sábado, 19 de enero de 2008

¡Pillado!

Aquí me tienen, descoyuntado, dolorido, febril y acongojado. La noche ha sido de escándalo, eterna y llena de sobresaltos. Como no podía ser de otro modo, la he pillado. Tengo la gripe.
Ahora que lo pienso, era obligado. En estas fechas (justo cuando el jodido virus sale de paseo), salir a la calle, de rebajas, a temperaturas bajo cero, alternándolas con los 30 grados que hay en los establecimientos, donde compartimos miasmas con tropecientos dibuseñores/as mientras, inconscientemente, nos intercambiamos la ropa entre todos en los probadores, garantiza, sin lugar a dudas, pillar un virus robusto y profesional, curtido en las lides de un buen montón de sistemas inmunológicos.
El mio se llama Torcuato y, a razón del fiebrón que tengo, está de barbacoa por mis entretelas.
Aporto una idea sobre salud pública: cambiar las rebajas a febrero o marzo. Ahora que caigo, las rebajas coinciden con las pagas extras. Bien, cámbiense las pagas extras a febrero o marzo.
Con la edad, la gripe se convierte en una enfermedad de cuidado, de palabras mayores, vamos. Por si fuera poco, el virus de la puñeta, con el paso de los años, ha aprendido latín. La cosa ya no se conforma con cursar con dolores, tos y fiebre. A sus armas tradicionales ha añadido nuevo arsenal de ataque a las tripas e intestinos que nos abren, inmisericordemente, los orificios superiores e inferiores, destruyendo nuestra maltrecha dignidad.
En fin, que nos deja hechos un pingajo. ¡Oh cielos... qué horror!
No cabe más que la resignación y así estaba yo, resignado a pasar una semana en la cama, cuando mi señora (aprovecho, nobleza obliga, para decir que tiene ganado el cielo conmigo) se ha percatado de que es un momento idóneo, a causa de mi inmovilidad e indefensión, para hacer una limpieza de prendas de mi armario. ¡Me ha pillado!
Sea. No tengo escapatoria y me veo obligado al repaso de mi vestuario y a despedirme (seguro que en algo tendré que ceder) de alguna de mis prendas más queridas.
Ya comenté que, de un tiempo acá, es muy difícil encontrar prendas que no me conviertan en un anuncio andante. Como esto me saca de quicio, mi apego a mis prendas antiguas -ya de por sí, alto- se acrecienta aún más.
Tengo un subconsciente muy rebelde (y nacionalista, es decir, con poca representación en el arco parlamentario pero con mucho poder y propenso a salirse de madre), por lo que mi cabeza se refugia en reflexiones sobre la moda.
Ignoro las razones o los extraños vericuetos de la mente pero, a la vista de una blanca camisa vieja que me muestra mi mujer y que me resisto a tirar, un carrusel de imágenes distorsionadas asalta mi memoria visual:
-Me veo vestido con camisa ceñida de múltiples colores chillones y pantalones azul brillante de campana (llevo tupé a lo Travolta... horroroso).
-Ahora visto con americana blanca, con inmensas hombreras y bordados dorados, camisa con puntillas y puñetas y calzando botas de montar blancas (en las manos muevo abanicos desplegados con intención de volar). No, no veo mis pantalones. Las visiones son así.
-Siguiente imagen: camisa de pana, jersey de punto gordo, inmenso, hasta las rodillas y vaqueros rotos. Calzo zapatillas “La cadena” o “John Smith” (del bolsillo me sobresale un manojo de marihuana y tengo los ojos algo vidriosos).
-Camisa blanca, jersey de cuello de pico atado a la cintura, vaqueros “de marca”, mocasines “castellanos” con borlas o herrajes (me llamo Borja y he gastado el bote entero de gomina).
-Camisa blanca con corbata (negra con nudo minúsculo), traje negro con solapas muy estrechas y, en general, muy arrugado. Calzado negro puntiagudo “pinchaglobos” o deportivas (raro espécimen de los 80).
-De deporte, camiseta blanco nieve, de algodón, muy ceñidita, pantalones azules de algodón, pequeñitos, desgastados y un poco volanderos de pernera, calcetines blancos y zapatillas azules “La cadena” (el profesor de Gimnasia y Espíritu Nacional me pega con la cadena del silbato en las canillas).
-De niño, camisa como brillante, con farol en los hombros, pantalones bermudas, estrechos, hasta las rodillas, calcetines largos oscuros y zapatos de charol (incorporo ingentes boceras de caramelo por toda la cara).
-Blusa de seda, floreada, leotardos, minifalda y zapatos de tacón (era carnaval, ¿vale?).
-Imagen de un niño, sin gusto ni criterio, vistiendo a millones de muñecos, iguales, a su antojo, cada vez con cosas diferentes, como sin acertar la combinación adecuada, mezclando una y otra vez las diferentes prendas, con rabietas cada vez que no acierta.
No me negarán que lo de la moda es muy interesante. Un señor, o un grupo de ellos, deciden cómo vamos a vestir todos la temporada siguiente y nos lo hacen saber en las pasarelas.
Como, pese a sus históricos y probados desvaríos, les damos mucho crédito, todos desechamos nuestro vestuario anterior (y nuestra inversión) y corremos raudos a las tiendas a comprar el tipo de prenda que nos han dictado (en color, forma, tamaño y combinación).
Muy modernos, vestimos masivamente sus colores con sus uniformes, presumiendo de estar muy “a la moda” (como un ejercito o equipo de fútbol, vamos). Esto, que no dice nada de nuestro criterio estético -a lo sumo que no tenemos uno propio-, nos hincha de orgullo (presumimos y nos lucimos delante de los demás dibujos) lo que ayuda a los diseñadores a vender sus productos y acrecentar su fama, mientras los fabricantes vuelven a fabricar y vender las mismas prendas que el año anterior ya nos vendieron.
¡Venga! ¡A esquilar ovejas, cultivar algodón y criar gusanos de seda!
Por cierto, ¿sabían que el poliester (el 30% de los tejidos de sus prendas, más o menos) se obtiene por esterificación del ácido ftálico con un alcohol polihidroxilado? Más claro: de los dinosaurios. ¡Hay que ver el provecho que le sacamos a esos bichos! ¡Más que a los gorrinos!
Que la moda pretérita era estéticamente ridícula lo evidencia la risa y la vergüenza -propia y ajena- con que vemos las fotos de etapas anteriores. El David de Miguel Ángel, la catedral de Burgos, la rendición de Breda, el Guernica de Picasso, por citar algunos, acreditan su belleza y la calidad de sus autores, entre otras razones, por la superación del tiempo. Si la moda de años anteriores ya no nos vale y nos provoca hilaridad es que entonces, y ahora y por todos los tiempos, no era un acierto estético, es decir, los que la diseñaron no tienen buen gusto (o nos toman el pelo).
No me da la gana obedecer el criterio estético de unos pocos, por más fama que tengan, y selecciono prendas en función de su comodidad, utilidad, precio y discreción procurando, además, que no estén demasiado a la moda. He descubierto que de este modo nunca desentono demasiado, no siento vergüenza de las fotos y mi gasto en este capítulo se reduce considerablemente. No obstante, para compensar a los diseñadores y fabricantes por su esfuerzo y no ser tachado de antisocial, siempre les mando una felicitación por navidad.
Por si fuera poco, adoro la ropa vieja. Me gusta que las etiquetas no arañen, que tenga aprendida la forma de mi cuerpo (me aburre explicársela a las prendas nuevas, de talante usualmente rebelde) y como, en general, me gustaba cuando la compré, me sigue gustando aunque este año se lleve vestir de camuflaje, chillón o con anuncios como ahora.
!Uf¡. Se ha terminado la limpieza de armario. He tenido que ceder en desechar una camisa, dos camisetas y unos calzoncillos. He conseguido salvar un par de pantalones de pana apelando a que los compré el día que conocí a mi mujer.
Voy a dormir que, como habrán podido intuir, estoy un poco empanao y febril. Lo superaré.
Hasta dentro de 7 días, 5 cajas de aspirinas, 21 ponches calientes y 12 litros de sudor.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ha vuelto a pasar la secretaria y se han vuelto a enzarzar en la disquisición sobre su cuerpo serrano. Al menos la discusión sobre las ciencias adivinatorias se ha finalizado. Algún avispado ha cambiado los carteles indicadores de las oficinas y los astrólogos, quirománticos y adivinadores se han perdido por el edificio.

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