Esta mañana no he amanecido muy descansado. Anoche, para reducir los ruidos de las máquinas de la obra, que no cumplieron el pacto de terminar a las 23:30, y mitigar el efecto deslumbrante de la farola de la calle, metí la cabeza en el cubo de la fregona y me acosté de esa guisa. Para mi desgracia, el cubo ha extrañado la almohada y el pobre no ha dejado de roncar y dar vueltas toda la noche.
Con los ojos como puños y legañas hasta en el ombligo, he pensado que una ducha me despejaría un poco.
He abierto el grifo de la ducha del que, tras expulsar aire y tierra como siempre, ha empezado a salir el acostumbrado liquido color café con leche. Como ayer pensé en sustituir la leche por ese líquido, he decidido ducharme con la boca abierta para tomar la ducha y el desayuno al mismo tiempo. Con esa idea y como soy un poco goloso me he puesto dos azucarillos en la boca.
He de reconocer que mi edad avanzada ha traído a mi vida nuevos desafíos que intento resolver como puedo. Entre ellos, mi vista ha supuesto no pocos problemas, alguno de ellos en la ducha. Por ejemplo, hace algunos meses, como reconozco que sin gafas veo menos que mi vecino Rompetechos, en lugar de usar el gel de baño tomé, por error, la crema anticelulítica de mi señora que, tras fuertes comezones y una intensa sensación de calor por todo mi cuerpo, me provocó una terrible irritación de la piel y un precioso color gamba cocida, admiración de todos mis amigos que pensaron que había pasado el fin de semana en una playa del Caribe, extremo que no desmentí.
En otra ocasión me lavé la cabeza con la crema hidratante, provocando que mi calva se poblara de un nutrido grupo de moscas pegadas que, asemejando una poblada melena, cubrieron mi bruñida calva y me otorgaron un aspecto mucho más juvenil.
Por todo esto, tomar una ducha se convierte en todo un proceso de organización y preparación, que comienza por una cuidada selección de los botes que deberé usar antes de quitarme las gafas para sumergirme bajo el agua. Seguramente el inventor del Cilit Bang sufrió una experiencia parecida a la mía.
Por fin en la bañera. Tras unos cortos 50 minutos, desnudo, ajustando entre tiritones la temperatura del agua, por fin me ha parecido que estaba bien y me he puesto bajo la ducha. Para ello he tenido que salir de bañera y subirme al inodoro.
No, no es que yo sea idiota y no sepa usar la ducha, es que mi ducha, como todas según he podido constatar, lanza el agua por dónde y a dónde se le antoja, con independencia de dónde tenga los agujeros y de hacia dónde se la oriente.
Justo cuando empezaba a enjabonarme se ha iniciado lo que yo llamo la jota del agua. En Dibuciudad es un fenómeno que se produce siempre que estás en la ducha, consistente en subidas y bajadas de presión que se alternan y combinan con bruscas subidas y bajadas de la temperatura del agua.
Por su causa, enjabonado y sin apenas visión, se ejercita una danza en la que cuando la presión baja, te bajas del inodoro para ir al lavabo, que es dónde viene a caer. Luego, cuando sube, trepas otra vez al inodoro en su búsqueda, todo ello con paso vacilante, acompañado de graciosos braceos para mantener el equilibrio en el suelo encharcado, sumado al lógico bamboleo de mi prominente barriga y mis fláccidos músculos (cosas de la edad).
El movimiento es mucho más difícil cuando sube o baja la temperatura ya que, si es muy caliente o muy fría, hay que alejarse del chorro y sólo cuando es media te puedes poner debajo. ¡Y no digamos cuando los cambios de presión y temperatura coinciden! Nunca me he quejado por esto ya que lo tomo como una clase matutina y gratuita de aerobic.
Habría escapado bien, sólo dos magulladuras y un cardenal en la rodilla, si no llega a ser por un movimiento mal sincronizado al intentar beber el agua para desayunar cuando acababa de subir la temperatura, lo que ha dado como consecuencia mi lengua escaldada para dos semanas y la expulsión de los azucarillos por mis orejas.
Para remate, al cerrar el grifo me he quedado con el mando en la mano y he tenido que cerrar el agua de toda la vivienda.
Bien, mis planes no incluían para hoy el ejercicio de la profesión de fontanero pero está claro que tengo que resolver el problema con urgencia.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sucede que, por el acaloramiento de las discusiones de ayer, olvidaron quedar para hoy. La secretaria, a la que todos le han dado su teléfono “para lo que surja”, está intentando localizarles.
Con los ojos como puños y legañas hasta en el ombligo, he pensado que una ducha me despejaría un poco.
He abierto el grifo de la ducha del que, tras expulsar aire y tierra como siempre, ha empezado a salir el acostumbrado liquido color café con leche. Como ayer pensé en sustituir la leche por ese líquido, he decidido ducharme con la boca abierta para tomar la ducha y el desayuno al mismo tiempo. Con esa idea y como soy un poco goloso me he puesto dos azucarillos en la boca.
He de reconocer que mi edad avanzada ha traído a mi vida nuevos desafíos que intento resolver como puedo. Entre ellos, mi vista ha supuesto no pocos problemas, alguno de ellos en la ducha. Por ejemplo, hace algunos meses, como reconozco que sin gafas veo menos que mi vecino Rompetechos, en lugar de usar el gel de baño tomé, por error, la crema anticelulítica de mi señora que, tras fuertes comezones y una intensa sensación de calor por todo mi cuerpo, me provocó una terrible irritación de la piel y un precioso color gamba cocida, admiración de todos mis amigos que pensaron que había pasado el fin de semana en una playa del Caribe, extremo que no desmentí.
En otra ocasión me lavé la cabeza con la crema hidratante, provocando que mi calva se poblara de un nutrido grupo de moscas pegadas que, asemejando una poblada melena, cubrieron mi bruñida calva y me otorgaron un aspecto mucho más juvenil.
Por todo esto, tomar una ducha se convierte en todo un proceso de organización y preparación, que comienza por una cuidada selección de los botes que deberé usar antes de quitarme las gafas para sumergirme bajo el agua. Seguramente el inventor del Cilit Bang sufrió una experiencia parecida a la mía.
Por fin en la bañera. Tras unos cortos 50 minutos, desnudo, ajustando entre tiritones la temperatura del agua, por fin me ha parecido que estaba bien y me he puesto bajo la ducha. Para ello he tenido que salir de bañera y subirme al inodoro.
No, no es que yo sea idiota y no sepa usar la ducha, es que mi ducha, como todas según he podido constatar, lanza el agua por dónde y a dónde se le antoja, con independencia de dónde tenga los agujeros y de hacia dónde se la oriente.
Justo cuando empezaba a enjabonarme se ha iniciado lo que yo llamo la jota del agua. En Dibuciudad es un fenómeno que se produce siempre que estás en la ducha, consistente en subidas y bajadas de presión que se alternan y combinan con bruscas subidas y bajadas de la temperatura del agua.
Por su causa, enjabonado y sin apenas visión, se ejercita una danza en la que cuando la presión baja, te bajas del inodoro para ir al lavabo, que es dónde viene a caer. Luego, cuando sube, trepas otra vez al inodoro en su búsqueda, todo ello con paso vacilante, acompañado de graciosos braceos para mantener el equilibrio en el suelo encharcado, sumado al lógico bamboleo de mi prominente barriga y mis fláccidos músculos (cosas de la edad).
El movimiento es mucho más difícil cuando sube o baja la temperatura ya que, si es muy caliente o muy fría, hay que alejarse del chorro y sólo cuando es media te puedes poner debajo. ¡Y no digamos cuando los cambios de presión y temperatura coinciden! Nunca me he quejado por esto ya que lo tomo como una clase matutina y gratuita de aerobic.
Habría escapado bien, sólo dos magulladuras y un cardenal en la rodilla, si no llega a ser por un movimiento mal sincronizado al intentar beber el agua para desayunar cuando acababa de subir la temperatura, lo que ha dado como consecuencia mi lengua escaldada para dos semanas y la expulsión de los azucarillos por mis orejas.
Para remate, al cerrar el grifo me he quedado con el mando en la mano y he tenido que cerrar el agua de toda la vivienda.
Bien, mis planes no incluían para hoy el ejercicio de la profesión de fontanero pero está claro que tengo que resolver el problema con urgencia.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sucede que, por el acaloramiento de las discusiones de ayer, olvidaron quedar para hoy. La secretaria, a la que todos le han dado su teléfono “para lo que surja”, está intentando localizarles.
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