viernes, 30 de noviembre de 2007

Estación término

Ya en el autobús, el chófer, conocido mío, me deja apearme en la puerta de la ferretería por la que hemos pasado gracias a varios oportunos desvíos motivados por causas de lo más variopintas.
Mientras bajo, me guiña un ojo y escucho como le dice a los demás pasajeros que se apeen, que no es posible llegar a la Estación de Autobuses.
Yo sé que ningún chófer quiere ir a la Estación de Autobuses que, con los años, se ha convertido en un tétrico edificio muy frecuentado por los dibujos de las series de terror (Drácula, Hombre Lobo, fantasmas de Scooby Doo, Caperucita Roja y demás cuadrilla), por lo que bajan a sus pasajeros dónde mejor les pilla.
Al parecer, nuestros dirigentes no desean que vengan visitantes a Dibuciudad y por eso mantienen el edificio en esas condiciones para que la primera impresión que se lleven no les invite a bajar del autobús.
Por fin en la ferretería, muestro el mango roto del grifo y pregunto por la pieza. Pese a tener en la fachada un cartel con la marca de mi grifo, me enseñan 32 piezas diferentes de las cuales ninguna vale para mi caso. Ante esta tesitura, me ofrecen un grifo entero, nuevo e igual que el mío, por 80 dibueuros. Insisto en comprar sólo la pieza que se ha roto y me sacan el catálogo para mirar el precio. La pieza rota (que es un 12 % aproximado del total del grifo) vale 75 dibueuros y la tienen que traer desde no sé dónde, tardando siete días. Aunque sé que me están tomando el pelo, insisto en comprar la pieza de 75 dibueuros pues me parece que la tomadura de pelo (y de billetes) es 5 dibueuros menor. ¡Y pensar que antes con un trocito de goma o un poco de estopa estaban arreglados!
Además, compro una pieza que haga de tapón, mientras viene la que necesito, por la que pago 20 dibueuros.
Reconozco que me irrita bastante tirar cosas que pueden repararse porque al fabricante se le antoja que cada una sus piezas vale más que la unidad completa (¿nadie vigila esto?). Los productos deberían incluir en la etiqueta, además de su precio, el precio por piezas para que podamos hacernos una idea de si son productos Kleenex o de verdad.
Orgulloso de mi decisión y tarareando una canción, abandono la ferretería y encamino mis pasos a la plaza.
Allí se juntaban los jubilados de la ciudad a charlar mientras repartían bolas de anís a los niños que pasaban, pero esa costumbre se ha perdido. Ahora la ocupan los coches, tumbados al sol, tostándose en cómodas hamacas durante seis o siete horas, mientras esperan que sus dueños salgan del trabajo.
Por esta causa, es imposible ir a la plaza en coche salvo que quieras volver a casa para aparcarlo lo cual, bien mirado, aunque parece fomentar el ejercicio, en realidad aumenta las emisiones de CO2 y los atascos.
No sería mala idea que entre todos los que aparcan su coche allí toda la mañana, a falta de mejor solución de transporte público, que a tenor de las pruebas debe ser científicamente imposible, pagaran a escote un autobús que los recogiera en casa, uno a uno, y los llevara de vuelta el final de la jornada. Sería más barato, dejarían la plaza libre y no correrían el riesgo de que sus coches sufrieran daños o una insolación en la calle. O puede que un transporte público eficaz y alguna disuasión, como prohibir, a base de caponazos, circular en coche por el centro de la ciudad, resolvieran el problema de todos y mejoraran notablemente los ingresos de los vendedores de bicicletas y mobilettes de la localidad que andan muy achuchados.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Los del departamento de informática les están montando los ordenadores y la red güifi y los han desalojado para que sus gritos no interfieran con las ondas hertzianas. Los astrólogos sostienen que las interferencias provienen de la conjunción de Venus con Saturno en el cuadrante de Afrodita. La discusión sigue subiendo de tono. Afrodita ha llamado para pedir que a ella la dejen tranquila, que está haciendo una sesión de fotos para Play Boy y no quiere líos. Mazinger Z ha mandado una nota manifestando su malestar por la mención de su chica Afrodita en un trabajo científico de tan poco fuste.

Se hace camino al rodar

En Mundodibú ocurre que cuando un peatón camina por la calzada -siempre que sea sin intención de ir a la otra acera- sufre cambios en su anatomía que le transforman, no sin dolor, en un vehículo. Por tanto, en cuanto pongo un pie en el asfalto me transformo en una furgoneta que al costado lleva impreso “Construcciones Hermanos Quiralte, alicatamos por detrás y por delante”. Desconozco qué mecanismo decide en qué coche nos transformamos pero les aseguro que cada vez es en uno diferente y que la metamorfosis es total.
Emprendo la marcha y rompo un palier en una zanja mal terminada de acometida de agua. Con un palier menos y un ruido más, reviento una rueda en otra zanja mal terminada de acometida de alcantarillado. Al intentar evitar una tercera zanja, rompo mi espejo contra un camión de reparto de bebidas aparcado en triple fila.
Cuando me detengo para comprobar los desperfectos viene un guardia y, tras saludar amistosamente al del camión, me multa por no llevar bombillas de repuesto, ignorando por completo mi espejo roto y la rueda pinchada. No digo nada para no aumentar la multa.
Seis metros más adelante, espero durante 15 minutos a que el conductor del coche que va delante del mí termine de hablar con el conductor del coche que va en sentido contrario y que ha parado para saludarle y discutir el partido de fútbol del pasado domingo.
Resignado, espero.
Finalmente acometo la calle principal.
Me desvían a la izquierda por obras.
Tomo la primera a la derecha para dirigirme a mi destino. A mitad de la calle, sale un señor de un camión de mudanzas y se pone en medio de la calle indicándome que dé la vuelta mientras, de frente a mí y en dirección prohibida, aparece un camión gigantesco con una hormigonera en las costillas.
Marcha atrás, vuelvo a intentarlo por la siguiente a la derecha.
Me he metido en una calle de colegio. Es como cuando en el Monopoli te sale la cárcel. Siete manos sin jugar.
Cuando los niños del colegio están saliendo al recreo se deshace el atasco y puedo seguir.
Me desvían a la derecha por obras.
Me desvían a la izquierda por atasco en el mercadillo.
Me toca detrás de un camión de autoescuela. Me encomiendo al santo Job.
Doy una vuelta completa a la manzana pues todas las calles que me encuentro son prohibidas o dirección obligatoria.
Semáforo roto. Pongo el despertador para dentro de 90 minutos y duermo una siesta.
Me desvío a la derecha por encontrar un camión de reparto parado, sin conductor, en medio de la calle y, para mi sorpresa, me encuentro en Dibuciudad-vecina.
Me subo a la acera. Me transformo en humano y tomo un autobús de vuelta a Dibuciudad, aprovechando para curar mi pié, rodilla y oreja (recuerden... rueda, palier y espejo).

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Otra vez en la “Pausa café”.

Caminante, no hay camino

Sin que se me pase siquiera por la cabeza llamar a un profesional (la última vez que llamé a uno no se había inventado la televisión en color y todavía no ha podido venir), corro a la ferretería a por el mando del grifo. Tras un corto trecho y al observar actitudes extrañas en los transeúntes, caigo en la cuenta de que con las prisas he salido desnudo. Sí, ustedes ya habían caído pero, sentados en casa leyendo es fácil darse cuenta.
Azorado, vuelvo a casa andando despacio y saludando a todo el mundo para disimular. No relato el trance con detalle pues rememorarlo se me hace extremadamente penoso.
Vuelta a empezar. En casa otra vez. Me pongo una camiseta que lleva un anuncio impreso del tamaño de toda la pechera (cuando la compré en el mercadillo ya lo llevaba), un pantalón en el que la etiqueta se ve desde dos leguas y unas deportivas que no sólo llevan anuncio sino que además van gritando el nombre del fabricante a intervalos regulares de 6 pasos. ¡Qué quieren!, es la última moda de Mundodibú y no encuentro otras prendas en ninguna parte.
Les he girado, a 30, 60 y 90, unas letras a los fabricantes de las prendas por mi contribución a la publicidad de sus productos que incluye el coste total de la prenda (¡no voy a pagar yo el anuncio!) más un cargo por cada impacto publicitario que consigo (esto último es el número de personas que me ven a lo largo del día). Si se avienen a pagarme me servirá de complemento a mi pensión.
Ya con más calma -y decoro- me encamino a la ferretería.
Cuando intento cruzar la primera calle, tengo que subirme al techo del coche que hay aparcado, justo en el paso de peatones, para poder pasar.
Al otro lado de la calzada, para no pisar el charco que se hizo un día de lluvia hace tres meses y que a estas alturas alberga todo un ecosistema de fauna y flora, me meto en un contenedor de basura y remo con las manos hasta llegar a la orilla.
Con un hábil regate, esquivo una mierda de perro, con el infortunio de caer de cabeza en la hormigonera de una constructora que está en mitad de la acera.
Vuelvo al charco de antes y me doy un chapuzón en él para quitarme el hormigón adquiriendo con ello un delicado olor a pocillo, complementado con otros matices aromáticos, además de la enemistad de un pato que nadaba justo por donde me zambullo.
Retomo mi camino, pero ahora por la calzada pues he concluido que, siendo que los coches siempre tienen preferencia, encontraré menos obstáculos.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Se les ha podido localizar y reunir pero se ha retomado la discusión de ayer sobre las ciencias adivinatorias. El grupo de física alega que ellos calculan y predicen, pero que eso no es adivinar, y por ello no se les debe confundir con los astrólogos y demás gentuza. La discusión, a causa del desafortunado apelativo, ha subido notablemente de tono.

Amanece, que no es poco.

Esta mañana no he amanecido muy descansado. Anoche, para reducir los ruidos de las máquinas de la obra, que no cumplieron el pacto de terminar a las 23:30, y mitigar el efecto deslumbrante de la farola de la calle, metí la cabeza en el cubo de la fregona y me acosté de esa guisa. Para mi desgracia, el cubo ha extrañado la almohada y el pobre no ha dejado de roncar y dar vueltas toda la noche.
Con los ojos como puños y legañas hasta en el ombligo, he pensado que una ducha me despejaría un poco.
He abierto el grifo de la ducha del que, tras expulsar aire y tierra como siempre, ha empezado a salir el acostumbrado liquido color café con leche. Como ayer pensé en sustituir la leche por ese líquido, he decidido ducharme con la boca abierta para tomar la ducha y el desayuno al mismo tiempo. Con esa idea y como soy un poco goloso me he puesto dos azucarillos en la boca.
He de reconocer que mi edad avanzada ha traído a mi vida nuevos desafíos que intento resolver como puedo. Entre ellos, mi vista ha supuesto no pocos problemas, alguno de ellos en la ducha. Por ejemplo, hace algunos meses, como reconozco que sin gafas veo menos que mi vecino Rompetechos, en lugar de usar el gel de baño tomé, por error, la crema anticelulítica de mi señora que, tras fuertes comezones y una intensa sensación de calor por todo mi cuerpo, me provocó una terrible irritación de la piel y un precioso color gamba cocida, admiración de todos mis amigos que pensaron que había pasado el fin de semana en una playa del Caribe, extremo que no desmentí.
En otra ocasión me lavé la cabeza con la crema hidratante, provocando que mi calva se poblara de un nutrido grupo de moscas pegadas que, asemejando una poblada melena, cubrieron mi bruñida calva y me otorgaron un aspecto mucho más juvenil.
Por todo esto, tomar una ducha se convierte en todo un proceso de organización y preparación, que comienza por una cuidada selección de los botes que deberé usar antes de quitarme las gafas para sumergirme bajo el agua. Seguramente el inventor del Cilit Bang sufrió una experiencia parecida a la mía.
Por fin en la bañera. Tras unos cortos 50 minutos, desnudo, ajustando entre tiritones la temperatura del agua, por fin me ha parecido que estaba bien y me he puesto bajo la ducha. Para ello he tenido que salir de bañera y subirme al inodoro.
No, no es que yo sea idiota y no sepa usar la ducha, es que mi ducha, como todas según he podido constatar, lanza el agua por dónde y a dónde se le antoja, con independencia de dónde tenga los agujeros y de hacia dónde se la oriente.
Justo cuando empezaba a enjabonarme se ha iniciado lo que yo llamo la jota del agua. En Dibuciudad es un fenómeno que se produce siempre que estás en la ducha, consistente en subidas y bajadas de presión que se alternan y combinan con bruscas subidas y bajadas de la temperatura del agua.
Por su causa, enjabonado y sin apenas visión, se ejercita una danza en la que cuando la presión baja, te bajas del inodoro para ir al lavabo, que es dónde viene a caer. Luego, cuando sube, trepas otra vez al inodoro en su búsqueda, todo ello con paso vacilante, acompañado de graciosos braceos para mantener el equilibrio en el suelo encharcado, sumado al lógico bamboleo de mi prominente barriga y mis fláccidos músculos (cosas de la edad).
El movimiento es mucho más difícil cuando sube o baja la temperatura ya que, si es muy caliente o muy fría, hay que alejarse del chorro y sólo cuando es media te puedes poner debajo. ¡Y no digamos cuando los cambios de presión y temperatura coinciden! Nunca me he quejado por esto ya que lo tomo como una clase matutina y gratuita de aerobic.
Habría escapado bien, sólo dos magulladuras y un cardenal en la rodilla, si no llega a ser por un movimiento mal sincronizado al intentar beber el agua para desayunar cuando acababa de subir la temperatura, lo que ha dado como consecuencia mi lengua escaldada para dos semanas y la expulsión de los azucarillos por mis orejas.
Para remate, al cerrar el grifo me he quedado con el mando en la mano y he tenido que cerrar el agua de toda la vivienda.
Bien, mis planes no incluían para hoy el ejercicio de la profesión de fontanero pero está claro que tengo que resolver el problema con urgencia.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sucede que, por el acaloramiento de las discusiones de ayer, olvidaron quedar para hoy. La secretaria, a la que todos le han dado su teléfono “para lo que surja”, está intentando localizarles.