Sin que se me pase siquiera por la cabeza llamar a un profesional (la última vez que llamé a uno no se había inventado la televisión en color y todavía no ha podido venir), corro a la ferretería a por el mando del grifo. Tras un corto trecho y al observar actitudes extrañas en los transeúntes, caigo en la cuenta de que con las prisas he salido desnudo. Sí, ustedes ya habían caído pero, sentados en casa leyendo es fácil darse cuenta.
Azorado, vuelvo a casa andando despacio y saludando a todo el mundo para disimular. No relato el trance con detalle pues rememorarlo se me hace extremadamente penoso.
Vuelta a empezar. En casa otra vez. Me pongo una camiseta que lleva un anuncio impreso del tamaño de toda la pechera (cuando la compré en el mercadillo ya lo llevaba), un pantalón en el que la etiqueta se ve desde dos leguas y unas deportivas que no sólo llevan anuncio sino que además van gritando el nombre del fabricante a intervalos regulares de 6 pasos. ¡Qué quieren!, es la última moda de Mundodibú y no encuentro otras prendas en ninguna parte.
Les he girado, a 30, 60 y 90, unas letras a los fabricantes de las prendas por mi contribución a la publicidad de sus productos que incluye el coste total de la prenda (¡no voy a pagar yo el anuncio!) más un cargo por cada impacto publicitario que consigo (esto último es el número de personas que me ven a lo largo del día). Si se avienen a pagarme me servirá de complemento a mi pensión.
Ya con más calma -y decoro- me encamino a la ferretería.
Cuando intento cruzar la primera calle, tengo que subirme al techo del coche que hay aparcado, justo en el paso de peatones, para poder pasar.
Al otro lado de la calzada, para no pisar el charco que se hizo un día de lluvia hace tres meses y que a estas alturas alberga todo un ecosistema de fauna y flora, me meto en un contenedor de basura y remo con las manos hasta llegar a la orilla.
Con un hábil regate, esquivo una mierda de perro, con el infortunio de caer de cabeza en la hormigonera de una constructora que está en mitad de la acera.
Vuelvo al charco de antes y me doy un chapuzón en él para quitarme el hormigón adquiriendo con ello un delicado olor a pocillo, complementado con otros matices aromáticos, además de la enemistad de un pato que nadaba justo por donde me zambullo.
Retomo mi camino, pero ahora por la calzada pues he concluido que, siendo que los coches siempre tienen preferencia, encontraré menos obstáculos.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Se les ha podido localizar y reunir pero se ha retomado la discusión de ayer sobre las ciencias adivinatorias. El grupo de física alega que ellos calculan y predicen, pero que eso no es adivinar, y por ello no se les debe confundir con los astrólogos y demás gentuza. La discusión, a causa del desafortunado apelativo, ha subido notablemente de tono.
Azorado, vuelvo a casa andando despacio y saludando a todo el mundo para disimular. No relato el trance con detalle pues rememorarlo se me hace extremadamente penoso.
Vuelta a empezar. En casa otra vez. Me pongo una camiseta que lleva un anuncio impreso del tamaño de toda la pechera (cuando la compré en el mercadillo ya lo llevaba), un pantalón en el que la etiqueta se ve desde dos leguas y unas deportivas que no sólo llevan anuncio sino que además van gritando el nombre del fabricante a intervalos regulares de 6 pasos. ¡Qué quieren!, es la última moda de Mundodibú y no encuentro otras prendas en ninguna parte.
Les he girado, a 30, 60 y 90, unas letras a los fabricantes de las prendas por mi contribución a la publicidad de sus productos que incluye el coste total de la prenda (¡no voy a pagar yo el anuncio!) más un cargo por cada impacto publicitario que consigo (esto último es el número de personas que me ven a lo largo del día). Si se avienen a pagarme me servirá de complemento a mi pensión.
Ya con más calma -y decoro- me encamino a la ferretería.
Cuando intento cruzar la primera calle, tengo que subirme al techo del coche que hay aparcado, justo en el paso de peatones, para poder pasar.
Al otro lado de la calzada, para no pisar el charco que se hizo un día de lluvia hace tres meses y que a estas alturas alberga todo un ecosistema de fauna y flora, me meto en un contenedor de basura y remo con las manos hasta llegar a la orilla.
Con un hábil regate, esquivo una mierda de perro, con el infortunio de caer de cabeza en la hormigonera de una constructora que está en mitad de la acera.
Vuelvo al charco de antes y me doy un chapuzón en él para quitarme el hormigón adquiriendo con ello un delicado olor a pocillo, complementado con otros matices aromáticos, además de la enemistad de un pato que nadaba justo por donde me zambullo.
Retomo mi camino, pero ahora por la calzada pues he concluido que, siendo que los coches siempre tienen preferencia, encontraré menos obstáculos.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Se les ha podido localizar y reunir pero se ha retomado la discusión de ayer sobre las ciencias adivinatorias. El grupo de física alega que ellos calculan y predicen, pero que eso no es adivinar, y por ello no se les debe confundir con los astrólogos y demás gentuza. La discusión, a causa del desafortunado apelativo, ha subido notablemente de tono.
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