Mi intención era dormir un rato la siesta pero, ni la comida ni el ruido de la calle y de las obras me invitan a ello, por lo que opto por sentarme un rato a ver la tele.
Me he sentado en mi sofá -es el trigésimo noveno que gasto (eso sí, de diseño) después del que compré al casarme, ¡en gloria esté!, que duró 30 años y tiré casi nuevo por parecerme anticuado- y he empezado el estudio detallado de los diversos mandos a distancia que hay sobre mi mesa.
Tras doce pruebas con ellos, mis logros son:
1-Cambio del canal del vídeo.
2-Sorprendentes cabriolas del coche teledirigido que mi nieto dejó en mi casa.
3-Que el deuvedé abra la bandeja de los cedés.
4-Sintonizar una curiosa emisora de radio cuyo locutor debe ser arameo -o tener un defecto en la boca- pues no entiendo nada de lo que dice y pronuncia sonidos para los que no hay letras en mi idioma.
5-Aire acondicionado a tope de frío (pese a que no tengo tal aparato en casa).
5 bis-Perro del vecino corriendo calle alante por lo que pienso que debo haber pulsado algún botón equivocado y he abierto la puerta de su cochera.
6- Apagón generalizado de 4 horas en Dibucataluña y de 3 días en Dibucastelldefels.
Vencido por la tecnología y al borde de la depresión me he levantado del sillón (que, por cierto, ha hecho un ruido raro y me temo que tendré que volver a cambiar, previo permiso del director de mi banco) y he encendido la tele del botón, como toda la vida.
He podido ver el telediario, del que siempre me sorprende que dedique el mismo tiempo a todas las noticias de todos los temas del mundo que a la liga nacional de fútbol.
Comprendo que la programación debe repartir el tiempo entre asuntos, de forma proporcional a la contribución de cada uno a la producción nacional y su efecto y repercusión en la vida de los ciudadanos (lo que explica de forma sobrada el tiempo que dedican al fútbol) pero, de verdad, creo que esa proporcionalidad debería ponderarse en favor de asuntos que, aunque de menor peso, podía ser interesante promover y aclarar -además de formar e informar a los ciudadanos en ellos con seriedad y objetividad- como la física, economía, medicina y, no sé, tantas otras cosas de menor importancia y repercusión en el día a día y futuro de los televidentes.
Por si alguno duda del peso productivo y aportación del fútbol, considérese que un futbolista gana al año más que todos los médicos juntos de un hospital pequeño (más de 100 médicos), o que 230 maestros, 300 policías u ochenta fontaneros, por ejemplo. El presupuesto de uno sólo de los equipos grandes de fútbol equivale al sueldo de 4,434 médicos que, a razón de unos 414 médicos por 100.000 habitantes, daría para más de un millón de habitantes . No está mal, ¿no? ¡Ah!, y hay 20 equipos en la primera división de la liga.
En todo caso, con el paso del tiempo, he descubierto que la liga de fútbol es la única información que coincide entre los telediarios de las diferentes cadenas, por lo que he deducido que cada cadena de televisión es de un planeta diferente, aunque la liga se juega entre equipos de todos los mundos.
Luego, ha salido el señor del tiempo, que lleva meses intentando convencernos de que los cambios de tiempo de 4 bajo cero a 30 grados en seis horas y viceversa, las nevadas inesperadas, los aluviones y que las plantas florezcan en Enero y pierdan la hoja en Mayo es muy normal. Mi memoria se revela ante sus argumentos por lo que, desde hace semanas, mientras él habla yo canto la canción esa de Machín que dice:
Tus mentiras
han hecho que ya no te quiera
tus mentiras
destruyen mi ilusión primera
Por fin ha empezado el programa principal de la televisión que, como todo el mundo sabe, son los anuncios. Por si hay quién lo dude, basta comprobar su peso y extensión en la programación o su volumen sonoro comparado con el resto de programas, por no mencionar el cuidado, mimo y meticulosidad con el que se elaboran y se programa su emisión. De hecho, debido a mi incipiente sordera, es casi lo único que consigo escuchar de toda la programación que emiten.
He permanecido durante 45 minutos ininterrumpidos muy entretenido mirando spots de la más diversa índole, hasta que han cortado para poner una estupidez, en la que unos cuantos individuos, con sobrada y reconocida capacidad para juzgar a los demás (... y basándose en amplios estudios científicos y estadísticos perfectamente documentados) criticaban, daban consejos y exponían a gritos las intimidades de otros señores que salían en vídeos y que no estaban presentes, empleando para ello, con quirúrgica precisión, una selecta colección de calificativos.
Como el espacio me ha parecido confuso, un punto insustancial y me incomoda pensar que aquellos de los que estaban hablando, casi seguro, no querrían que yo me enterara de sus vidas, he cambiado de canal a otro en el que hubiera anuncios (me he levantado para darle al botón intentando no volver a afectar mi estado psicológico con los mandos a distancia) que es lo que a mí me gusta.
Número de intentos para conseguir ver anuncios: 0 (los han vuelto a poner antes de que yo llegara al televisor).
Me gustan los anuncios, pues no deja de sorprenderme que consigan vender tantos productos con ellos. A mi modesto entender, el asunto merecería un estudio sociológico en profundidad.
Anuncio 1: Señora hablando de las maravillas de una cacerola.
Conclusión de anuncio 1: Para usar tal cacerola hay que tener una cocina impecable, sin estrenar, estar vestido de punta en blanco -como para ir de boda-, con el ojo pintado, maquillaje y peluquería perfectos y unos tacones de vértigo. Yo jamás he visto a nadie cocinando de tal guisa, por lo que deduzco que esa cacerola la usa muy poca gente.
Anuncio 2: Un señor conduciendo un coche mientras saca la mano por la ventanilla y hace olas con ella. Se me antoja que, seguramente, sea un peligro soltar el volante y que si un insecto se le estampa contra la mano debe ser muy doloroso.
Conclusión anuncio 2: No debo comprar un coche que hay que conducir haciendo el payaso de ese modo y en el que, aquellos que te vean, pensarán que eres un ídem.
Anuncio 3: Anuncio de refresco con señores y señoras que salen bailando y dando saltos.
Conclusión anuncio 3: En estas condiciones, es indudable que necesitan refrescos (y puede que algún medicamento complementario después..., o incluso antes) y me parece agotador tener que dar esos saltos para consumir el producto.
No me negarán que es divertido ver anuncios. A mí suele llevarme a interesantes reflexiones sobre el género dibuhumano y nuestra claridad de pensamiento. Pero claro, todo esto es en el loco Mundodibú (¡oh cielos... qué horror!) y doy por sentado que en su mundo será completamente diferente.
Entre nosotros, debo reconocer que hay otros espacios que me gustan. El problema es que los dan a altas horas de la noche.
Hay uno de libros, que ponían a las 2:30 de la madrugada, al que un día de insomnio se me ocurrió llamar por teléfono. Sugerí al presentador que pidiera a los demás espectadores que le llamaran para charlar. Lo hizo y no llamó nadie por lo que, en directo y entre los dos -se lo juro-, quedamos en que no volvería a hacer el programa y en juntarnos ambos para hablar de libros a horas más prudentes. De esta relación ha surgido una gran amistad. Esto para los que dicen que la televisión es poco menos que un trasto inútil y dañino para la mente.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Al igual que yo, se han ido a comer.
Me he sentado en mi sofá -es el trigésimo noveno que gasto (eso sí, de diseño) después del que compré al casarme, ¡en gloria esté!, que duró 30 años y tiré casi nuevo por parecerme anticuado- y he empezado el estudio detallado de los diversos mandos a distancia que hay sobre mi mesa.
Tras doce pruebas con ellos, mis logros son:
1-Cambio del canal del vídeo.
2-Sorprendentes cabriolas del coche teledirigido que mi nieto dejó en mi casa.
3-Que el deuvedé abra la bandeja de los cedés.
4-Sintonizar una curiosa emisora de radio cuyo locutor debe ser arameo -o tener un defecto en la boca- pues no entiendo nada de lo que dice y pronuncia sonidos para los que no hay letras en mi idioma.
5-Aire acondicionado a tope de frío (pese a que no tengo tal aparato en casa).
5 bis-Perro del vecino corriendo calle alante por lo que pienso que debo haber pulsado algún botón equivocado y he abierto la puerta de su cochera.
6- Apagón generalizado de 4 horas en Dibucataluña y de 3 días en Dibucastelldefels.
Vencido por la tecnología y al borde de la depresión me he levantado del sillón (que, por cierto, ha hecho un ruido raro y me temo que tendré que volver a cambiar, previo permiso del director de mi banco) y he encendido la tele del botón, como toda la vida.
He podido ver el telediario, del que siempre me sorprende que dedique el mismo tiempo a todas las noticias de todos los temas del mundo que a la liga nacional de fútbol.
Comprendo que la programación debe repartir el tiempo entre asuntos, de forma proporcional a la contribución de cada uno a la producción nacional y su efecto y repercusión en la vida de los ciudadanos (lo que explica de forma sobrada el tiempo que dedican al fútbol) pero, de verdad, creo que esa proporcionalidad debería ponderarse en favor de asuntos que, aunque de menor peso, podía ser interesante promover y aclarar -además de formar e informar a los ciudadanos en ellos con seriedad y objetividad- como la física, economía, medicina y, no sé, tantas otras cosas de menor importancia y repercusión en el día a día y futuro de los televidentes.
Por si alguno duda del peso productivo y aportación del fútbol, considérese que un futbolista gana al año más que todos los médicos juntos de un hospital pequeño (más de 100 médicos), o que 230 maestros, 300 policías u ochenta fontaneros, por ejemplo. El presupuesto de uno sólo de los equipos grandes de fútbol equivale al sueldo de 4,434 médicos que, a razón de unos 414 médicos por 100.000 habitantes, daría para más de un millón de habitantes . No está mal, ¿no? ¡Ah!, y hay 20 equipos en la primera división de la liga.
En todo caso, con el paso del tiempo, he descubierto que la liga de fútbol es la única información que coincide entre los telediarios de las diferentes cadenas, por lo que he deducido que cada cadena de televisión es de un planeta diferente, aunque la liga se juega entre equipos de todos los mundos.
Luego, ha salido el señor del tiempo, que lleva meses intentando convencernos de que los cambios de tiempo de 4 bajo cero a 30 grados en seis horas y viceversa, las nevadas inesperadas, los aluviones y que las plantas florezcan en Enero y pierdan la hoja en Mayo es muy normal. Mi memoria se revela ante sus argumentos por lo que, desde hace semanas, mientras él habla yo canto la canción esa de Machín que dice:
Tus mentiras
han hecho que ya no te quiera
tus mentiras
destruyen mi ilusión primera
Por fin ha empezado el programa principal de la televisión que, como todo el mundo sabe, son los anuncios. Por si hay quién lo dude, basta comprobar su peso y extensión en la programación o su volumen sonoro comparado con el resto de programas, por no mencionar el cuidado, mimo y meticulosidad con el que se elaboran y se programa su emisión. De hecho, debido a mi incipiente sordera, es casi lo único que consigo escuchar de toda la programación que emiten.
He permanecido durante 45 minutos ininterrumpidos muy entretenido mirando spots de la más diversa índole, hasta que han cortado para poner una estupidez, en la que unos cuantos individuos, con sobrada y reconocida capacidad para juzgar a los demás (... y basándose en amplios estudios científicos y estadísticos perfectamente documentados) criticaban, daban consejos y exponían a gritos las intimidades de otros señores que salían en vídeos y que no estaban presentes, empleando para ello, con quirúrgica precisión, una selecta colección de calificativos.
Como el espacio me ha parecido confuso, un punto insustancial y me incomoda pensar que aquellos de los que estaban hablando, casi seguro, no querrían que yo me enterara de sus vidas, he cambiado de canal a otro en el que hubiera anuncios (me he levantado para darle al botón intentando no volver a afectar mi estado psicológico con los mandos a distancia) que es lo que a mí me gusta.
Número de intentos para conseguir ver anuncios: 0 (los han vuelto a poner antes de que yo llegara al televisor).
Me gustan los anuncios, pues no deja de sorprenderme que consigan vender tantos productos con ellos. A mi modesto entender, el asunto merecería un estudio sociológico en profundidad.
Anuncio 1: Señora hablando de las maravillas de una cacerola.
Conclusión de anuncio 1: Para usar tal cacerola hay que tener una cocina impecable, sin estrenar, estar vestido de punta en blanco -como para ir de boda-, con el ojo pintado, maquillaje y peluquería perfectos y unos tacones de vértigo. Yo jamás he visto a nadie cocinando de tal guisa, por lo que deduzco que esa cacerola la usa muy poca gente.
Anuncio 2: Un señor conduciendo un coche mientras saca la mano por la ventanilla y hace olas con ella. Se me antoja que, seguramente, sea un peligro soltar el volante y que si un insecto se le estampa contra la mano debe ser muy doloroso.
Conclusión anuncio 2: No debo comprar un coche que hay que conducir haciendo el payaso de ese modo y en el que, aquellos que te vean, pensarán que eres un ídem.
Anuncio 3: Anuncio de refresco con señores y señoras que salen bailando y dando saltos.
Conclusión anuncio 3: En estas condiciones, es indudable que necesitan refrescos (y puede que algún medicamento complementario después..., o incluso antes) y me parece agotador tener que dar esos saltos para consumir el producto.
No me negarán que es divertido ver anuncios. A mí suele llevarme a interesantes reflexiones sobre el género dibuhumano y nuestra claridad de pensamiento. Pero claro, todo esto es en el loco Mundodibú (¡oh cielos... qué horror!) y doy por sentado que en su mundo será completamente diferente.
Entre nosotros, debo reconocer que hay otros espacios que me gustan. El problema es que los dan a altas horas de la noche.
Hay uno de libros, que ponían a las 2:30 de la madrugada, al que un día de insomnio se me ocurrió llamar por teléfono. Sugerí al presentador que pidiera a los demás espectadores que le llamaran para charlar. Lo hizo y no llamó nadie por lo que, en directo y entre los dos -se lo juro-, quedamos en que no volvería a hacer el programa y en juntarnos ambos para hablar de libros a horas más prudentes. De esta relación ha surgido una gran amistad. Esto para los que dicen que la televisión es poco menos que un trasto inútil y dañino para la mente.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Al igual que yo, se han ido a comer.
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