Pocos kilómetros más adelante ya he trabado amistad con mis vecinos de carretera.
El conductor del Ferrari es un agricultor (uno de los osos montañeros) que, tras divorciarse de su mujer, pidió un crédito hipotecario a 35 años y se compró el coche en el que vive y además utiliza para las faenas agrícolas. Lo ha decorado él mismo con unos arados y otros aperos y le ha quedado monísimo.
El todoterreno es propiedad de una señora que lo usa para recoger los niños del colegio e ir al supermercado a hacer la compra. Nunca lo ha usado en el campo pues es alérgica al polen y al polvo. Me ha enseñado algunas fotos de sus hijos (muy guapos) y otra de su marido al que, al parecer, ve poco pues trabaja constantemente para pagar el coche y su consumo (o eso dice).
El del Rolls Royce es un chaval joven que trabaja de fontanero. Lo compró para poder llevar con comodidad y espacio la herramienta y los materiales que necesita.
¡Vaya por Dios! Me acaban de dar unas ganas tremendas de hacer aguas menores y necesito parar con urgencia.
Esto suele ser un problema serio. Con el diseño de carreteras que tenemos y la normativa de circulación vigente, es muy difícil detenerse para esta finalidad. Antes era muy fácil. Te orillabas en el primer camino que encontraras y listo. Pero ahora...
Como la carretera está vallada, llevo 35 kilómetros buscando una salida que me permita acallar los berridos de mi vejiga y próstata sin éxito. No soy muy exigente, no necesito un bar de carretera, me vale un camino cualquiera, el que sea.
¡Por fin! Cuando empezaba a desesperar y estaba pensando en hacérmelo encima, encuentro una salida de gasolinera y me tiro de cabeza a ella.
Al entrar en la salida, un cartel que reza “¡ATENCIÓN! Bandas sonoras” me advierte de que hay contaminación acústica por la de “Jesucristo Superstar”.
Voy haciendo tanta fuerza para aguantar que me ha saltado la hernia, el braguero y el botón del cuello de la camisa.
-Freno.
-Paro el motor.
-Quito las llaves.
-Me desato del cinturón de seguridad.
-Pongo el freno de mano.
-Engrano la primera velocidad.
-Me pongo el chaleco reflectante.
-Apago el móvil.
-Apago la radio.
-Quito el seguro de la puerta.
-Me aseguro de que no viene nadie por mi lado.
-Abro la puerta.
-Me bajo del coche.
-Casi no puedo moverme. Le hago señas, encogido, tocándome las partes pudendas, al señor de la gasolinera, que está parapetado en un bunker de cristal, para que me facilite las llaves de los aseos.
-¿Lleno?, me pregunta, mientras me tiende las llaves.
-¡Hasta la boca!, le grito.
-Doy dos vueltas a la gasolinera buscando la puerta de los aseos.
-Encontrada. Con pulso tembloroso, abro la puerta.
-Bajo la bragueta... no llego, no llego...
-No consigo alcanzar el urinario. No llego, no llego. Me meo, no sin dolor, en el suelo. Aaaaaaah.....
¡Qué le vamos a hacer! A la vista del estado general, no he sido el primero ni seré el último.
Veo una pegatina que nos recuerda que debemos ser limpios en el uso de los aseos. Sin comentarios.
Mi tensión arterial ha bajado y mi pulso se ha normalizado.
Salgo del aseo, cierro de llave y, tras pagar al señor por llenarme el depósito (1'3 litros), retomo mi camino.
Me reincorporo a la carretera, justo delante de la señora del todoterreno que me hace un hueco. Al parecer, una paloma se ha meado en la carretera, a la altura de Perpignan, y hay algunas retenciones por su causa.
Ya se mueve. Sigo mi camino.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Como venían calientes de la discusión metafísica, en la “Pausa café” se ha liado otra bronca por el estado elástico de los “croasan” y la tibieza del café con leche.
El conductor del Ferrari es un agricultor (uno de los osos montañeros) que, tras divorciarse de su mujer, pidió un crédito hipotecario a 35 años y se compró el coche en el que vive y además utiliza para las faenas agrícolas. Lo ha decorado él mismo con unos arados y otros aperos y le ha quedado monísimo.
El todoterreno es propiedad de una señora que lo usa para recoger los niños del colegio e ir al supermercado a hacer la compra. Nunca lo ha usado en el campo pues es alérgica al polen y al polvo. Me ha enseñado algunas fotos de sus hijos (muy guapos) y otra de su marido al que, al parecer, ve poco pues trabaja constantemente para pagar el coche y su consumo (o eso dice).
El del Rolls Royce es un chaval joven que trabaja de fontanero. Lo compró para poder llevar con comodidad y espacio la herramienta y los materiales que necesita.
¡Vaya por Dios! Me acaban de dar unas ganas tremendas de hacer aguas menores y necesito parar con urgencia.
Esto suele ser un problema serio. Con el diseño de carreteras que tenemos y la normativa de circulación vigente, es muy difícil detenerse para esta finalidad. Antes era muy fácil. Te orillabas en el primer camino que encontraras y listo. Pero ahora...
Como la carretera está vallada, llevo 35 kilómetros buscando una salida que me permita acallar los berridos de mi vejiga y próstata sin éxito. No soy muy exigente, no necesito un bar de carretera, me vale un camino cualquiera, el que sea.
¡Por fin! Cuando empezaba a desesperar y estaba pensando en hacérmelo encima, encuentro una salida de gasolinera y me tiro de cabeza a ella.
Al entrar en la salida, un cartel que reza “¡ATENCIÓN! Bandas sonoras” me advierte de que hay contaminación acústica por la de “Jesucristo Superstar”.
Voy haciendo tanta fuerza para aguantar que me ha saltado la hernia, el braguero y el botón del cuello de la camisa.
-Freno.
-Paro el motor.
-Quito las llaves.
-Me desato del cinturón de seguridad.
-Pongo el freno de mano.
-Engrano la primera velocidad.
-Me pongo el chaleco reflectante.
-Apago el móvil.
-Apago la radio.
-Quito el seguro de la puerta.
-Me aseguro de que no viene nadie por mi lado.
-Abro la puerta.
-Me bajo del coche.
-Casi no puedo moverme. Le hago señas, encogido, tocándome las partes pudendas, al señor de la gasolinera, que está parapetado en un bunker de cristal, para que me facilite las llaves de los aseos.
-¿Lleno?, me pregunta, mientras me tiende las llaves.
-¡Hasta la boca!, le grito.
-Doy dos vueltas a la gasolinera buscando la puerta de los aseos.
-Encontrada. Con pulso tembloroso, abro la puerta.
-Bajo la bragueta... no llego, no llego...
-No consigo alcanzar el urinario. No llego, no llego. Me meo, no sin dolor, en el suelo. Aaaaaaah.....
¡Qué le vamos a hacer! A la vista del estado general, no he sido el primero ni seré el último.
Veo una pegatina que nos recuerda que debemos ser limpios en el uso de los aseos. Sin comentarios.
Mi tensión arterial ha bajado y mi pulso se ha normalizado.
Salgo del aseo, cierro de llave y, tras pagar al señor por llenarme el depósito (1'3 litros), retomo mi camino.
Me reincorporo a la carretera, justo delante de la señora del todoterreno que me hace un hueco. Al parecer, una paloma se ha meado en la carretera, a la altura de Perpignan, y hay algunas retenciones por su causa.
Ya se mueve. Sigo mi camino.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Como venían calientes de la discusión metafísica, en la “Pausa café” se ha liado otra bronca por el estado elástico de los “croasan” y la tibieza del café con leche.
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