Vana esperanza de normalidad alberga, si piensa que, con el flamante año, la calma llega. En nuestro mundo, la fase de la “Gran Mutación” viene seguida, como si de un terremoto u otra catástrofe bíblica se tratara, de réplicas no menos duras y terroríficas.
Por lo normal, los dibujos terminamos las fiestas de navidad en un estado deplorable, con los ánimos -al principio exultantes y llenos de grandes y reiterados buenos propósitos-, en plena depresión a consecuencia del convencimiento de que... esta vez..., tampoco. ¡Joder!
Añádase un bolsillo tan mermado que algunos lo cosen para no hacerse ilusiones, y un cuerpo tan revuelto que se expiden títulos de médico a las farolas para atender el exceso de demanda. Huelga decir que las tarjetas de crédito, derretidas de tanto uso, corren despavoridas por la casa a esconderse a la mínima ocasión.
Pues bien, en estas condiciones, con este lamentable panorama, llega, como plaga bíblica, inexorable, brutal y atronadora... ¡la época de rebajas en plena cuesta de enero!
Para mi desgracia, no puedo evitar salir a comprar en los dos períodos del año en que se levanta la veda de “consumidorus rejoneatum”, ahora y en agosto. Como ya saben, el pecunio de jubilado se estira menos que el portero de un futbolín y es más corto que unas elecciones sin políticos, por cuya razón, todos los jubilados podemos presumir de ir siempre a la moda del año pasado o anteriores luciendo, por lo general, prendas que no son de nuestra talla .
Debido a mi larga experiencia en estas lides, he aprendido que salir en los primeros días al fragor de la batalla no es buena idea pues, según pasa el tiempo, los descuentos suelen ir creciendo en la misma medida que el ardor guerrero de los consumidores disminuye. Aprovecho pues estos primeros momentos para hacer los ejercicios espirituales, necesarios para preparar mi alma, y sacar a mi tarjeta de crédito de su escondrijo con mimos, zalamerías, arrullos y calditos calientes.
Atisbando desde la ventana el momento propicio, decido, al fin, lanzarme al ruedo de las vanidades y la lucha por los acopios para la supervivencia.
Primero, hago detallado inventario de todas mis pertenencias, anotando por categorías (imprescindible, importante, conveniente, chuminadas y ¡ni lo pienses!) los elementos que considero faltan en él. Luego, me pertrecho de elementos tales como cota de mallas (heredada de un antepasado guerrero), gafas de culo de vaso (favorecen la ternura del comprador competidor y dependiente malhumorado), pantuflas de andar por casa a las que, tras calzarlas, cubro con bolsas de plástico hasta el tobillo, casco de albañil que encontré casualmente en el roscón de reyes de hace unos años y, para terminar, unos guantes de carpintero... por si las moscas.
De esta guisa, y al grito de ¡a por ellos!, acometo la traumática cruzada de cubrir los huecos de mi inventario, en dura pugna con la muchedumbre que inunda los establecimientos.
Como soy muy metódico, divido la contienda en fases. La primera y no pequeña, es desplazar mis ejércitos al campo de batalla, es decir, llegar al centro de la ciudad, punto en que se concentra la mayoría de los establecimientos. Con el paso de los años, y tras múltiples intentos fallidos, encontré una solución viable. Descartado el acceso en coche, no queda más alternativa que ir caminando (no me quejo, no es mucha distancia) pero la carga de las compras en el retorno puede ser dificultosa. Esto lo resolví al módico precio de 50 céntimos de dibueuro que es el montante que alcanza el alquiler, a perpetuidad, de un carrito de supermercado. Se consigue, simplemente, yendo a un hiper-mercado, depositando los 50 céntimos en la ranura para liberarlo del siguiente (en algunos casos es un dibueuro -¡hay que mirar bien para comprar barato!-), y llevándose uno el carrito a casa. ¡Listo!
Cubierta esta primera fase logística, acometo la segunda -no menos dificultosa-, de otear el territorio, reconocer el terreno, es decir, pasear los escaparates de todas las tiendas intentando localizar alguno de los productos que necesito, tomando nota de los descuentos de cada una y de su nivel de saturación de público. En ocasiones, cuando la suerte acompaña, he camelado a alguno de mis nietos para que, a modo de oteador avanzado, me ayude en esta batida.
Detectado el estado del campo de batalla y las fuerzas del enemigo, provisto de papel, lápiz, goma de borrar, un ejemplar de “La Guerra de las Galias” de Julio César, otro de “El Arte de la Guerra” de Tsun Zu y la colección completa del Capitán Trueno, en mi tercera fase, trazo meticulosamente el plan de ataque sentado en un banco de la plaza.
Bien, “Alea iacta est” que dijo César o, lo que viene a ser lo mismo, ¡tonto el último! Excuso decir que, a partir de este punto, se va a la mierda lo de la programación, la división en fases, el estudio, etc, etc. Se trata de entrar en lucha encarnizada y sin cuartel, a sangre y fuego... y no está la cosa para meditaciones.
Lanzo mis fuerzas contra el establecimiento seleccionado como primer objetivo: “Confecciones Felix el gato, siempre lo más barato”. Rezando mis oraciones, entro en campo enemigo.
-Un niño de corta edad que acompaña a una señora furibunda tamaño “king size premium XXL”, me arranca uno de mis guantes protectores de un mordisco (mi mano se salva pero se llora la baja de tan viejo amigo que entrega la vida en acto de servicio).
-Una jovencita perforada de hierros y tachuelas por todo su cuerpo, con las pinturas de guerra tatuadas, de verde melena y con una camiseta y una falda 16 tallas más pequeñas que la suya, clava, cual alcayata infernal, uno de sus tacones en mi pobre pantufla perforándola. Mi pié se hincha y su color muta a tornasol.
-Llego al mostrador.
-El mostrador se desplaza 160 centímetros hacia dentro debido a la presión de todos los que nos apoyamos en él.
-La señora “king size” se desparrama en el suelo, desplazando 56 toneladas métricas de aire y a un señor bajito que sale despedido a la calle tras rebotar en el marco de la puerta.
-El dependiente, debido al impacto del mostrador en el abdomen, expulsa el bazo y los riñones por la nariz.
-Aprovechando el desconcierto, pillo un paquete de calzoncillos de esparto con un 2% de descuento.
-Toco retirada y recuento mis fuerzas.
Como el lector comprobará, mi táctica es la guerra de guerrillas y no ha ido del todo mal. Sumo una baja (rezo una oración por mi guante) y un herido leve (mi pie). Me flagelo por no haber previsto la indefensión de mis fuerzas pedestres, arranco dos papeleras de la calle, me las calzo sobre mis pantuflas y examino mi preciado botín de guerra.
Aclaro que mis calzoncillos preferidos son de una especie en acelerada extinción (gallumbus albus algodonae con frontalicus aperture). Cuando yo era joven, no los había de otro tipo y lo cierto es que son muy cómodos de llevar y usar (no obligan a hacer malabarismos con el cacharrito a la hora de miccionar en los urinarios públicos). Ahora, como es un modelo que, alcanzada la perfección en diseño y materiales, no permite grandes modificaciones de moda sin alterar su esencia -dificultando así incluirlos en las colecciones de pasarela y reducir con ello su vida útil comercial en mayor beneficio del fabricante-, se producen solo en talla XXL, se supone que para recalcitrantes señores, muy mayores y, en consecuencia, de abultado volumen. No los encuentro de mi talla (mi volumen no se corresponde con el teórico de mi edad, al menos de posaderas) y me niego a enseñar a mi pobre aparatito a hacer contorsionismo o a enseñar el culo en los urinarios a estas alturas.
Ahora que lo pienso (tarde, como siempre), los que he comprado seguramente me resultarán incómodos pero, en última instancia, podrían servir para hacer nidos para pájaros u otros menesteres. ¡Y me han salido muy baratos!
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Con el barullo habido hasta la fecha, no se habían percatado de que el experimento ya se había iniciado y no habían encendido los ordenadores. Se espera que estén en marcha, y eso usando el arranque rápido sin chequeo completo de la RAM, en unas 6 horas. Mientras tanto, se han ido un rato a las rebajas.
Por lo normal, los dibujos terminamos las fiestas de navidad en un estado deplorable, con los ánimos -al principio exultantes y llenos de grandes y reiterados buenos propósitos-, en plena depresión a consecuencia del convencimiento de que... esta vez..., tampoco. ¡Joder!
Añádase un bolsillo tan mermado que algunos lo cosen para no hacerse ilusiones, y un cuerpo tan revuelto que se expiden títulos de médico a las farolas para atender el exceso de demanda. Huelga decir que las tarjetas de crédito, derretidas de tanto uso, corren despavoridas por la casa a esconderse a la mínima ocasión.
Pues bien, en estas condiciones, con este lamentable panorama, llega, como plaga bíblica, inexorable, brutal y atronadora... ¡la época de rebajas en plena cuesta de enero!
Para mi desgracia, no puedo evitar salir a comprar en los dos períodos del año en que se levanta la veda de “consumidorus rejoneatum”, ahora y en agosto. Como ya saben, el pecunio de jubilado se estira menos que el portero de un futbolín y es más corto que unas elecciones sin políticos, por cuya razón, todos los jubilados podemos presumir de ir siempre a la moda del año pasado o anteriores luciendo, por lo general, prendas que no son de nuestra talla .
Debido a mi larga experiencia en estas lides, he aprendido que salir en los primeros días al fragor de la batalla no es buena idea pues, según pasa el tiempo, los descuentos suelen ir creciendo en la misma medida que el ardor guerrero de los consumidores disminuye. Aprovecho pues estos primeros momentos para hacer los ejercicios espirituales, necesarios para preparar mi alma, y sacar a mi tarjeta de crédito de su escondrijo con mimos, zalamerías, arrullos y calditos calientes.
Atisbando desde la ventana el momento propicio, decido, al fin, lanzarme al ruedo de las vanidades y la lucha por los acopios para la supervivencia.
Primero, hago detallado inventario de todas mis pertenencias, anotando por categorías (imprescindible, importante, conveniente, chuminadas y ¡ni lo pienses!) los elementos que considero faltan en él. Luego, me pertrecho de elementos tales como cota de mallas (heredada de un antepasado guerrero), gafas de culo de vaso (favorecen la ternura del comprador competidor y dependiente malhumorado), pantuflas de andar por casa a las que, tras calzarlas, cubro con bolsas de plástico hasta el tobillo, casco de albañil que encontré casualmente en el roscón de reyes de hace unos años y, para terminar, unos guantes de carpintero... por si las moscas.
De esta guisa, y al grito de ¡a por ellos!, acometo la traumática cruzada de cubrir los huecos de mi inventario, en dura pugna con la muchedumbre que inunda los establecimientos.
Como soy muy metódico, divido la contienda en fases. La primera y no pequeña, es desplazar mis ejércitos al campo de batalla, es decir, llegar al centro de la ciudad, punto en que se concentra la mayoría de los establecimientos. Con el paso de los años, y tras múltiples intentos fallidos, encontré una solución viable. Descartado el acceso en coche, no queda más alternativa que ir caminando (no me quejo, no es mucha distancia) pero la carga de las compras en el retorno puede ser dificultosa. Esto lo resolví al módico precio de 50 céntimos de dibueuro que es el montante que alcanza el alquiler, a perpetuidad, de un carrito de supermercado. Se consigue, simplemente, yendo a un hiper-mercado, depositando los 50 céntimos en la ranura para liberarlo del siguiente (en algunos casos es un dibueuro -¡hay que mirar bien para comprar barato!-), y llevándose uno el carrito a casa. ¡Listo!
Cubierta esta primera fase logística, acometo la segunda -no menos dificultosa-, de otear el territorio, reconocer el terreno, es decir, pasear los escaparates de todas las tiendas intentando localizar alguno de los productos que necesito, tomando nota de los descuentos de cada una y de su nivel de saturación de público. En ocasiones, cuando la suerte acompaña, he camelado a alguno de mis nietos para que, a modo de oteador avanzado, me ayude en esta batida.
Detectado el estado del campo de batalla y las fuerzas del enemigo, provisto de papel, lápiz, goma de borrar, un ejemplar de “La Guerra de las Galias” de Julio César, otro de “El Arte de la Guerra” de Tsun Zu y la colección completa del Capitán Trueno, en mi tercera fase, trazo meticulosamente el plan de ataque sentado en un banco de la plaza.
Bien, “Alea iacta est” que dijo César o, lo que viene a ser lo mismo, ¡tonto el último! Excuso decir que, a partir de este punto, se va a la mierda lo de la programación, la división en fases, el estudio, etc, etc. Se trata de entrar en lucha encarnizada y sin cuartel, a sangre y fuego... y no está la cosa para meditaciones.
Lanzo mis fuerzas contra el establecimiento seleccionado como primer objetivo: “Confecciones Felix el gato, siempre lo más barato”. Rezando mis oraciones, entro en campo enemigo.
-Un niño de corta edad que acompaña a una señora furibunda tamaño “king size premium XXL”, me arranca uno de mis guantes protectores de un mordisco (mi mano se salva pero se llora la baja de tan viejo amigo que entrega la vida en acto de servicio).
-Una jovencita perforada de hierros y tachuelas por todo su cuerpo, con las pinturas de guerra tatuadas, de verde melena y con una camiseta y una falda 16 tallas más pequeñas que la suya, clava, cual alcayata infernal, uno de sus tacones en mi pobre pantufla perforándola. Mi pié se hincha y su color muta a tornasol.
-Llego al mostrador.
-El mostrador se desplaza 160 centímetros hacia dentro debido a la presión de todos los que nos apoyamos en él.
-La señora “king size” se desparrama en el suelo, desplazando 56 toneladas métricas de aire y a un señor bajito que sale despedido a la calle tras rebotar en el marco de la puerta.
-El dependiente, debido al impacto del mostrador en el abdomen, expulsa el bazo y los riñones por la nariz.
-Aprovechando el desconcierto, pillo un paquete de calzoncillos de esparto con un 2% de descuento.
-Toco retirada y recuento mis fuerzas.
Como el lector comprobará, mi táctica es la guerra de guerrillas y no ha ido del todo mal. Sumo una baja (rezo una oración por mi guante) y un herido leve (mi pie). Me flagelo por no haber previsto la indefensión de mis fuerzas pedestres, arranco dos papeleras de la calle, me las calzo sobre mis pantuflas y examino mi preciado botín de guerra.
Aclaro que mis calzoncillos preferidos son de una especie en acelerada extinción (gallumbus albus algodonae con frontalicus aperture). Cuando yo era joven, no los había de otro tipo y lo cierto es que son muy cómodos de llevar y usar (no obligan a hacer malabarismos con el cacharrito a la hora de miccionar en los urinarios públicos). Ahora, como es un modelo que, alcanzada la perfección en diseño y materiales, no permite grandes modificaciones de moda sin alterar su esencia -dificultando así incluirlos en las colecciones de pasarela y reducir con ello su vida útil comercial en mayor beneficio del fabricante-, se producen solo en talla XXL, se supone que para recalcitrantes señores, muy mayores y, en consecuencia, de abultado volumen. No los encuentro de mi talla (mi volumen no se corresponde con el teórico de mi edad, al menos de posaderas) y me niego a enseñar a mi pobre aparatito a hacer contorsionismo o a enseñar el culo en los urinarios a estas alturas.
Ahora que lo pienso (tarde, como siempre), los que he comprado seguramente me resultarán incómodos pero, en última instancia, podrían servir para hacer nidos para pájaros u otros menesteres. ¡Y me han salido muy baratos!
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Con el barullo habido hasta la fecha, no se habían percatado de que el experimento ya se había iniciado y no habían encendido los ordenadores. Se espera que estén en marcha, y eso usando el arranque rápido sin chequeo completo de la RAM, en unas 6 horas. Mientras tanto, se han ido un rato a las rebajas.
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