martes, 22 de enero de 2008

¡Tierra a la vista!

Me aburro.
Como conducir todos juntitos a la misma velocidad en autovía es muy, muy tedioso, el cerebro, díscolo, dedica el tiempo a otras actividades. Por más que me esfuerzo, no lo puedo evitar.
He dedicado un rato a limpiar el coche por dentro. Luego, he repasado las instrucciones de la radio. Es nueva y creo que jamás seré capaz de usarla -¡quiero una con un botón para las emisoras y otro para el volumen!, ¡y ya!-. Más tarde, aprovechando una recta larguísima, he dedicado un rato a pintar un óleo con un precioso motivo y he terminado la declaración de IRPF.
Estaba contando las colillas del cenicero cuando, por el rabillo del ojo, me he percatado de que el número de señales de tráfico aumentaba progresivamente.
Cual gaviotas en lontananza, es signo inequívoco de que me acerco a mi destino. En muy poca distancia, la densidad de señales aumenta de tal modo que es imposible ver el paisaje.
Otro de los efectos de la edad que he descubierto, es la merma de mi capacidad para discriminar lo que me interesa de entre un volumen muy alto de información.
Un claro ejemplo es lo que me pasa con las señales de tráfico. La verdad es que no consigo distinguir ninguna de entre todas las que veo por lo que, el día menos pensado, me voy a dar un buen mamporro.
Por ejemplo, en nuestro mundo, circulando por una autovía, cuando se aproxima una curva que hay que tomar a velocidad más moderada que la del límite genérico -digamos a unos 120 km/h sin problemas- es normal encontrar:
-Un cartel luminoso que pone “reduzca la velocidad”. Resultado: toque ligero al pedal de freno.
-Otro que dice “velocidad controlada por radar”. Resultado: frenazo brusco.
-Justo en el soporte del anterior, atornillada, una señal de prohibido circular a más de 100. Resultado: se aparta la vista de la carretera para ver el velocímetro.
- Cinco metros más allá, una que indica velocidad máxima 80. Resultado: la vista permanece en el velocímetro que es dónde tiene que estar.
- Otra, tan cercana que parece que está escondida detrás de la primera, que es la señal de curva peligrosa. Resultado: como estoy mirando el velocímetro, no la he visto.
- A corta distancia, una con unas flechas luminosas que parece indicar que te salgas de la carretera. Resultado: Duda existencial.
- Una, tamaño doble, que te recuerda que la velocidad máxima es 60 Km/h. Resultado: ¡Que mires el velocímetro, leñe!
- Un pelín más adelante, pintado en el asfalto, un texto que dice “aúpa Bahamontes”. Resultado: añoranza de años mejores.
Entre todas las anteriores, como espolvoreadas, una que prohíbe adelantar a los camiones, otra de peligro por cruce de animales, un coche radar de la policía (acompañado por un nutrido grupo de ciudadanos prestos a gozar del tercio de banderillas), una de ráfagas de viento intermitentes, otra de precaución por obras que se dejaron olvidada al hacer la carretera y, para terminar, un señor vendiendo melones.
No suele ser raro encontrar, además, que la calzada está pintada de blanco y de amarillo y que cada pintura indica algo diferente. Resultado: conducción titubeante, con bandazos motivados por la indecisión.
Aparte de que, seguramente, ninguna está justificada salvo la de curva peligrosa -y la mayoría de veces, tampoco-, intentar procesar esta cantidad inútil de información de golpe, me lleva a descuidar por completo si el conductor de delante acaba de parar a comprar melones, elevándose exponencialmente el riesgo de colisión.
Durante un tiempo, paraba en el arcén y caminando, con mi libreta de muelle de toda la vida y un boli, hacía un croquis para, tras un estudio detenido de la cuestión y ayudado por un sextante, una esfera terrestre, tres mapas de carreteras, un paralex y un astrolabio, decidir las acciones a emprender.
La solución no era muy eficaz (consumía cantidades ingentes de papel, bolígrafos y tiempo) por lo que hube de meditar otra vez sobre el asunto.
Finalmente me he percatado de que aunque mis ojos vean, mi cerebro, lo quiera yo o no, interpreta. Es decir, haya las que haya, mi viejo cerebro ignora las señales y hace su propia evaluación de la situación y riesgo. La prueba está en que ignora la señal de la curva porque ya ve la curva, la de límite de velocidad porque sabe si hay que reducir y cuánto, las demás porque no van con él y, para concluir, da prioridad a trazar la curva correctamente y a lo que hacen los demás conductores sobre todas las señales que haya. Resultado: multas a mogollón.
Las veces que, por afán de cumplir la norma, mi parte consciente ha intentado actuar conforme a las señales, mi subconsciente se ha puesto a lanzar alarmas de peligro por todos lados, reclamando el control inmediato de la situación. Cosas de dibujos... ya ven.
Mi impresión de que estoy cerca se confirma por la algarabía que se organiza de repente. Como en los aledaños de Dibumadrid los coches se ven muy a menudo, por coincidencia de trayectos y atascos recurrentes, en poco tiempo se conocen, saludan y charlan entre ellos. Son un poco escandalosos pues su fonética se limita al uso del claxon que hacen sonar con tesón aprovechando la más mínima parada.
La impresión torna en certeza al toparme con una retención de 12 kilómetros.
Algunos grupos de conductores han sacado unas mesas y banquetas portátiles y están jugando al mus. Otros se han puesto el chándal y están haciendo la tabla de aerobic en la calzada. Una señora confecciona un jersey de punto mientras regaña a los niños para que no se suban en el capó del coche vecino. Muchos conductores, puede que al borde de la locura, hablan solos haciendo aspavientos, dentro de sus coches, como si realmente tuvieran interlocutor. Están locos estos dibumadrileños...
Siempre me ha admirado que en esta ciudad se consiga sacar adelante algún trabajo. Por ejemplo, si tienen que llamar al electricista para cambiar un enchufe en casa, la reparación les debe costar un congo pues, entre ir y venir, el electricista empleará todo el día, almuerzo incluido. Y como no lleve el enchufe con él... ¡Oh cielos... qué horror!
Aprovecho la parada para despedirme de mis compañeros de viaje e intercambiar teléfonos. Ya de paso, reviso los niveles de aceite y agua de mi coche y la presión de aire de las ruedas por el tradicional método de propinar una patada en los neumáticos.
Ahora que caigo, para transportar hasta aquí los 320 kilos que pesaremos entre los cuatro conductores, nos hemos traído unos 5.500 kilos de coches. Parece un despilfarro. Tengo que estudiar la idea de hacer coches con chasis de bambú y carrocería de papel aluminio. Seguro que gastamos menos combustible y, como tal estructura apenas transmite sensación de seguridad, seremos menos propensos a pisar el acelerador.
Ya se mueve esto otra vez. Tengo que entrar en la ciudad.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ante tanto desmán, la autoridad gubernativa ha vuelto a intervenir. El edificio ha sido tomado por las fuerzas del orden público que se han comido todos los “croasan” sin rechistar.