No quiero ser reiterativo por lo que no me extenderé mucho en esta parte de mi relato.
La entrada ha sido dura y la llegada al Hospital más todavía. Una vez allí, le he dado unas monedas a un chavalín para que estuviera dando vueltas a la manzana con mi coche hasta que terminara mi visita al hospital. Es la única forma de resolver el problema de aparcar en las grandes ciudades. Es cierto que fomenta la contaminación y los atascos pero a grandes males, grandes remedios. Y así hacen prácticas los conductores noveles.
El hospital ha sido, como suele, soporífero y ligeramente vejatorio. Me han perforado con múltiples jeringuillas, profanado mis orificios con tubos de lo más doloroso, obligado a mostrar mis partes ocultas y tumbado sobre superficies heladas y duras. Prefiero no entrar en detalles.
En general, ha ido todo sobre ruedas. Teniendo en cuenta que hace 6 meses que pedí la cita para la revisión, la cosa ha estado dentro de la normalidad. Me han dicho que los resultados de las pruebas estarán para dentro de 4 meses y que, entonces y no antes, me darán fecha de consulta. Ya se sabe: “Ad kalendas graecas”.
He salido del hospital, he llamado al chaval que anda con mi coche y, tras una corta espera de 40 minutos (lo que ha tardado en dar la media vuelta a la manzana del hospital), he podido iniciar el retorno.
Se preguntarán qué paso con los amables aparcacoches multi-étnicos que había alrededor de los puntos de gran afluencia. Sencillo, desaparecieron al desaparecer su fuente de alimento: las plazas de aparcamiento.
No me resisto a hacer un comentario sobre un fenómeno que me sorprende y que, casi seguro, no se dará en su mundo. La cantidad de gente de Dibumadrid que tiene fincas y se dedica a tareas agrícolas o ganaderas es sorprendente, a tenor del número de todoterrenos que, en lugar de los lógicos utilitarios para circular por ciudades saturadas de vehículos, se ven en sus calles. Añado que deben tener los caminos muy abandonados pues en mi pueblo, básicamente agrícola, nos apañábamos con un “dos caballos” para ir por cualquier camino.
Desde hace años me vienen pareciendo una gente un poco rara. Viven en Dibumadrid, donde se gastan una fortuna en comprar y amueblar una vivienda que sólo usan para dormir (a los que no les llega para esos precios la compran a 50 kilómetros, en mitad del campo, pero van todos los días a la ciudad). Si les preguntas, están encantados de la capital pero deben sentir nostalgia de los amigos (o de las muchedumbres) pues a la mínima ocasión salen corriendo, todos juntos, a lugares de descanso que, como van en bloque, embotellan nada más llegar. Es un comportamiento curioso ¿no? En fin, seguro que en su mundo no sucede así.
He hecho noche en un atasco, a la romántica luz de unos faros de un tal xenon, y he entablado amistad con otros tres conductores que me han acompañado durante todo el trayecto de vuelta. Me ha dado tiempo a leer las obras completas de Unamuno.
Estoy en casa.
Al hacer las cuentas de mi viaje -por cierto, he gastado 28 dibueuros en combustible- caigo en la cuenta de que con ese importe podría haber calentado mi casa este invierno casi 4 días o comprado media televisión en color. Ni imagino los días que podría haberla calentado la señora del todoterreno o el tamaño de la tele de plasma que podría haber comprado. ¡Con lo que debe gastar eso!
Reconozco que estoy preocupado por el precio de la energía y por la ecología. Vale, también reconozco que si no fuera por el precio de la energía, la ecología me importaría poco. No me duele reconocerlo pues tengo la impresión de que es un fenómeno generalizado. Los dibujos no somos famosos por nuestra capacidad reflexiva ni de concienciación. Está probado que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
En la siguiente entrega seguiremos. Ahora voy a descansar que los viajes, incluso los cortos como este, me dejan agotado.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Las fuerzas de orden público se han atrincherado en el edificio. Reivindican “Pausa café” y “croasan” como los científicos. Aprovechando el follón, un grupo de mozalbetes que andaban por la calle les han robado las tanquetas y andan por la ciudad cometiendo desmanes. Los científicos se han ido al bar de al lado y se han pedido unas raciones. Se declara el estado de excepción.
La entrada ha sido dura y la llegada al Hospital más todavía. Una vez allí, le he dado unas monedas a un chavalín para que estuviera dando vueltas a la manzana con mi coche hasta que terminara mi visita al hospital. Es la única forma de resolver el problema de aparcar en las grandes ciudades. Es cierto que fomenta la contaminación y los atascos pero a grandes males, grandes remedios. Y así hacen prácticas los conductores noveles.
El hospital ha sido, como suele, soporífero y ligeramente vejatorio. Me han perforado con múltiples jeringuillas, profanado mis orificios con tubos de lo más doloroso, obligado a mostrar mis partes ocultas y tumbado sobre superficies heladas y duras. Prefiero no entrar en detalles.
En general, ha ido todo sobre ruedas. Teniendo en cuenta que hace 6 meses que pedí la cita para la revisión, la cosa ha estado dentro de la normalidad. Me han dicho que los resultados de las pruebas estarán para dentro de 4 meses y que, entonces y no antes, me darán fecha de consulta. Ya se sabe: “Ad kalendas graecas”.
He salido del hospital, he llamado al chaval que anda con mi coche y, tras una corta espera de 40 minutos (lo que ha tardado en dar la media vuelta a la manzana del hospital), he podido iniciar el retorno.
Se preguntarán qué paso con los amables aparcacoches multi-étnicos que había alrededor de los puntos de gran afluencia. Sencillo, desaparecieron al desaparecer su fuente de alimento: las plazas de aparcamiento.
No me resisto a hacer un comentario sobre un fenómeno que me sorprende y que, casi seguro, no se dará en su mundo. La cantidad de gente de Dibumadrid que tiene fincas y se dedica a tareas agrícolas o ganaderas es sorprendente, a tenor del número de todoterrenos que, en lugar de los lógicos utilitarios para circular por ciudades saturadas de vehículos, se ven en sus calles. Añado que deben tener los caminos muy abandonados pues en mi pueblo, básicamente agrícola, nos apañábamos con un “dos caballos” para ir por cualquier camino.
Desde hace años me vienen pareciendo una gente un poco rara. Viven en Dibumadrid, donde se gastan una fortuna en comprar y amueblar una vivienda que sólo usan para dormir (a los que no les llega para esos precios la compran a 50 kilómetros, en mitad del campo, pero van todos los días a la ciudad). Si les preguntas, están encantados de la capital pero deben sentir nostalgia de los amigos (o de las muchedumbres) pues a la mínima ocasión salen corriendo, todos juntos, a lugares de descanso que, como van en bloque, embotellan nada más llegar. Es un comportamiento curioso ¿no? En fin, seguro que en su mundo no sucede así.
He hecho noche en un atasco, a la romántica luz de unos faros de un tal xenon, y he entablado amistad con otros tres conductores que me han acompañado durante todo el trayecto de vuelta. Me ha dado tiempo a leer las obras completas de Unamuno.
Estoy en casa.
Al hacer las cuentas de mi viaje -por cierto, he gastado 28 dibueuros en combustible- caigo en la cuenta de que con ese importe podría haber calentado mi casa este invierno casi 4 días o comprado media televisión en color. Ni imagino los días que podría haberla calentado la señora del todoterreno o el tamaño de la tele de plasma que podría haber comprado. ¡Con lo que debe gastar eso!
Reconozco que estoy preocupado por el precio de la energía y por la ecología. Vale, también reconozco que si no fuera por el precio de la energía, la ecología me importaría poco. No me duele reconocerlo pues tengo la impresión de que es un fenómeno generalizado. Los dibujos no somos famosos por nuestra capacidad reflexiva ni de concienciación. Está probado que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
En la siguiente entrega seguiremos. Ahora voy a descansar que los viajes, incluso los cortos como este, me dejan agotado.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Las fuerzas de orden público se han atrincherado en el edificio. Reivindican “Pausa café” y “croasan” como los científicos. Aprovechando el follón, un grupo de mozalbetes que andaban por la calle les han robado las tanquetas y andan por la ciudad cometiendo desmanes. Los científicos se han ido al bar de al lado y se han pedido unas raciones. Se declara el estado de excepción.