Como decía, acodados en la barra saboreando una Mirinda de naranja (Fanta antecesor) por barba, hemos pasado un rato charlando de lo divino y lo humano (¡hasta de la mili de alguno hemos hablado!) y, como no olvido mi propósito de estudiar la situación de la vivienda, he sacado la conversación.
Un amigo, algo más joven que yo, que no se ha dedicado a coleccionar pisos en los últimos años, relató, alentado por mi proposición, las penurias de un hijo suyo para encontrar vivienda. Es toda una odisea al más puro estilo de la vivida por Ulises.
El chaval en cuestión (tiene 34 años y está animado a abandonar la casa de sus padres, extremo que los tiene desconcertados) inició su periplo de la forma más lógica, preguntando por pisos nuevos.
El chico, que, por cierto, hizo un magnífico papel en el personaje de Kalimero en una antigua serie de dibujos (un pollito negro con medio cascarón a modo de sombrero), visitó un edificio en construcción y preguntó por la fecha de finalización de la obra para ir a comprar uno cuando estuvieran terminados.
En la oficina (consistente en un señor con casco junto a una hormigonera en mitad de la calle) le informaron de que si esperaba a la finalización de la obra no habría ninguno libre, resaltándole que, según creían, ya en este momento estaban todos vendidos.
Sorprendido por tal información, que contrastaba frontalmente con lo que dicen en la tele de que no se compre sobre plano, hizo múltiples visitas a diversas obras con la misma pregunta obteniendo en todas ellas el mismo resultado.
Con un ligero desaliento, comentó el caso a algún amigote que, amablemente, le ofreció un piso de un edificio, todavía en construcción, por un 40% más de lo que había pagado él, asegurándole que era una ocasión única.
Como parecía que los pisos, lejos de comprarse ya construidos, había que comprarlos en el momento de su concepción (digamos, en la noche de bodas), tomó nota del teléfono que aparecía en los carteles de algunas casas viejas anunciando la próxima construcción de viviendas.
Con una homogeneidad apabullante obtuvo la misma respuesta en todos los casos: La obra se iniciará cuando todos los pisos estén vendidos, nunca antes, usted puede hacer una reserva por el 10% del precio final, que no podemos asegurarle que sea el precio final definitivo, y le podemos enseñar un plano con su distribución para que se haga una idea de a lo que pueden parecerse cuando terminemos, más o menos... aunque no se lo aseguramos.
Nuestro protagonista nunca ha sido muy creyente y tenía dificultades para hacer un acto de fe de tal calibre (¡y de tan alto coste!) respaldado sólo en una voz telefónica o en un señor con casco, aunque tuviera hormigonera.
A todo ello se unía un precio que, en dibupesetas (antigua moneda de la que ya hablaremos), tenía más números que un DNI chino y quedaba absolutamente fuera de su alcance.
Convencido de que este no era el camino, inició su exploración sobre la posibilidad de hacerse una casita él mismo. Pensó, no sin esfuerzo pero con buen criterio, que lo primero de todo era buscar y comprar suelo. Le pareció tarea fácil pues había leído que en Dibuciudad había no sé cuantos miles de metros de suelo urbano libre.
En su primera gestión consultó precios en las afueras de la ciudad, en la que hay una calle de 3 o cuatro mil metros de larga con los dos lados sin construir. Para su sorpresa, comprobó que toda la longitud de la calle era de tan sólo dos o tres empresas (dueñas, efectivamente, de miles de metros de terreno) que pedían una auténtica barbaridad por el metro de suelo. En ulteriores averiguaciones, comprobó que esas empresas no sólo eran dueñas de la primera franja de terreno, sino de una profundidad que hacía muy dudoso que la ciudad fuera a crecer por ese costado salvo, claro está, a base de que los habitantes les entregaran su sangre (sin importar grupo ni RH) trabajando 35 años de su vida.
Desechado ese emplazamiento, comenzó su ronda por las agencias inmobiliarias en busca de casas para derruir o solares en venta. Atónito ante el hecho de que casi todas las agencias le ofrecían los mismos tres o cuatro solares, que daban la sensación de ser los únicos a la venta en la ciudad, comenzó a desanimarse al ver que los precios eran inalcanzables en cualquier sitio.
Estaba claro, había una manifiesta carencia de terreno para construir de verdad. Tuvo la ocurrencia, que prudentemente calló (el chaval es muy correcto), de que era raro que hubiera legislación para expropiar terrenos para carreteras y no la hubiera para facilitar suelo para vivienda, elemento esencial para que los ciudadanos puedan emanciparse y hacer vida independiente, e impedir así que unos cuantos desaprensivos se aprovecharan de todos los demás habitantes. Les recuerdo que estamos hablando de eso de lo que se compone toda la zona del planeta sobre el que habita el ser humano y que no está cubierto por agua.
Un tertuliano, amante de la teoría de la conspiración, interrumpió el discurso arguyendo que las empresas dueñas de los terrenos eran, seguramente, propiedad de un país extranjero en el que se fabrican todos los coches de lujo del mundo. Con esta pérfida fórmula de dominación encubierta, vendiendo el suelo de Mundodibú a los mismísimos habitantes de Mundodibú, y haciendo que los gerentes de sus empresas -hombres de paja según él- compraran a montones los coches de lujo de su país, lograban que el producto del trabajo de los ciudadanos de Mundodibú -y su suelo-, fuera a parar a su país a través de los fabricantes de coches.
Ignorando tan absurda interrupción, el padre de Kalimero siguió relatando que su hijo, en la esperanza de que la construcción no fuera muy cara e intentando ganar tiempo para que apareciera un solar a precio medio lógico, comenzó las averiguaciones de trámites de obra y presupuestos.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ya han aparecido todos. El grupo de Astrología había encerrado a los físicos en un burdel y les estaban haciendo budú desde la puerta. Dos de los físicos no se reintegrarán al grupo pues han iniciado un estudio sobre el desafío de los pechos de las señoritas del local a la ley de la gravedad.
Un amigo, algo más joven que yo, que no se ha dedicado a coleccionar pisos en los últimos años, relató, alentado por mi proposición, las penurias de un hijo suyo para encontrar vivienda. Es toda una odisea al más puro estilo de la vivida por Ulises.
El chaval en cuestión (tiene 34 años y está animado a abandonar la casa de sus padres, extremo que los tiene desconcertados) inició su periplo de la forma más lógica, preguntando por pisos nuevos.
El chico, que, por cierto, hizo un magnífico papel en el personaje de Kalimero en una antigua serie de dibujos (un pollito negro con medio cascarón a modo de sombrero), visitó un edificio en construcción y preguntó por la fecha de finalización de la obra para ir a comprar uno cuando estuvieran terminados.
En la oficina (consistente en un señor con casco junto a una hormigonera en mitad de la calle) le informaron de que si esperaba a la finalización de la obra no habría ninguno libre, resaltándole que, según creían, ya en este momento estaban todos vendidos.
Sorprendido por tal información, que contrastaba frontalmente con lo que dicen en la tele de que no se compre sobre plano, hizo múltiples visitas a diversas obras con la misma pregunta obteniendo en todas ellas el mismo resultado.
Con un ligero desaliento, comentó el caso a algún amigote que, amablemente, le ofreció un piso de un edificio, todavía en construcción, por un 40% más de lo que había pagado él, asegurándole que era una ocasión única.
Como parecía que los pisos, lejos de comprarse ya construidos, había que comprarlos en el momento de su concepción (digamos, en la noche de bodas), tomó nota del teléfono que aparecía en los carteles de algunas casas viejas anunciando la próxima construcción de viviendas.
Con una homogeneidad apabullante obtuvo la misma respuesta en todos los casos: La obra se iniciará cuando todos los pisos estén vendidos, nunca antes, usted puede hacer una reserva por el 10% del precio final, que no podemos asegurarle que sea el precio final definitivo, y le podemos enseñar un plano con su distribución para que se haga una idea de a lo que pueden parecerse cuando terminemos, más o menos... aunque no se lo aseguramos.
Nuestro protagonista nunca ha sido muy creyente y tenía dificultades para hacer un acto de fe de tal calibre (¡y de tan alto coste!) respaldado sólo en una voz telefónica o en un señor con casco, aunque tuviera hormigonera.
A todo ello se unía un precio que, en dibupesetas (antigua moneda de la que ya hablaremos), tenía más números que un DNI chino y quedaba absolutamente fuera de su alcance.
Convencido de que este no era el camino, inició su exploración sobre la posibilidad de hacerse una casita él mismo. Pensó, no sin esfuerzo pero con buen criterio, que lo primero de todo era buscar y comprar suelo. Le pareció tarea fácil pues había leído que en Dibuciudad había no sé cuantos miles de metros de suelo urbano libre.
En su primera gestión consultó precios en las afueras de la ciudad, en la que hay una calle de 3 o cuatro mil metros de larga con los dos lados sin construir. Para su sorpresa, comprobó que toda la longitud de la calle era de tan sólo dos o tres empresas (dueñas, efectivamente, de miles de metros de terreno) que pedían una auténtica barbaridad por el metro de suelo. En ulteriores averiguaciones, comprobó que esas empresas no sólo eran dueñas de la primera franja de terreno, sino de una profundidad que hacía muy dudoso que la ciudad fuera a crecer por ese costado salvo, claro está, a base de que los habitantes les entregaran su sangre (sin importar grupo ni RH) trabajando 35 años de su vida.
Desechado ese emplazamiento, comenzó su ronda por las agencias inmobiliarias en busca de casas para derruir o solares en venta. Atónito ante el hecho de que casi todas las agencias le ofrecían los mismos tres o cuatro solares, que daban la sensación de ser los únicos a la venta en la ciudad, comenzó a desanimarse al ver que los precios eran inalcanzables en cualquier sitio.
Estaba claro, había una manifiesta carencia de terreno para construir de verdad. Tuvo la ocurrencia, que prudentemente calló (el chaval es muy correcto), de que era raro que hubiera legislación para expropiar terrenos para carreteras y no la hubiera para facilitar suelo para vivienda, elemento esencial para que los ciudadanos puedan emanciparse y hacer vida independiente, e impedir así que unos cuantos desaprensivos se aprovecharan de todos los demás habitantes. Les recuerdo que estamos hablando de eso de lo que se compone toda la zona del planeta sobre el que habita el ser humano y que no está cubierto por agua.
Un tertuliano, amante de la teoría de la conspiración, interrumpió el discurso arguyendo que las empresas dueñas de los terrenos eran, seguramente, propiedad de un país extranjero en el que se fabrican todos los coches de lujo del mundo. Con esta pérfida fórmula de dominación encubierta, vendiendo el suelo de Mundodibú a los mismísimos habitantes de Mundodibú, y haciendo que los gerentes de sus empresas -hombres de paja según él- compraran a montones los coches de lujo de su país, lograban que el producto del trabajo de los ciudadanos de Mundodibú -y su suelo-, fuera a parar a su país a través de los fabricantes de coches.
Ignorando tan absurda interrupción, el padre de Kalimero siguió relatando que su hijo, en la esperanza de que la construcción no fuera muy cara e intentando ganar tiempo para que apareciera un solar a precio medio lógico, comenzó las averiguaciones de trámites de obra y presupuestos.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ya han aparecido todos. El grupo de Astrología había encerrado a los físicos en un burdel y les estaban haciendo budú desde la puerta. Dos de los físicos no se reintegrarán al grupo pues han iniciado un estudio sobre el desafío de los pechos de las señoritas del local a la ley de la gravedad.
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