domingo, 6 de enero de 2008

La gran mutación

Aterrado. Así me he quedado esta mañana cuando he visto en la tele, durante mi frugal colación matutina, 183 anuncios de colonias y perfumes entremezclados con 280 de juguetes y uno de un anunciante de detergentes, claramente más despistado que un choto en un submarino. Está claro, es evidente, la navidad se acerca inexorablemente. La Navidad ha llegado, la Navidad está aquí. El las próximas semanas todos recitaremos su escalofriante y diabólico son ceremonial en idioma arcano e incomprensible:

Güi güisiu ameri crismas,
güi güisiu ameri crismas,
güi güisiu ameri crismas,
anajapi niu yiiiii.

La primera alerta suele darla la televisión que, cual avanzado vigía, nos advierte, con unos tres meses de antelación, de que la fecha fatídica se nos viene encima.
El esfuerzo por conseguir que nos aprendamos de memoria las marcas de cientos de perfumes, de embelesante y sublime uso, que nos permiten saber a qué huelen los famosos que los anuncian (y así decidir si nos acercaremos a ellos si nos los encontramos -extremo improbable- o por cuál de los famosos nos cambiarían nuestras parejas -todos llevamos la colonia que nos compró nuestra pareja-), sumado a la lucha a brazo partido por lograr que los niños esquilmen los bolsillos de sus padres, a base de montones juguetes que jamás usarán, son signos inequívocos de que la fecha de la gran mutación se aproxima.
Como es lógico, a estos les siguen otros signos no menos evidentes. Por ejemplo, son las fechas en las que los ayuntamientos hacen su mayor esfuerzo por aleccionar a los ciudadanos dibujos sobre el ahorro de energía y el calentamiento global (calentamiento global... ¡Calentones, que sois unos calentones!), inundando las principales calles de la ciudad (las otras no, que, como saben, son las de los murciélagos) con miles de luces para dar ejemplo y recordar lo que no deberíamos hacer bajo ningún concepto. Por desgracia, esta campaña, pese a repetida por lustros, no parece surtir efecto y, a tenor de las pruebas, más parece animar al derroche y despilfarro.
A medida que la terrible quincena se acerca, los signos aumentan y se extienden por doquier. Así, (snif, snif... ¡oh cielos, que horror!) aumenta de forma alarmante el tráfico rodado en la ciudad pues, en estas fechas, los dibujos aprovechamos para sacar de paseo a nuestros coches, lavaditos e impecables como nunca, y enseñarlos a nuestros vecinos con la excusa de que vamos de compras. Esto es en extremo notorio por los esfuerzos que hacemos por que nos vean mientras conducimos saludando, con imperturbable insistencia, a los viandantes y demás conductores; hacer sonar el claxon con más frecuencia de la habitual y dejar los coches en doble y sucesivas filas para que se vean bien desde la distancia.
De repente, como setas en un buen otoño, aparece un sin número de pequeños monigotes, en bata y con el gorro de dormir puesto, colgados de las ventanas y balcones de las casas en arriesgado remonte mediante el uso de escaleras luminosas.
Nuestros grandes políticos nacionales aparecen en los medios mutando su rictus, de habitual agrio y combativo, por una amplia sonrisa; y su mensaje de catástrofe inminente, o fe ciega en el futuro (según, exclusivamente, sean oposición o gobierno), por mensajes uniformes de buenos deseos para todos (en vano intento de hacernos creer que son dibujos como los demás, pero desde sus despachos oficiales, sin arrimarse mucho). Los que están en el gobierno aprovechan para detallarnos los grandes e innumerables logros alcanzados en el año que se cierra y de los que, pese a su importancia, inmersos como estamos en el ajetreo diario, no nos habíamos percatado. Siempre me recuerdan las sabias palabras del buen libro viejo: “La alabanza propia envilece”, dijo Don Quijote, a las que el buen Sancho añade: y “bien predica quien bien vive”, mi señor.
El buen observador no pasará por alto:

1.- La profusa aparición de niños y jóvenes por las calles en horas a las que habitualmente no se les encuentra (vacaciones, ya se sabe).
2.- La ausencia total de bombillas fundidas, tanto que es conveniente usar gafas de sol incluso de noche.
3.- La eclosión en los comercios de corbatas, cinturones, pañuelos de señora, carteras de bolsillo, conjuntos de escritorio, sets del catador de vino y otra multitud de artículos que es imposible encontrar el resto del año.
4.- La propagación en televisión, radio, carteles, farolas, folletos, etc, etc, del mensaje “Aprovechando que es Navidad (y el Pisuerga pasa por Valladolid) la empresa XXX te felicita las fiestas. Pásate y compra los rodamientos para retro excavadoras que vendemos” u otro artículo de similar utilidad en estas fechas.
5.- La obligatoria sonrisa, encajada, de los viandantes que miran al frente.
6.- Ojos y boca desencajados, acompañados de rápido gesto de mano a la cartera, de los que miran escaparates.
7.- La profunda tristeza y mirada al suelo de los que salen de las tiendas (con o sin bolsas en las manos).
8.- Colas ante los cajeros automáticos, sin uso en otras fechas del año.
9.- Colas de conductores junto a coches de policía, prestos a soplar en el interior de unos raros aparatitos.
10.- Colas de conductores llorando junto a las anteriores.
11.- Colas ante los establecimientos de hostelería de dibujos ávidos de dejarse la paga extra en langostinos duros y filetes plastificados, ansiosos de alternar con los de la mesa de al lado de la oficina.
12.- Colas en las farmacias para la urgente adquisición de Secrepat, Almax y otras variantes que calmen nuestras tripas de los excesos cometidos contra la dieta equilibrada.
13.- Casas llenas de decorados abetos (árbol típico de la tierra que, por su abundancia, se corta sin miramientos) mientras en los países nórdicos decoran cardos borriqueros (planta autóctona de aquellos lares)
14.- Huelga de conductores de ferrocarriles.
15.- Huelga de pilotos de avión.
16.- Huelga de conductores de autocar.
17.- Huelga de servicio de limpieza.
18.- Jamones envueltos en espumillón en las charcuterías.
19.- Destornilladores envueltos en espumillón en las ferreterías.
20.- Atascos al por mayor.
21.- ....
.....
209.- ....
210.- Agradables explosiones de petardos y cohetes por doquier y a cualquier hora, animadoras de nuestro ritmo cardíaco.
211.- Extraordinario consumo de uvas en fechas manifiestamente fuera de la temporada de producción masiva, cuando en su fecha no se consumen en absoluto.
212.- Estratosférica subida de precios que hace que la gráfica del IPC parezca el lanzamiento de cohete espacial. Culpa del gobierno, ¡seguro!.
213.- Multitud de ciudadanos dibujos, en tertulias por doquier, explicando a otros ciudadanos las maravillosas prestaciones de microondas y podadora del nuevo teléfono móvil que se han comprado.
214.- La lotería, que vuelve por navidad.
215.- El turrón, que vuelve por navidad.
216.- Los espumosos, que vuelven por navidad. Por cierto, ¿se consumen fuera de estas fechas?
217.- Los cuñados, que vuelven por navidad.
218.- Los famosos, que se van al Caribe por navidad.
219.- Los muñecas de Famosa que... ¿dónde están las muñecas de Famosa?.
220.- El dinero, que se las pira por navidad.
221.- y, y, y, ....... ¡Uf!, esto es agotador. ¿Cuántos folios llevo?

¡Anímese! ¡Haga su propia lista!
En definitiva, es la época de la Gran Mutación. Todo nuestro mundo cambia hasta extremos insospechados que me producen un profundo desconcierto y un cierto malestar. Para defender mi precario sentido de la realidad, en estas fechas y salvo emergencia extrema, suelo enclaustrarme en casa, sin encender televisor ni radio y, sin ser religioso, paso las horas intentando encontrar en la Biblia, relato del origen teórico de todo esto, la base del fenómeno.
Pese a los años de estudio -son muchos ya, reconozco mi torpeza- no consigo establecer la asociación entre lo que el libro reza y la realidad muestra. En mi mente empieza a tomar forma la idea de que, en el transcurso de los siglos y de forma paulatina e inadvertida, las empresas y sus agencias de publicidad han realquilado esta fiesta a la Iglesia y sus fieles, pasando a convertirla en la mayor fiesta del comercio de toda la cristiandad, aquí y allende los mares.
A Jesucristo debieron advertirle de aquello de “cosas veredes, amigo Sancho....”.
Es un poco como cuando Moisés marchó a por uvas (aquel paseo a buscar las tablas de la Ley y tal) y al volver se los encontró a todos fabricando becerros metálicos. ¿no? En cuanto los dejaron solos, allí se liaron todos a lo suyo: becerro, fiesta y bacanal.
Nos va la marcha. Está claro que, en el fondo, los dibujos del rebaño no hemos cambiado pese al tiempo transcurrido.
Sí ha cambiado el pastor. Moisés se pilló un rebote de mil demonios al volver, mientras los pastores actuales piden un porcentaje mayor del becerro para su financiación olvidando que "costumbres de mal maestro, sacan hijo siniestro".

Lo dicho... "cosas veredes...".

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Como la mayoría son docentes, están de vacaciones.

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