Acabo de recoger el correo. Hacía algunos días que no lo miraba y el buzón ha venido a avisarme de que o lo vaciaba o se quejaba al sindicato.
He tardado 3 horas en salir de la pila de papel que se ha formado al abrirlo.
Tras acomodarme en el suelo, junto al montón, me he puesto a clasificarlo.
Me ha salido un saco de 2 metros cúbicos de folletos y publicidad. Este lo dejo para verlo luego con calma.
Del banco tengo tres cartas. La primera me informa de que estoy en números rojos por 1.363 dibueuros. En la segunda me ofrecen un plazo fijo al 2% de interés para una inversión de 30.000 dibueuros y, de regalo, una utilísima radio de galena. En la tercera me informan de que la biblioteca municipal me ha embargado la cuenta por la penalización que adeudo al no haber devuelto el catón que saqué en segundo de primaria.
Hago una cuenta rápida. Vale. Luego iré a que me den el plazo fijo y con él pagaré el descubierto en cuenta y los 15.000 dibueuros a la biblioteca.
Además, para mi sorpresa, tengo otras 6 cartas más.
Una de ellas es de Hacienda que dice que, según les consta, les debo 4.986'23 dibueuros por el segundo trimestre de IVA y que tengo 10 días para hacer alegaciones.
Otra, de la Seguridad social que me reclama la cuota patronal de mis obreros de los últimos seis meses y me da 10 días para ingresar o recurrir.
La tercera es de la parroquia que me indica que han designado el tribunal de Rota para el litigio que tienen conmigo por el que, según ellos, les adeudo 194 dibueuros en concepto de misas de difuntos, otorgándome, graciosamente, 5 días naturales para personarme.
Una más de mi ayuntamiento que me avisa del inminente embargo de mis cuentas por incumplimiento del artículo 67.2 de la vigente ordenanza de iluminación de feldespatos matutinos. Puedo alegar ante el teniente de alcalde de la pedanía de Dibumatalascañas en 7 días laborables.
La siguiente es de la jefatura territorial de tráfico que me recuerda que tengo que pagar la multa por no renovar el carnet de biplano trimotor en el plazo improrrogable de 14.000 unidades dibucósmicas de tiempo (unos 3 días más o menos según tablas). Me dan 10 minutos para presentar un recurso.
Por último, una del servicio de correos que me reclama 30 céntimos de una carta sin sello fechada en el año 3 de la era mesozoica. Tengo que pagar en 2 días bajo amenaza de que me estampillen la frente.
Acabo de alcanzar 210 pulsaciones por minuto y una tensión arterial de 18-93. Hay coches de formula uno que no soportarían este régimen de revoluciones.
Llamo a emergencias, me entuban, me sedan y me ingresan en la UCI.
Cuando despierto, ya fuera de la UCI, vienen a verme mis amigos. Tímidamente me informan que mi mujer se ha ido a vivir con su hermana pues, a la vista de las cartas, sospecha que tengo una vida paralela y un negocio en Dibumatalascañas.
Acabo de alcanzar 210 pulsaciones por minuto y una tensión arterial de 18-93.
Me entuban, me sedan y me ingresan en la UCI.
Inquietantes alucinaciones desasosiegan mi reposo. Turbas de papeles con membrete meten mano a mi cartera entre risotadas y, con mi dinero en su poder, bailan en circulo a mi alrededor haciéndome descarnadas burlas.
He despertado en mi cama, en casa, rodeado de mi mujer y mis hijos. Al parecer me han operado del corazón, extirpado el apéndice, practicado una lobotomía y, ya de paso, hecho la pedicura. Han pasado 13 meses y necesitaré medicarme con ansiolíticos el resto de mi vida.
Por fortuna, según me cuenta el mayor de mis hijos, él se hizo cargo de todo y mujer se convenció de que era un error. En definitiva, se ha podido actuar a tiempo.
Me relata que, en un principio, habló con un abogado para explicarle la cuestión en la intención de pleitear los distintos asuntos. Por fortuna, el letrado era amigo y le advirtió de lo estéril, costoso y peligroso de tal opción. En nuestro mundo, acudir a la justicia por asuntos de pequeño importe contra la administración supone, siempre, pagar en abogados más que el importe de la reclamación, aunque se gane el pleito. Es un pequeño margen que la Ley le da a la las instituciones para que hagan lo que les de la gana mientras sea por pequeño importe. Recomendó que mi hijo hiciera de leguleyo ante cada institución, con la boina entre las manos y mirando al suelo como en tiempos ancestrales, y tratara de conseguir de ese modo algún resultado positivo.
El resultado final es:
-Hacienda reconoce que no tengo negocio ninguno y me retiran la sanción. No obstante, no me pueden quitar la correspondiente a no haber contestado su escrito en plazo por lo que les debo 450 dibueuros por tramitación. Añaden 1.200 por haber presentado el IRPF fuera de plazo que venció mientras yo estaba anestesiado.
-La Seguridad social se aviene a aceptar que jamás he tenido empresa ni trabajadores por lo que sólo me descontarán 15 dibueuros de la pensión los próximos 30 años por la desvergüenza de no habérselo advertido antes. Además, me vigilarán de cerca durante algunos meses.
-La parroquia no ha cedido pese a que ni siquiera he sido bautizado y jamás he ido a la iglesia. Aceptan, no obstante, a condonarme la deuda si uno de mis nietos ejerce de monaguillo durante 100 domingos para compensar la falta de vocaciones.
-Mi ayuntamiento me conmuta la falta del feldespato (sigo sin saber qué puñeta es eso) por la aceptación por mi parte de 25 multas de aparcamiento en los próximos 24 meses.
-La Jefatura de Tráfico se conforma con cortarme el agua.
-Con Correos no ha habido solución y, al parecer, me han estampillado la frente mientras estaba sedado.
Me informa mi hijo que, aprovechando la confusión, el Ministerio de Vivienda y Acomodo ha embargado mi sofá y se lo ha llevado. Vale, estaba roto.
A mi buzón lo han procesado por intento de homicidio.
¡Ah! El banco se había equivocado y ha anulado todos los cargos. Además, a modo de disculpa, me ha ingresado en cuenta un juego de cacerolas del que podré disponer vía cajero automático.
Los problemas colaterales como la devolución de todos los recibos que han llegado mientras la cuenta estaba bloqueada (agua, seguros del coche y la casa, teléfono, electricidad, gas ciudad, mi suscripción a la revista “Labores de punto”, etc, etc...) me tendrán ocupado hasta el día de mi muerte.
El sustento de la familia de mi hijo mientras resolvía las diferentes cuestiones se arregló gracias a una cuestación popular y la ayuda desinteresada de la asociación de “Amigos del buen yantar”, la agrupación folclórica local, dos mendigos y la vecina del quinto.
Con todo el follón, por desgracia, no ha podido evitar perder el contrato temporal que tenía (desde hace 12 años) pero, como Dios aprieta pero no ahoga, le ha salido una sustitución de tornero fresador en una fábrica de rosquillas.
Finalmente, parece que la causa tuvo que ver con un fallo en el sistema operativo Güindos del ordenador central del Ministerio de asuntos mundanos que confundió mis datos con la lista de la compra de la señora del conserje. Doy gracias a que un viejo funcionario, a punto de jubilarse, tiene la manía de seguir haciendo su trabajo en papel y así se pudo comprobar y corregir el error.
No puedo presentar reclamación al fabricante del Güindos pues en nuestro mundo se acepta que este producto en particular, a diferencia de todos los demás, falle, tenga errores, agujeros, no funcione y esté de baja médica sin parar por infecciones de lo más diverso.
En fin, que todo sea para bien. Ahora, por favor, deben disculparme que necesito algo de reposo.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Se ha perdido todo. El fallo del güindos del ordenador central del ministerio ha producido un efecto en cascada y se han borrado todos los datos almacenados hasta el momento.
He tardado 3 horas en salir de la pila de papel que se ha formado al abrirlo.
Tras acomodarme en el suelo, junto al montón, me he puesto a clasificarlo.
Me ha salido un saco de 2 metros cúbicos de folletos y publicidad. Este lo dejo para verlo luego con calma.
Del banco tengo tres cartas. La primera me informa de que estoy en números rojos por 1.363 dibueuros. En la segunda me ofrecen un plazo fijo al 2% de interés para una inversión de 30.000 dibueuros y, de regalo, una utilísima radio de galena. En la tercera me informan de que la biblioteca municipal me ha embargado la cuenta por la penalización que adeudo al no haber devuelto el catón que saqué en segundo de primaria.
Hago una cuenta rápida. Vale. Luego iré a que me den el plazo fijo y con él pagaré el descubierto en cuenta y los 15.000 dibueuros a la biblioteca.
Además, para mi sorpresa, tengo otras 6 cartas más.
Una de ellas es de Hacienda que dice que, según les consta, les debo 4.986'23 dibueuros por el segundo trimestre de IVA y que tengo 10 días para hacer alegaciones.
Otra, de la Seguridad social que me reclama la cuota patronal de mis obreros de los últimos seis meses y me da 10 días para ingresar o recurrir.
La tercera es de la parroquia que me indica que han designado el tribunal de Rota para el litigio que tienen conmigo por el que, según ellos, les adeudo 194 dibueuros en concepto de misas de difuntos, otorgándome, graciosamente, 5 días naturales para personarme.
Una más de mi ayuntamiento que me avisa del inminente embargo de mis cuentas por incumplimiento del artículo 67.2 de la vigente ordenanza de iluminación de feldespatos matutinos. Puedo alegar ante el teniente de alcalde de la pedanía de Dibumatalascañas en 7 días laborables.
La siguiente es de la jefatura territorial de tráfico que me recuerda que tengo que pagar la multa por no renovar el carnet de biplano trimotor en el plazo improrrogable de 14.000 unidades dibucósmicas de tiempo (unos 3 días más o menos según tablas). Me dan 10 minutos para presentar un recurso.
Por último, una del servicio de correos que me reclama 30 céntimos de una carta sin sello fechada en el año 3 de la era mesozoica. Tengo que pagar en 2 días bajo amenaza de que me estampillen la frente.
Acabo de alcanzar 210 pulsaciones por minuto y una tensión arterial de 18-93. Hay coches de formula uno que no soportarían este régimen de revoluciones.
Llamo a emergencias, me entuban, me sedan y me ingresan en la UCI.
Cuando despierto, ya fuera de la UCI, vienen a verme mis amigos. Tímidamente me informan que mi mujer se ha ido a vivir con su hermana pues, a la vista de las cartas, sospecha que tengo una vida paralela y un negocio en Dibumatalascañas.
Acabo de alcanzar 210 pulsaciones por minuto y una tensión arterial de 18-93.
Me entuban, me sedan y me ingresan en la UCI.
Inquietantes alucinaciones desasosiegan mi reposo. Turbas de papeles con membrete meten mano a mi cartera entre risotadas y, con mi dinero en su poder, bailan en circulo a mi alrededor haciéndome descarnadas burlas.
He despertado en mi cama, en casa, rodeado de mi mujer y mis hijos. Al parecer me han operado del corazón, extirpado el apéndice, practicado una lobotomía y, ya de paso, hecho la pedicura. Han pasado 13 meses y necesitaré medicarme con ansiolíticos el resto de mi vida.
Por fortuna, según me cuenta el mayor de mis hijos, él se hizo cargo de todo y mujer se convenció de que era un error. En definitiva, se ha podido actuar a tiempo.
Me relata que, en un principio, habló con un abogado para explicarle la cuestión en la intención de pleitear los distintos asuntos. Por fortuna, el letrado era amigo y le advirtió de lo estéril, costoso y peligroso de tal opción. En nuestro mundo, acudir a la justicia por asuntos de pequeño importe contra la administración supone, siempre, pagar en abogados más que el importe de la reclamación, aunque se gane el pleito. Es un pequeño margen que la Ley le da a la las instituciones para que hagan lo que les de la gana mientras sea por pequeño importe. Recomendó que mi hijo hiciera de leguleyo ante cada institución, con la boina entre las manos y mirando al suelo como en tiempos ancestrales, y tratara de conseguir de ese modo algún resultado positivo.
El resultado final es:
-Hacienda reconoce que no tengo negocio ninguno y me retiran la sanción. No obstante, no me pueden quitar la correspondiente a no haber contestado su escrito en plazo por lo que les debo 450 dibueuros por tramitación. Añaden 1.200 por haber presentado el IRPF fuera de plazo que venció mientras yo estaba anestesiado.
-La Seguridad social se aviene a aceptar que jamás he tenido empresa ni trabajadores por lo que sólo me descontarán 15 dibueuros de la pensión los próximos 30 años por la desvergüenza de no habérselo advertido antes. Además, me vigilarán de cerca durante algunos meses.
-La parroquia no ha cedido pese a que ni siquiera he sido bautizado y jamás he ido a la iglesia. Aceptan, no obstante, a condonarme la deuda si uno de mis nietos ejerce de monaguillo durante 100 domingos para compensar la falta de vocaciones.
-Mi ayuntamiento me conmuta la falta del feldespato (sigo sin saber qué puñeta es eso) por la aceptación por mi parte de 25 multas de aparcamiento en los próximos 24 meses.
-La Jefatura de Tráfico se conforma con cortarme el agua.
-Con Correos no ha habido solución y, al parecer, me han estampillado la frente mientras estaba sedado.
Me informa mi hijo que, aprovechando la confusión, el Ministerio de Vivienda y Acomodo ha embargado mi sofá y se lo ha llevado. Vale, estaba roto.
A mi buzón lo han procesado por intento de homicidio.
¡Ah! El banco se había equivocado y ha anulado todos los cargos. Además, a modo de disculpa, me ha ingresado en cuenta un juego de cacerolas del que podré disponer vía cajero automático.
Los problemas colaterales como la devolución de todos los recibos que han llegado mientras la cuenta estaba bloqueada (agua, seguros del coche y la casa, teléfono, electricidad, gas ciudad, mi suscripción a la revista “Labores de punto”, etc, etc...) me tendrán ocupado hasta el día de mi muerte.
El sustento de la familia de mi hijo mientras resolvía las diferentes cuestiones se arregló gracias a una cuestación popular y la ayuda desinteresada de la asociación de “Amigos del buen yantar”, la agrupación folclórica local, dos mendigos y la vecina del quinto.
Con todo el follón, por desgracia, no ha podido evitar perder el contrato temporal que tenía (desde hace 12 años) pero, como Dios aprieta pero no ahoga, le ha salido una sustitución de tornero fresador en una fábrica de rosquillas.
Finalmente, parece que la causa tuvo que ver con un fallo en el sistema operativo Güindos del ordenador central del Ministerio de asuntos mundanos que confundió mis datos con la lista de la compra de la señora del conserje. Doy gracias a que un viejo funcionario, a punto de jubilarse, tiene la manía de seguir haciendo su trabajo en papel y así se pudo comprobar y corregir el error.
No puedo presentar reclamación al fabricante del Güindos pues en nuestro mundo se acepta que este producto en particular, a diferencia de todos los demás, falle, tenga errores, agujeros, no funcione y esté de baja médica sin parar por infecciones de lo más diverso.
En fin, que todo sea para bien. Ahora, por favor, deben disculparme que necesito algo de reposo.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Se ha perdido todo. El fallo del güindos del ordenador central del ministerio ha producido un efecto en cascada y se han borrado todos los datos almacenados hasta el momento.