jueves, 6 de diciembre de 2007

Cosas de jubilados

Hace una tarde estupenda y me parece buena idea acercarme al parque a dar un paseo y ver si encuentro algún amigo para charlar.
En Dibuciudad tenemos dos parques grandes y unos cuantos que son tan pequeños que más parecen macetas grandes y que no deberían llamarse parques. El que más me gusta es el que llamamos "Parque Viejo" que es el más moderno de los dos (nuestra lógica es así de aplastante). Cuando lo inauguraron era una delicia, con vegetación variada y muy bien dispuesta, estupendo mobiliario urbano y muy buena iluminación. Un par de quioscos, más el de música, junto con una ubicación privilegiada, permitían aventurar que sería un parque bullicioso y animado, lleno de parejas, niños y jubilados.
En la entrada al parque me encuentro un joven que me ofrece “una china”. No acertando a imaginar el producto y desagradándome su aspecto, el del joven, le digo que ya tengo una bastante molesta en el zapato y (por si acaso...) que soy un hombre casado.
Quince pasos más adelante otro joven me ofrece “caballo”. Dudando, otra vez, del objeto de la oferta, le contesto que no tengo cuadras para alojarlo y no me gusta de sabor. Sigo.
Tras otros cuatro pasos y un saltito, otro señor me ofrece “coca” y no sabiendo si es alicantina de mollitas o de otra variedad, le digo que no me gusta, que prefiero las tortas o los mojicones.
En mitad de unas pequeñas escaleras y ya pensando que puede que hayan mudado el Mercado a este parque, lo que explicaría su estado (del mercado y del parque), me asalta un subsahariano, en lamentable estado, para pedirme dinero por lo que le doy los 3 dibueuros que llevo recomendándole que los gaste con moderación.
Tras recorrer todo el parque sin encontrar ningún conocido, pero habiendo contemplado dos quioscos abandonados y llenos de pintadas, unos chiquillos rompiendo farolas a pedradas, trece perros sueltos de amo y de tripas, cinco motos circulando a todo palote entre los arbustos, y treinta y tres inmigrantes durmiendo en el suelo bajo improvisadas tiendas de campaña hechas con palos y una camisa, me vuelvo por otra calle para no padecer otra vez ese trayecto.
Estoy dudoso. Me apetece charlar un rato con los amigos pero no consigo adivinar qué lugar de reunión han escogido.
Me vienen a la memoria aquellas tardes de mi infancia apedreándonos con los de Dibuciudad-vecina, jugando a las bolas y pateando piedras en las eras. Con un impulso de profunda melancolía y sin conciencia de mi camino acabo en “la era de pan trillar”. Bueno, la era ya no está pero en un solar cercano, rodeado de preciosas construcciones de viviendas unifamiliares, casi todas ellas vacías, me topo con algunos de mis viejos amigos que juegan a la petanca. Está claro que somos dibujos de costumbres y que la cabra tira al monte.
Me sumo al juego, no sin antes anudar mi pañuelo y colocarlo en mi calva a modo de sombrero (ya no se ve gente de esa guisa y me resulta jocoso este juego de memoria), en el que, dada mi falta de experiencia y el sobresalto debido al ruido de un motor, le pego con la bola en el casco al duodécimo señor que pasa por el camino en unos trastos modernos de cuatro ruedas, que son como dos motos juntas o como un coche sin carrocería, es decir, que tienen todo lo malo de la moto y todo lo malo del coche, y que están muy de moda.
El señor, impertérrito, vuelve la cabeza pero no hace ademán de parar, por lo que le pongo un 10 al fabricante del casco y vuelvo al juego.
Lo hemos pasado muy bien. Lo bueno del juego son las fanfarronadas, bufonadas y palmadas. Ganar o perder es absolutamente secundario y así ha sido siempre. A nadie le importa un rábano el resultado del juego en nuestro mundo. Los gritos, las caras de cabrero, los malos gestos y los insultos no son otra cosa que el teatro que lo acompaña.
Como estamos mayores, hemos acordado terminar e ir al bar más cercano a tomar un refresco.
A estas horas la mayoría de los parroquianos de los bares no se acercan a la barra. En lugar de eso, se ponen de frente a unas máquinas -en las que salen peras, uvas y otros dibujos- a las que les echan monedas a raudales, como si de una hucha se tratara, para ver cambiar las figuritas. Es curioso pero esas maquinitas se afectan mucho por la soledad de modo que, cuando pasado un rato, no tienen a nadie delante, hacen sonar timbres, sirenas y música reclamando la atención de todos los presentes.
Las pobres, salvo a media tarde, rara vez lo consiguen pues, pese al estruendo que montan, no logran superar el ruido de los dos televisores del local (cada uno sintonizado en un canal diferente), la música del equipo estéreo surround de 5.000 watios con quince altavoces y la bulla de los clientes que hablan a gritos para poder entenderse sobre todos los demás ruidos ensordecedores.
Una consecuencia directa de este pandemónium, además de un alto consumo de líquidos en el fútil intento de aliviar la garganta del esfuerzo de proferir chillidos, es una creciente migraña que debe ser infecciosa pues se extiende con rapidez entre los presentes, los cuales, en un momento dado, abandonan el local para ir al de al lado en busca de un momento de relax en el trayecto de 4 metros que separa el uno del otro.
Ya en el bar nos hemos acomodado al fondo (ya se sabe, al fondo siempre hay sitio).
Esto me trae a la memoria que un conocido abrió hace unos años un bar y el proyectista le puso los servicios al fondo, a la izquierda. Los clientes, confundidos y desorientados, terminaban todos en el almacén del bar en el que, en cierta ocasión y según cuentan, se encontró un cliente que llevaba 2 semanas sobreviviendo a base de latas de aceitunas y botellines calientes.
El fracaso fue de tal calibre que tuvo que cerrar. Para su fortuna, le puso un pleito al proyectista y el juzgado falló a su favor. La sentencia, con absoluta contundencia y rigor, decía que es insólito y denota una inexcusable falta de responsabilidad hacer los servicios al fondo a la izquierda, cuando todo el mundo sabe que en los bares están al fondo a la derecha (lo que igualmente explica que al fondo siempre haya sitio).

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. En la visita turística se han perdido 16 científicos y no se han dado cuenta hasta 3 horas más tarde. Han localizado a 4 que estaban tranquilamente jugando al dominó en una tasca. Los demás siguen en paradero desconocido. Se ha dado parte a los servicios de seguridad.

No hay comentarios: