préstamo (que luego le pagarás con intereses).
-Pagar un seguro que asegure lo que el arquitecto, aparejador y constructor aseguran.
-Pagar un seguro para que, si tienes un jamacuco ante tanto dislate, el banco cobre lo que te ha prestado.
-Pagar otro seguro para que si se pega fuego, o algo parecido, el banco cobre su casa (que es suya).

Por otros conceptos:
-Pagar billete de vuelta de Lourdes (la ida es de rodillas) para pedir que en el vertedero municipal haya muebles para la casa pues, a estas alturas, es del todo imposible reunir dinero para amueblarla.
-Pagar al fisioterapeuta por aliviar los dolores de muñeca debidos al reiterado esfuerzo de pagar y firmar letras y créditos más las lesiones de rodilla motivadas por el viaje anterior.

Todo esto, más o menos fiel y aproximado, que el pobre padre de Kalimero hablaba de memoria, claramente alterado de los nervios, y no recordaba los hechos con precisión (cosas de la edad).
Una cosa más: ninguno de los conceptos ni precios era negociable, al más puro estilo de la teoría del mercado, ya saben, oferta-demanda. Una de dos: o la teoría no es muy fina o la demanda tiene problemas mentales y la oferta se ha percatado de ello.
Ante todo esto nuestro querido Kalimero tuvo un ataque de ansiedad y, al borde del delirium tremens, comenzó a reconstruir su cascarón con cajas de cartón en un infructuoso esfuerzo por volver al vientre materno -no sé si había dicho que Kalimero es un pollito-.
Su padre -feliz hasta ese momento, pobre infeliz, por la subida de precio de su casa, convencido de que era millonario, sin haberse percatado en los efectos colaterales sobre sus hijos- le consoló como pudo diciéndole que no se preocupara, que podría quedarse con la casa paterna que él edificó de joven con sus manos (ayudado por amigos y familiares) y por la que no pagó ni tanto impuesto, ni a tanto señor con manía de apuntar en los papeles.
La idea originaria del padre era marchar al asilo con su esposa y dejar la casa al niño. Por desgracia, como más tarde descubrió dolorosamente, no tenía dinero para ello (pero esa es otra historia de la que no quiso entrar en detalles).
Al parecer, en estas fechas los precios están bajando y ya no parecen un DNI chino. Según cuentan, ahora rondan a un DNI de la India con decimales. Kalimero, no obstante, ha decidido esperar y ver si su sueldo le alcanza primero para el pan y la leche que ahora están a precios de DNI español. ¡Uhm...! Algo no va bien...
La última novedad es la moda entre matrimonios jóvenes de compartir hijos para intentar llegar a fin de mes. Las estadísticas arrojan un número entre 0'3 y 0'4 hijos por pareja, considerándose 1 familia numerosa y 2 heroicidad “suma cum laude” con banda floreada (o motivo de ingreso en psiquiátrico si se perciben síntomas que lo hagan aconsejable).
De mi cosecha añado que, por poner un ejemplo de tantos, es de completa locura que esté prohibido llevar un caniche sin correa, fumar a la sombra (en el tendido de sol sí se puede según los casos), retorcer el cuello a una gallina que nos vamos a comer acto seguido, o mear fuera del tiesto, o tantas y tantas cosas, y no lo esté acaparar elementos que son esenciales para los ciudadanos dibujos y que lastran la mayor parte de sus vidas. Estas son las cosas de Mundodibú que hacen que se nos pueda calificar de radicalmente locos. ¡Oh cielos... qué horror!
Curiosamente, eso sí, los ingresos alcanzan, sin problemas, para una tele de plasma de 16 metros -vale menos que un tejado del mismo tamaño o los mismos metros cuadrados de pared-, un coche -que mejor sería no tener-, un robot de cocina que no hace nada, un mp3, un mp4, un teléfono inalámbrico para tener que buscarlo por toda la casa cada vez que suena, un sillón de masajes que nos provoca luxaciones y tortícolis, una lámpara de bronce para el salón que no se usa jamás, un cacharro a pilas para cortarnos los pelos de las orejas y otras tropecientas mil pijadas más.
La tarde había pasado y, con el mundo arreglado, nos despedimos para caminar cada uno a su casa, aferrarnos a ella con los dientes y atarla con cadenas al suelo sabiendo el valor que tenían en la actualidad.
Así hice yo y en ella (desde hoy sólo camino en su interior con pantuflas para mimarla) estoy escribiendo estas líneas con las que me despido hasta mañana.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Tras el suceso del burdel, la policía los ha fichado a todos. La autoridad gubernativa ha tomado cartas en el asunto y los ha mandado a casa con una amonestación y con la advertencia de que les retirarán los fondos si no se centran de una vez.

Males ajenos

Como decía, acodados en la barra saboreando una Mirinda de naranja (Fanta antecesor) por barba, hemos pasado un rato charlando de lo divino y lo humano (¡hasta de la mili de alguno hemos hablado!) y, como no olvido mi propósito de estudiar la situación de la vivienda, he sacado la conversación.
Un amigo, algo más joven que yo, que no se ha dedicado a coleccionar pisos en los últimos años, relató, alentado por mi proposición, las penurias de un hijo suyo para encontrar vivienda. Es toda una odisea al más puro estilo de la vivida por Ulises.
El chaval en cuestión (tiene 34 años y está animado a abandonar la casa de sus padres, extremo que los tiene desconcertados) inició su periplo de la forma más lógica, preguntando por pisos nuevos.
El chico, que, por cierto, hizo un magnífico papel en el personaje de Kalimero en una antigua serie de dibujos (un pollito negro con medio cascarón a modo de sombrero), visitó un edificio en construcción y preguntó por la fecha de finalización de la obra para ir a comprar uno cuando estuvieran terminados.
En la oficina (consistente en un señor con casco junto a una hormigonera en mitad de la calle) le informaron de que si esperaba a la finalización de la obra no habría ninguno libre, resaltándole que, según creían, ya en este momento estaban todos vendidos.
Sorprendido por tal información, que contrastaba frontalmente con lo que dicen en la tele de que no se compre sobre plano, hizo múltiples visitas a diversas obras con la misma pregunta obteniendo en todas ellas el mismo resultado.
Con un ligero desaliento, comentó el caso a algún amigote que, amablemente, le ofreció un piso de un edificio, todavía en construcción, por un 40% más de lo que había pagado él, asegurándole que era una ocasión única.
Como parecía que los pisos, lejos de comprarse ya construidos, había que comprarlos en el momento de su concepción (digamos, en la noche de bodas), tomó nota del teléfono que aparecía en los carteles de algunas casas viejas anunciando la próxima construcción de viviendas.
Con una homogeneidad apabullante obtuvo la misma respuesta en todos los casos: La obra se iniciará cuando todos los pisos estén vendidos, nunca antes, usted puede hacer una reserva por el 10% del precio final, que no podemos asegurarle que sea el precio final definitivo, y le podemos enseñar un plano con su distribución para que se haga una idea de a lo que pueden parecerse cuando terminemos, más o menos... aunque no se lo aseguramos.
Nuestro protagonista nunca ha sido muy creyente y tenía dificultades para hacer un acto de fe de tal calibre (¡y de tan alto coste!) respaldado sólo en una voz telefónica o en un señor con casco, aunque tuviera hormigonera.
A todo ello se unía un precio que, en dibupesetas (antigua moneda de la que ya hablaremos), tenía más números que un DNI chino y quedaba absolutamente fuera de su alcance.
Convencido de que este no era el camino, inició su exploración sobre la posibilidad de hacerse una casita él mismo. Pensó, no sin esfuerzo pero con buen criterio, que lo primero de todo era buscar y comprar suelo. Le pareció tarea fácil pues había leído que en Dibuciudad había no sé cuantos miles de metros de suelo urbano libre.
En su primera gestión consultó precios en las afueras de la ciudad, en la que hay una calle de 3 o cuatro mil metros de larga con los dos lados sin construir. Para su sorpresa, comprobó que toda la longitud de la calle era de tan sólo dos o tres empresas (dueñas, efectivamente, de miles de metros de terreno) que pedían una auténtica barbaridad por el metro de suelo. En ulteriores averiguaciones, comprobó que esas empresas no sólo eran dueñas de la primera franja de terreno, sino de una profundidad que hacía muy dudoso que la ciudad fuera a crecer por ese costado salvo, claro está, a base de que los habitantes les entregaran su sangre (sin importar grupo ni RH) trabajando 35 años de su vida.
Desechado ese emplazamiento, comenzó su ronda por las agencias inmobiliarias en busca de casas para derruir o solares en venta. Atónito ante el hecho de que casi todas las agencias le ofrecían los mismos tres o cuatro solares, que daban la sensación de ser los únicos a la venta en la ciudad, comenzó a desanimarse al ver que los precios eran inalcanzables en cualquier sitio.
Estaba claro, había una manifiesta carencia de terreno para construir de verdad. Tuvo la ocurrencia, que prudentemente calló (el chaval es muy correcto), de que era raro que hubiera legislación para expropiar terrenos para carreteras y no la hubiera para facilitar suelo para vivienda, elemento esencial para que los ciudadanos puedan emanciparse y hacer vida independiente, e impedir así que unos cuantos desaprensivos se aprovecharan de todos los demás habitantes. Les recuerdo que estamos hablando de eso de lo que se compone toda la zona del planeta sobre el que habita el ser humano y que no está cubierto por agua.
Un tertuliano, amante de la teoría de la conspiración, interrumpió el discurso arguyendo que las empresas dueñas de los terrenos eran, seguramente, propiedad de un país extranjero en el que se fabrican todos los coches de lujo del mundo. Con esta pérfida fórmula de dominación encubierta, vendiendo el suelo de Mundodibú a los mismísimos habitantes de Mundodibú, y haciendo que los gerentes de sus empresas -hombres de paja según él- compraran a montones los coches de lujo de su país, lograban que el producto del trabajo de los ciudadanos de Mundodibú -y su suelo-, fuera a parar a su país a través de los fabricantes de coches.
Ignorando tan absurda interrupción, el padre de Kalimero siguió relatando que su hijo, en la esperanza de que la construcción no fuera muy cara e intentando ganar tiempo para que apareciera un solar a precio medio lógico, comenzó las averiguaciones de trámites de obra y presupuestos.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ya han aparecido todos. El grupo de Astrología había encerrado a los físicos en un burdel y les estaban haciendo budú desde la puerta. Dos de los físicos no se reintegrarán al grupo pues han iniciado un estudio sobre el desafío de los pechos de las señoritas del local a la ley de la gravedad.

Cosas de jubilados

Hace una tarde estupenda y me parece buena idea acercarme al parque a dar un paseo y ver si encuentro algún amigo para charlar.
En Dibuciudad tenemos dos parques grandes y unos cuantos que son tan pequeños que más parecen macetas grandes y que no deberían llamarse parques. El que más me gusta es el que llamamos "Parque Viejo" que es el más moderno de los dos (nuestra lógica es así de aplastante). Cuando lo inauguraron era una delicia, con vegetación variada y muy bien dispuesta, estupendo mobiliario urbano y muy buena iluminación. Un par de quioscos, más el de música, junto con una ubicación privilegiada, permitían aventurar que sería un parque bullicioso y animado, lleno de parejas, niños y jubilados.
En la entrada al parque me encuentro un joven que me ofrece “una china”. No acertando a imaginar el producto y desagradándome su aspecto, el del joven, le digo que ya tengo una bastante molesta en el zapato y (por si acaso...) que soy un hombre casado.
Quince pasos más adelante otro joven me ofrece “caballo”. Dudando, otra vez, del objeto de la oferta, le contesto que no tengo cuadras para alojarlo y no me gusta de sabor. Sigo.
Tras otros cuatro pasos y un saltito, otro señor me ofrece “coca” y no sabiendo si es alicantina de mollitas o de otra variedad, le digo que no me gusta, que prefiero las tortas o los mojicones.
En mitad de unas pequeñas escaleras y ya pensando que puede que hayan mudado el Mercado a este parque, lo que explicaría su estado (del mercado y del parque), me asalta un subsahariano, en lamentable estado, para pedirme dinero por lo que le doy los 3 dibueuros que llevo recomendándole que los gaste con moderación.
Tras recorrer todo el parque sin encontrar ningún conocido, pero habiendo contemplado dos quioscos abandonados y llenos de pintadas, unos chiquillos rompiendo farolas a pedradas, trece perros sueltos de amo y de tripas, cinco motos circulando a todo palote entre los arbustos, y treinta y tres inmigrantes durmiendo en el suelo bajo improvisadas tiendas de campaña hechas con palos y una camisa, me vuelvo por otra calle para no padecer otra vez ese trayecto.
Estoy dudoso. Me apetece charlar un rato con los amigos pero no consigo adivinar qué lugar de reunión han escogido.
Me vienen a la memoria aquellas tardes de mi infancia apedreándonos con los de Dibuciudad-vecina, jugando a las bolas y pateando piedras en las eras. Con un impulso de profunda melancolía y sin conciencia de mi camino acabo en “la era de pan trillar”. Bueno, la era ya no está pero en un solar cercano, rodeado de preciosas construcciones de viviendas unifamiliares, casi todas ellas vacías, me topo con algunos de mis viejos amigos que juegan a la petanca. Está claro que somos dibujos de costumbres y que la cabra tira al monte.
Me sumo al juego, no sin antes anudar mi pañuelo y colocarlo en mi calva a modo de sombrero (ya no se ve gente de esa guisa y me resulta jocoso este juego de memoria), en el que, dada mi falta de experiencia y el sobresalto debido al ruido de un motor, le pego con la bola en el casco al duodécimo señor que pasa por el camino en unos trastos modernos de cuatro ruedas, que son como dos motos juntas o como un coche sin carrocería, es decir, que tienen todo lo malo de la moto y todo lo malo del coche, y que están muy de moda.
El señor, impertérrito, vuelve la cabeza pero no hace ademán de parar, por lo que le pongo un 10 al fabricante del casco y vuelvo al juego.
Lo hemos pasado muy bien. Lo bueno del juego son las fanfarronadas, bufonadas y palmadas. Ganar o perder es absolutamente secundario y así ha sido siempre. A nadie le importa un rábano el resultado del juego en nuestro mundo. Los gritos, las caras de cabrero, los malos gestos y los insultos no son otra cosa que el teatro que lo acompaña.
Como estamos mayores, hemos acordado terminar e ir al bar más cercano a tomar un refresco.
A estas horas la mayoría de los parroquianos de los bares no se acercan a la barra. En lugar de eso, se ponen de frente a unas máquinas -en las que salen peras, uvas y otros dibujos- a las que les echan monedas a raudales, como si de una hucha se tratara, para ver cambiar las figuritas. Es curioso pero esas maquinitas se afectan mucho por la soledad de modo que, cuando pasado un rato, no tienen a nadie delante, hacen sonar timbres, sirenas y música reclamando la atención de todos los presentes.
Las pobres, salvo a media tarde, rara vez lo consiguen pues, pese al estruendo que montan, no logran superar el ruido de los dos televisores del local (cada uno sintonizado en un canal diferente), la música del equipo estéreo surround de 5.000 watios con quince altavoces y la bulla de los clientes que hablan a gritos para poder entenderse sobre todos los demás ruidos ensordecedores.
Una consecuencia directa de este pandemónium, además de un alto consumo de líquidos en el fútil intento de aliviar la garganta del esfuerzo de proferir chillidos, es una creciente migraña que debe ser infecciosa pues se extiende con rapidez entre los presentes, los cuales, en un momento dado, abandonan el local para ir al de al lado en busca de un momento de relax en el trayecto de 4 metros que separa el uno del otro.
Ya en el bar nos hemos acomodado al fondo (ya se sabe, al fondo siempre hay sitio).
Esto me trae a la memoria que un conocido abrió hace unos años un bar y el proyectista le puso los servicios al fondo, a la izquierda. Los clientes, confundidos y desorientados, terminaban todos en el almacén del bar en el que, en cierta ocasión y según cuentan, se encontró un cliente que llevaba 2 semanas sobreviviendo a base de latas de aceitunas y botellines calientes.
El fracaso fue de tal calibre que tuvo que cerrar. Para su fortuna, le puso un pleito al proyectista y el juzgado falló a su favor. La sentencia, con absoluta contundencia y rigor, decía que es insólito y denota una inexcusable falta de responsabilidad hacer los servicios al fondo a la izquierda, cuando todo el mundo sabe que en los bares están al fondo a la derecha (lo que igualmente explica que al fondo siempre haya sitio).

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. En la visita turística se han perdido 16 científicos y no se han dado cuenta hasta 3 horas más tarde. Han localizado a 4 que estaban tranquilamente jugando al dominó en una tasca. Los demás siguen en paradero desconocido. Se ha dado parte a los servicios de seguridad.