viernes, 25 de enero de 2008

De compras

A mi frigorífico le ha dado la risa cuando lo he abierto esta mañana. No me hace ninguna gracia pero no me queda más remedio. Hoy toca ir a comprar al Hiper.
Cuando los pusieron en funcionamiento, durante todo el tiempo que pude, intenté mi personal rebelión civil a esta fórmula de comercio. Tengo muchas razones para mi protesta. Detallo una como ejemplo: como son establecimientos nuevos, muy costosos, al pagar mis compras pagaré con ellas el edificio y sus instalaciones (que de las viejas tiendas ya estaban pagadas) por lo que los productos que compre, sin duda, serán más caros. ¡No creerán que la tienda la paga el dueño! Aquí se la pagamos los compradores, incluidos intereses, en cada compra que hacemos. Por esta razón es sencillo adivinar el nivel de la clavada viendo el lujo de la tienda, mármoles y demás (aunque los productos sean los mismos).
Desgraciadamente, los demás establecimientos fueron cerrando poco a poco (mutando en videoclubs, ya saben) y no me ha quedado más remedio que pasar por el aro.
Para empezar, tengo que mover el coche ¡con lo que me cuesta dejarlo aparcado! Mi propio coche tampoco es muy partidario de ir a estos sitios pues existe la leyenda urbana entre los de su especie de que en los parkings de estos establecimientos pulula un virus que, frecuentemente, les provoca abolladuras, arañazos y roturas de pilotos sin que se sepa muy bien la causa.
Tras la odisea de atravesar la ciudad para llegar hasta allí (que consume unos 50 minutos y una arroba de paciencia), consigo aparcar en la plaza 102 Z Naranja en la zona 3. Anoto la ubicación cual plano del tesoro y dejo un reguero de miguitas de pan en el suelo, mientras me encamino a la tienda, para no perderme en la vuelta al coche.
Cuando voy a coger un carrito, caigo en la cuenta de que no llevo la consabida moneda. Voy hasta la tienda para pedir cambio a una cajera.
Deambulo por el aparcamiento hasta encontrar la fila de carritos e inserto la moneda. Pese a mis tirones, el maldito trasto no se suelta.
Me destrozo la uña y me disloco el dedo intentando sacar la moneda.
Finalmente, consigo hacerme con él y, con el problema logístico resuelto, entro en la tienda.
En el momento de entrar, comienza a sonar un pitido insufrible y se me abalanza a las costillas un guardia de seguridad, en actitud amenazante, presto a cachearme. Consiento en desnudarme por piezas (no sé por qué pues no es agente de la autoridad aunque parece tener más potestades de un policía) e ir pasándolas por el arco de seguridad para ver qué es lo que produce el pitido. Afortunadamente es mi chaqueta (ya me veía en calzoncillos en mitad de la tienda) que guarda en una bolsa cerrada para evitar problemas similares a la salida. Me explica que seguramente tendrá algún chip en la etiqueta que olvidaron desactivar cuando la compré.
Me mosqueo. Nadie me había advertido de que en mi chaqueta portaba un chip localizador y vocinglero. Empieza a preocuparme esto del control.
Mi carrito, que tiene vida propia, se empeña en pasarme por las secciones de electrodomésticos, ferretería, artículos de jardín, complementos para el automóvil y lencería. Como me lo hace siempre, ya he desistido de imponer mi criterio y le dejo que haga lo que quiera. Su comportamiento es un claro ejemplo del principio de incertidumbre de Heisemberg:
¿Donde va?: ¡Y yo que sé!
¿A qué velocidad?: ¡Y a mí qué me cuenta!

Me dejo llevar.
En la pescadería están de oferta el Sinohydrosaurus lingyanensis salvaje del cretácico (en congelados) y la lubina cultivada de Nueva Zelanda (aquí al lado) en frescos. Mi nieto, que ya piensa que la carne se fabrica como las chuches y luego la venden en bolsas, creerá que la lubina se planta como los melones.
Ya saben que soy sistemático. Antes de venir he hecho mi lista de la compra por secciones.
Cuando el carrito gobierna pasar por la sección de droguería y perfumería recuerdo que tengo que comprar algunas cosas para la casa. Como suelo hacer, primero miro al suelo del principio del pasillo durante unos segundos. Luego, muy poco a poco, levanto los ojos hasta que el campo de visión permite ver todo el pasillo. La razón de este extraño comportamiento es que, si miro rápido, mi cerebro no es capaz de procesar tal cantidad de artículos y carteles. Adopté esta drástica medida cuando empecé a sentir aturdimiento, mareos y algún desvanecimiento al mirar desprevenidamente.
Debo aclarar que, en nuestro mundo, los carteles de ofertas sobresalen de las estanterías, agitando los brazos y señalando a los productos que, al tiempo, saltan en sus anaqueles. Algunos incluso dan gritos para llamar la atención de los desprevenidos compradores. Montan un jaleo informativo monumental.
Empleo unos quince minutos en procesar la parte general de la información y comienzo a recorrer el pasillo, mirando a la derecha, primero en un sentido y luego en el otro. Por fin encuentro la zona de jabón que buscaba. Calculo que, en tan corto trayecto, he recibido unos 230 impactos publicitarios de diversas marcas y unos 36 de ofertas de la semana. Algún cartel me ha tirado también de la nariz, debe ser una nueva treta publicitaria.
Tras unos minutos de esfuerzo para librarme del bombardeo de los anuncios, me centro en lo que yo busco.
Hay 37 clases de jabón, todas marca “La lagarterana feroz” (del propio supermercado) cuyos envases difieren en color, forma, etiquetado, virtudes y precio. Curiosamente, ninguna etiqueta menciona su capacidad de lavar aunque resaltan cualidades tales como su capacidad de producir efectos alucinógenos, mejoras intestinales, aroma de plantas exóticas y reinserción social en diversas tribus urbanas. Yo quiero uno que lave y no quiero pagar por otras cosas que no quiero. Como saben, es una manía que tengo.
Los precios son muy variables y es preciso hacer el doctorado universitario de “Comparador de precios de productos” para decidir.
Veamos: Un bote de 237 centilitros con una densidad de 1'6 a 0'9 atmósferas, en envase opaco, tono pastel, de sensual forma femenina, concentrado (¿de qué? ¿en sí mismo?), que vale 36 dibueuros, tiene de regalo de producto, en el mismo bote, un 20% (y por qué no un 93%, ¡lo ellos quieran decir!) y le es aplicable una oferta de la tienda del 10% o la de tres botes por dos, dependiendo de si, al tiempo, compras dos pares de calcetines.
¿Confuso? No lo vuelva a leer. No merece la pena.
¡Anda ya! ¡Que lo averigüe su madre!
Por fortuna, en el estante de abajo, tras dos paquetes de galletas y un señor acurrucado para que no lo encuentre su señora, localizo un bote que pone “jabón”, con la etiqueta semiborrada, y que, sin más zarandajas, vale la mitad que los demás.
No crean que ya está arreglado. La exposición pública de los productos plantea problemas de seguridad que no están del todo resueltos. Ahora tengo que verificar que la integridad del bote y su contenido no ha sido alterada. Cualquier señor o señora, de los miles que transitan la tienda, ha podido abrir el bote y vaciar la mitad, o rellenarlo con ¡vaya usted a saber qué! Como es opaco, no puedo ver el contenido y, aunque pudiera pesarlo, como no sé su peso específico, no podría saber si está lleno o tiene lo que dice tener. En cuanto a la integridad del cierre, tengo que abrirlo para verlo y, si lo abro y no me lo llevo, el siguiente comprador no sabrá si hay alteración o no, cosa que puede haber pasado antes y padecerla ahora yo en este envase. ¡Qué lío!
Trato de resolverlo preguntándole al bote y no me contesta.
Se me están hinchando las narices (a los dibujos nos pasa de verdad, no es una frase hecha). ¡Lo único que quiero es jabón!
He recordado que tengo en casa la receta para hacer jabón casero. Además es muy ecológica pues permite reutilizar el aceite usado.
¡Ahora sí está resuelto!
La transcribo aquí por si les es de utilidad:
-Tome un kilo de sosa y disuélvalo en 6 litros de agua, en un barreño de plástico mismo.
-Añada, poco a poco, 6 litros de aceite (tch, tch, colado, sin los restos de los fritos, genio) y dele vueltas con un palo.
-Remueva siempre en la misma dirección. Se irá espesando, como la mayonesa.
-El jabón está listo si sacamos el palo limpio, sin que le queden restos.
-Puede hacerse más rápido si lo hace en la lumbre. ¡Pero sin usar el barreño de plástico, hombre! (ni de estaño ni aluminio)
-Luego, vuelque el jabón en bandejas o algo así, espere uno o dos días y corte los trozos como los quiera de grandes.

¡Ya está!, jabón a mansalva para todo, por 4 dibueuros. ¡Que viva mi abuela!
Disculpen, ahora sigo, que me están llamando.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Aunque las cosas se han calmado y las aguas han vuelto a su cauce, hoy es “San Alberto Magno”, patrono de los científicos, festivo.

No hay comentarios: