domingo, 25 de noviembre de 2007

Cuestión de principios

Como la discusión entre mi casa y las excavadoras estaba subiendo de tono y no me dejaba ver tranquilo la tele, la he apagado (tirando del enchufe en la esperanza de no volver a tener problemas con los mandos a distancia) y he salido con la intención de mediar en la discusión.
Mi casa estaba en pleno ataque de nervios, iracunda, con temblores y de un rojo bermellón que me ha hecho preocuparme por su salud ya que su color natural es verde pálido. La excavadora no dejaba de reírse en su cara y la grúa pasaba olímpicamente de ella en actitud de cachondeo.
Me ha parecido que la tensión era excesiva y he sacado la manguera para echarle a mi casa un poco de agua. Esto suele gustarle y la relaja por lo que lo hago coincidiendo con la paga extra del verano o en casos de emergencia como este.
Sabiendo que, al precio que pagamos el agua en Dibuciudad, este mes tendré que hacer recortes, la he duchado hasta que ha dejado de salir vapor y, luego, he intentado consolarla durante un rato. La pobre estaba muy afectada.
Femenina que es, le gusta estar de buen ver y aseada y los destrozos que estaba sufriendo, crecientes e injustificados, hay que reconocerlo, sumados a su incapacidad para conseguir una explicación y una reparación razonable, la tenían en un estado lamentable.
Lo que ha sucedido luego me ha devuelto a mis tiempos de estudiante.
Enunciado principio de acción-reacción de Newton: Si un cuerpo A ejerce una acción sobre otro cuerpo B, éste realiza sobre A otra acción igual y de sentido contrario.
Ejemplo:
Acción: Mientras intentaba calmar a mi casa, un coche aparcado (cuerpo A), de alta cilindrada como ahora dicen en las noticias, ha mojado una sopa diciendo que él era el coche del constructor y que su dueño a él lo trataba con mucho mimo, por lo que mi casa, sin duda, estaba mintiendo.
Reacción: Con total serenidad y sin alterarme los más mínimo, le he roto (yo, cuerpo serrano B) un espejo, un cristal y un faro, además de arañarlo con una llave, por meterse dónde no le llaman, y mearme en una rueda. Esto, que ha irritado al coche, ha tenido la virtud de calmar a mi casa y ha dado paz a mi espíritu cual ejercicio de yoga o tai chi.
“Quod erat demonstrandum”.
Pese a todo, he pensado que quizás el Ayuntamiento debería intervenir en estos casos, aunque sólo fuera aconsejando a las casas sobre qué hacer e, incluso, facilitándoles asesoramiento y respaldo jurídico gratis, si es menester o, al menos, consuelo y tazas de tila si es que no puede actuar de algún modo contra la maquinaria de obra desaprensiva. Como no me ha parecido mala idea, he pensado en transmitírsela al concejal que lleva el asunto. Es un señor muy serio y popular al que ustedes conocen por el papel de dueño de una central nuclear que ha interpretado en una popular serie que ponen en la tele y que debe ser obligatorio saberse de memoria a la vista del número de veces que la han repetido (los Pimpson, creo que se llama). Aprovecho para decir que, aunque económicamente le va muy bien (al concejal), no se debe, como las malas lenguas propagan, a maniobras en su puesto de concejal sino a sus emolumentos en la mencionada serie. Como he pensado que mis canas podrían surtir efecto en él, me he propuesto localizarle un día de estos para comentarle mi sugerencia que estimo interesante.
Rumiando la idea y tras darle unas palmadas a mi casa para tranquilizarla, he dirigido mis pasos hacia la plaza pero, a los pocos metros, me ha parecido que era muy desconsiderado dejarla así y he decidido volverme para pasar el resto de la tarde con ella. Además, ya soy mayor, el día de hoy ha sido muy largo y espero que termine con tranquilidad y sosiego.
Antes de entrar, me he parado a negociar con las máquinas de la obra de al lado que han cedido, no sin batalla, en que las 23:30 era una hora prudente para dejar de perforar y que así podamos comer un bocata en la cama, mientas nos vence el sueño, sin demasiados ruidos, saltos ni sobresaltos.
Y con esto les dejo por hoy. Mañana será otro día.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Al parecer, la secretaria ha pasado a la reunión y, a partir del juicio emitido por uno de los presentes sobre la esbeltez y buen ver de la susodicha, se han enfrascado en una discusión sobre genotipos, fenotipos, metafísica y psicología aplicada. Sigue sin resolverse qué ramas de la ciencia deberían incluirse en la observación.

Ocupaciones vespertinas

Mi intención era dormir un rato la siesta pero, ni la comida ni el ruido de la calle y de las obras me invitan a ello, por lo que opto por sentarme un rato a ver la tele.
Me he sentado en mi sofá -es el trigésimo noveno que gasto (eso sí, de diseño) después del que compré al casarme, ¡en gloria esté!, que duró 30 años y tiré casi nuevo por parecerme anticuado- y he empezado el estudio detallado de los diversos mandos a distancia que hay sobre mi mesa.
Tras doce pruebas con ellos, mis logros son:
1-Cambio del canal del vídeo.
2-Sorprendentes cabriolas del coche teledirigido que mi nieto dejó en mi casa.
3-Que el deuvedé abra la bandeja de los cedés.
4-Sintonizar una curiosa emisora de radio cuyo locutor debe ser arameo -o tener un defecto en la boca- pues no entiendo nada de lo que dice y pronuncia sonidos para los que no hay letras en mi idioma.
5-Aire acondicionado a tope de frío (pese a que no tengo tal aparato en casa).
5 bis-Perro del vecino corriendo calle alante por lo que pienso que debo haber pulsado algún botón equivocado y he abierto la puerta de su cochera.
6- Apagón generalizado de 4 horas en Dibucataluña y de 3 días en Dibucastelldefels.
Vencido por la tecnología y al borde de la depresión me he levantado del sillón (que, por cierto, ha hecho un ruido raro y me temo que tendré que volver a cambiar, previo permiso del director de mi banco) y he encendido la tele del botón, como toda la vida.
He podido ver el telediario, del que siempre me sorprende que dedique el mismo tiempo a todas las noticias de todos los temas del mundo que a la liga nacional de fútbol.
Comprendo que la programación debe repartir el tiempo entre asuntos, de forma proporcional a la contribución de cada uno a la producción nacional y su efecto y repercusión en la vida de los ciudadanos (lo que explica de forma sobrada el tiempo que dedican al fútbol) pero, de verdad, creo que esa proporcionalidad debería ponderarse en favor de asuntos que, aunque de menor peso, podía ser interesante promover y aclarar -además de formar e informar a los ciudadanos en ellos con seriedad y objetividad- como la física, economía, medicina y, no sé, tantas otras cosas de menor importancia y repercusión en el día a día y futuro de los televidentes.
Por si alguno duda del peso productivo y aportación del fútbol, considérese que un futbolista gana al año más que todos los médicos juntos de un hospital pequeño (más de 100 médicos), o que 230 maestros, 300 policías u ochenta fontaneros, por ejemplo. El presupuesto de uno sólo de los equipos grandes de fútbol equivale al sueldo de 4,434 médicos que, a razón de unos 414 médicos por 100.000 habitantes, daría para más de un millón de habitantes . No está mal, ¿no? ¡Ah!, y hay 20 equipos en la primera división de la liga.
En todo caso, con el paso del tiempo, he descubierto que la liga de fútbol es la única información que coincide entre los telediarios de las diferentes cadenas, por lo que he deducido que cada cadena de televisión es de un planeta diferente, aunque la liga se juega entre equipos de todos los mundos.
Luego, ha salido el señor del tiempo, que lleva meses intentando convencernos de que los cambios de tiempo de 4 bajo cero a 30 grados en seis horas y viceversa, las nevadas inesperadas, los aluviones y que las plantas florezcan en Enero y pierdan la hoja en Mayo es muy normal. Mi memoria se revela ante sus argumentos por lo que, desde hace semanas, mientras él habla yo canto la canción esa de Machín que dice:
Tus mentiras
han hecho que ya no te quiera
tus mentiras
destruyen mi ilusión primera
Por fin ha empezado el programa principal de la televisión que, como todo el mundo sabe, son los anuncios. Por si hay quién lo dude, basta comprobar su peso y extensión en la programación o su volumen sonoro comparado con el resto de programas, por no mencionar el cuidado, mimo y meticulosidad con el que se elaboran y se programa su emisión. De hecho, debido a mi incipiente sordera, es casi lo único que consigo escuchar de toda la programación que emiten.
He permanecido durante 45 minutos ininterrumpidos muy entretenido mirando spots de la más diversa índole, hasta que han cortado para poner una estupidez, en la que unos cuantos individuos, con sobrada y reconocida capacidad para juzgar a los demás (... y basándose en amplios estudios científicos y estadísticos perfectamente documentados) criticaban, daban consejos y exponían a gritos las intimidades de otros señores que salían en vídeos y que no estaban presentes, empleando para ello, con quirúrgica precisión, una selecta colección de calificativos.
Como el espacio me ha parecido confuso, un punto insustancial y me incomoda pensar que aquellos de los que estaban hablando, casi seguro, no querrían que yo me enterara de sus vidas, he cambiado de canal a otro en el que hubiera anuncios (me he levantado para darle al botón intentando no volver a afectar mi estado psicológico con los mandos a distancia) que es lo que a mí me gusta.
Número de intentos para conseguir ver anuncios: 0 (los han vuelto a poner antes de que yo llegara al televisor).
Me gustan los anuncios, pues no deja de sorprenderme que consigan vender tantos productos con ellos. A mi modesto entender, el asunto merecería un estudio sociológico en profundidad.
Anuncio 1: Señora hablando de las maravillas de una cacerola.
Conclusión de anuncio 1: Para usar tal cacerola hay que tener una cocina impecable, sin estrenar, estar vestido de punta en blanco -como para ir de boda-, con el ojo pintado, maquillaje y peluquería perfectos y unos tacones de vértigo. Yo jamás he visto a nadie cocinando de tal guisa, por lo que deduzco que esa cacerola la usa muy poca gente.
Anuncio 2: Un señor conduciendo un coche mientras saca la mano por la ventanilla y hace olas con ella. Se me antoja que, seguramente, sea un peligro soltar el volante y que si un insecto se le estampa contra la mano debe ser muy doloroso.
Conclusión anuncio 2: No debo comprar un coche que hay que conducir haciendo el payaso de ese modo y en el que, aquellos que te vean, pensarán que eres un ídem.
Anuncio 3: Anuncio de refresco con señores y señoras que salen bailando y dando saltos.
Conclusión anuncio 3: En estas condiciones, es indudable que necesitan refrescos (y puede que algún medicamento complementario después..., o incluso antes) y me parece agotador tener que dar esos saltos para consumir el producto.
No me negarán que es divertido ver anuncios. A mí suele llevarme a interesantes reflexiones sobre el género dibuhumano y nuestra claridad de pensamiento. Pero claro, todo esto es en el loco Mundodibú (¡oh cielos... qué horror!) y doy por sentado que en su mundo será completamente diferente.
Entre nosotros, debo reconocer que hay otros espacios que me gustan. El problema es que los dan a altas horas de la noche.
Hay uno de libros, que ponían a las 2:30 de la madrugada, al que un día de insomnio se me ocurrió llamar por teléfono. Sugerí al presentador que pidiera a los demás espectadores que le llamaran para charlar. Lo hizo y no llamó nadie por lo que, en directo y entre los dos -se lo juro-, quedamos en que no volvería a hacer el programa y en juntarnos ambos para hablar de libros a horas más prudentes. De esta relación ha surgido una gran amistad. Esto para los que dicen que la televisión es poco menos que un trasto inútil y dañino para la mente.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Al igual que yo, se han ido a comer.

Del Ángelus a la Nona

Escucho al amable, aunque adusto, señor del Ayuntamiento que me dice que tengo que hacer un proyecto que consiste en que otro pinte en un papel diferente mi mismo dibujo y que me cobrarán por ello.
Acto seguido, me ha dicho que, al terminar la obra, tengo que ir al Registro dónde me cobrarán por apuntar en un papel que mi casa ha cambiado.
Sin inmutarse por mi cara de asombro, ha añadido que si tengo hipoteca (¡y quién no, ella me tiene a mí!) debería hablar con el banco por si me tienen que cobrar algo por cambiar algún papel en el notario, que puede que también quiera cobrar algo por escribir en el papel.
Este mismo señor, muy atento, me ha explicado que luego, cuando haga la reforma, el Ayuntamiento me cobrará más impuestos al año por mi casa al ser más grande.
Elucubro sobre la razón de que tenga que pagar al ayuntamiento por hacer una obra con un dinero por el que ya había pagado mis impuestos.
Elucubro...
Elucubro...
Elucubro...
Concluyo: En definitiva, viendo que antes de mover una piedra tendría que gastar en papeles tropecientos mil dibueuros, que no tengo, y estimando que el coste en tinta de bolígrafo supera al coste en ladrillo y otros materiales, he decidido que era mejor explorar la alternativa de la crema cosmética para las estrías o esperar y ver si mi casa explota, se derrumba o emigra a otro pueblo menos aficionado a la escritura.
Cuando salía del Ayuntamiento, he recordado que el periódico del kiosco hablaba de que la vivienda en Mundodibú está por las nubes y que es inaccesible para muchas familias. He decidido iniciar averiguaciones sobre este candente asunto (de lleno dentro de la actividad general de los jubilados que, como todos saben, es vigilar obras) pero primero iré a comer, que tanto paseo me ha abierto el apetito.
He llegado a mi casa en mal momento pues la pobre estaba discutiendo con la excavadora y con la grúa del vecino que, al parecer, en sus trabajos, le habían roto 6 tejas, abierto 12 grietas y ensuciado paredes y cristales de cemento y de otra sustancia amarilla y pegajosa que no he querido saber qué era. Los he dejado discutiendo y he pasado a prepararme la comida, mientras escuchaba a mi casa amenazar con ir al Ayuntamiento y al Juzgado, y las carcajadas de la grúa y la excavadora aplaudidas y jaleadas por otras herramientas de menor porte e importancia en el escalafón.
Me he puesto el traje de buzo ya que, de un tiempo a esta parte, al freír los filetes aparece tanta agua que en alguna ocasión he estado a punto de ahogarme.
Se produce a continuación una lucha a brazo partido con los filetes que intentan, por todos los medios, saltar fuera de la sartén.
Tras procurarlo por diversos medios, los he dominado sentándome sobre ellos (con el efecto colateral de quemarme el culo).
Con el pan que compré hace un rato y un vaso de agua del grifo, me he sentado a la mesa.
Al observar la elasticidad del pan, he concluido que es de la misma especie animal que los calamares de esta mañana, pese a que no le encuentro los ojos por ningún lado. Deben venderlo limpio y destripado.
El agua ha adquirido un tono crema que me ha hecho pensar en beberla en vez del café con leche del desayuno, y así terminar mi batalla con los bricks.
Por último, los filetes se han reducido de tal modo tras su paso por la sartén que apenas eran visibles en el plato. Les está bien empleado por rebeldes.
Con estas excelentes viandas sobre la mesa, y sometiendo a mis dientes a otra dura prueba (mi dentista es millonario), he procurado ingerir una cantidad suficiente para la supervivencia o, al menos, para que mi estómago, que es un quejicoso insufrible, deje de proferir lamentos.
Ni me planteo lo de la fruta pues, entre los precios que lleva y su auténtico e inconfundible sabor a nada, hace tiempo que, pese a las recomendaciones de los médicos, abandoné su consumo. Además, el agua del grifo sale más barata (no mucho) y viene a tener las mismas cualidades organolépticas.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Por desgracia, se ha retomado la discusión sobre la inclusión de Astrología y Adivinación al considerarse la posibilidad de aceptar al representante de Quiromancia por si en el relato se mencionan las manos en algún punto.