domingo, 27 de enero de 2008

Paranoia incipiente

Me he animado a comprar un paquete de pan rallado de oferta (en bolsa transparente y cercionándome de su hermeticidad) y me he colocado en la caja rápida (los pies me bullen del tiempo que llevo de paseo).
Aclaro que la caja rápida no lo es por ir deprisa, lo es por la prisa que nos invade al llegar a ella. Perdemos las formas, nos amontonamos y apretujamos sin miramientos, como si al final de la cola hubiera un león presto a mordernos el trasero.
Espero....
Espero....
Espero....
Espero....
Mientras, calculo el total de mensajes publicitarios que he recibido durante mi visita. Ascienden a 78.254. Me costará semanas eliminarlos de mi mente y dejar espacio en ella para otras cosas. Ahora conozco cientos de marcas, ofertas y productos nuevos que ocupan un espacio precioso de mi cerebro del que, dada mi edad, no puedo prescindir. Afortunadamente, un médico amigo me extirpó de un cachete (pese a ser ilegal) la glándula de compra compulsiva por lo que no lograrán que me deje la pensión en la tienda.
Ya me toca. Pongo el paquete en la cinta y observo a la señorita pasarlos por el ojo rojo del “gran hermano”.
Ahora, si pago con la tarjeta, el gran vigilante sabrá (y almacenará) el tipo, marca y precio de pan rallado que me gusta.
Además, comparándolo con mis otras compras, conocerá la frecuencia con la que los consumo y, por la lista de los productos que suelo comprar, si mi dieta es equilibrada, si tengo alto el colesterol, problemas de estreñimiento o si ando bajo en calcio; como alguna vez compré prendas de vestir conocerá mi corpulencia general y mis gustos y colores preferidos (incluida mi ropa interior); por mis adquisiciones de droguería, el tipo del resto de prendas que tengo en casa (blanca, de color, delicadas), si voy alguna vez a la playa, si tengo estrías o calvicie, el ph de mi piel y su grado de sequedad, si tengo caries o sarro, si tengo pérdidas de orina o si tengo el culo irritado o encallecido.
Vamos, mi ficha completa asociada a mi nombre y dirección.
Y todo ello sin pensar mucho, que si miran, juntos, los yogures que compro, el tipo de cereales para el desayuno, el tipo de papel higiénico y mi lista de comestibles, sabrán color, textura, aroma y frecuencia de mi deposiciones. Y, a partir de ello, mi esperanza de vida y si necesito un servicio de limpieza de desagües.
Si recibe una oferta de yogur desatascador, sospeche, amigo, sospeche.
Antes pagaba con tarjeta y, cuando caí en todo esto, dejé de hacerlo. A las dos semanas la empresa mandó a mi mujer una carta de pésame y una corona de flores. Pensaban que me había muerto. Mejor. No aclaré la cuestión.
Como todo esto me molesta cantidad, pago en efectivo.
No obstante, la señorita me pregunta si es que no tengo la tarjeta de fidelización (je, je,... si, semper fidelis) y me enumera sus grandes ventajas.
¡Tiene guasa! Cuarenta años para legalizar el divorcio y ahora se quieren casar con nosotros hasta los supermercados. Yo tuve una vez una de esas tarjetas y me costó que se olvidaran de mí más tiempo que una nulidad matrimonial por lo pobre.
Alardeando de paciencia, ante la admiración y comentarios de los presentes, le digo doce veces que no.
Con mi mapa del tesoro en la mano, busco mi reguero de migas de pan y me encamino al coche. Cuando he dejado la compra en él, me asalta un señor que se ofrece a dejar el carrito en la fila. Como tiene mal encare, le digo que sí y se lo entrego.
Me subo al coche y calculo. Tres horas de mi tiempo, gasolina de ida y vuelta, el dibueuro del carrito (se lo ha quedado el señor), el trauma cerebral por invasión de anuncios... Conclusión: el pan rallado “de oferta” me ha salido por un congo.
Sea, no me queda alternativa. Pero me jode..., ¡no vean como me jode!
Salgo pitando para casa. Esto ha sido un suplicio.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sigue siendo “San Alberto Magno”, patrono de los científicos, festivo. Como un ordenanza repuso los carteles en su sitio, los astrólogos, quirománticos y adivinadores, que no están de fiesta, han encontrado las oficinas pero, al verlas cerradas, han pensado que el experimento ha finalizado y se han ido a casa.