Tras un sueño peculiar deslumbrado por una farola de la calle, iluminada más de lo necesario mientras las adyacentes sólo son aptas para murciélagos, esta mañana me he despertado, como desde hace muchos meses ya, a las 7 a.m. con el bonito ruido de la excavadora Matilde (jovial y dicharachera ella) que trabaja en la obra junto a mi casa y que gusta de saludar a su compañera Lourdes (más seria y formal por ser de buena familia y guardar las formas) de otra obra, dos casas más allá. A su conversación pronto se ha unido el compresor de la obra que hay justo frente a mi puerta, más una furgoneta de reparto, que tiene la manía de ir de derecha a izquierda de la calle -parando donde se le antoja-, impidiendo el tráfico de los demás automóviles, mientras grita como loca y pone de los nervios a los vecinos. Quizá estos hechos les sorprendan pero recuerden que los objetos inanimados de su mundo tienen vida propia en el nuestro.
Como estaba claro que no podía seguir durmiendo he decidido asearme y, tras convencer a mi maquina de afeitar de que dejara de jugar con el grifo y al grifo de que dejara de echar tierra y aire (algún día tengo que revisar esto), he podido terminar y sentarme a desayunar.
Apenas quedaba un vaso de leche en el brick y la he puesto a calentar en el microondas. La primera vez se ha quedado fría y la segunda ha estallado, regando todo el microondas, en medio de un extraño ¡pluf! ¿La leche explota? Por fortuna, tenía otro brick de leche en casa que he probado a abrir:
1-Tirando de la pestaña (resultado: uña rota).
2- Rompiendo el cartón por los puntos (resultado: extremo del cartón retorcido en curiosa forma).
3- Con unas tijeras de cocina (resultado: extremo del cartón retorcido pero doblado hacia abajo como bandera a media asta debido, seguramente, al filo romo de todas las tijeras de cocina).
4- Con los dientes (resultado: empaste reciente a la mierda y protesta generalizada de mis dientes con amenaza de huelga).
5- Cantándole “Soy minero” de Antonio Molina (resultado: debe tener mal oído para la música y me ignora por completo).
6- Aplicándole la fuerza resultante de la ecuación diferencial del arco orbital terrestre (resultado: fuerza igual a cero).
7- Con ruegos, llantos y promesas (resultado: me mira con indiferencia y chulería).
¡A tomar por c...! ¡Por fin! He conseguido abrirlo estrellándolo contra el suelo y saltando encima (en mi mundo de llama método cromagnon y suele funcionar).
Se ha derramado gran parte de la leche pero, entre la poca que había en el vaso del microondas y la que quedaba en el brick, he sumado medio vaso que he decidido beber fría para evitar nuevos conflictos.
Luego, he ido a tirar a la basura los dos brick y he podido comprobar que ya tengo un millón cuatrocientos treinta y siete mil doscientos doce.
No es que coleccione bricks ni que tenga el síndrome de Diógenes pero, como la retirada de basuras es tan cara en Dibuciudad (y reconozco que no consigo saber en qué contenedor depositar los bricks -ya saben, se componen de plástico, papel, metales más los materiales orgánicos de los restos de su interior-), decidí darme de baja del servicio y guardarla en casa.
Al principio no pensé que necesitaría tanto sitio aunque, finalmente, entre bandejitas de fruta, carne, pescado y verduras; bricks de leche; botellas de todo tipo; latas y tantas cosas más que me dan cuando voy a comprar, que no quiero para nada y que me cobran, he tenido que pedirle a mi casa que se estire y amplíe una habitación para poder guardarlas –son las ventajas de vivir en Mundodibú-.
Los más perspicaces habrán pensado que debe oler fatal por los restos orgánicos. Aclaro la cuestión: tengo perro, por lo que no genero ningún residuo orgánico. Es un uso muy ecológico de los animales que aprendí de mis abuelos. ¡Ah!, y sus deposiciones, previamente tratadas, completan el ciclo y sirven de abono a mis geranios.
Tengo la idea tonta de que hay algo absurdo en pagar por un montón de cosas que no quieres y después pagar para tirarlas. Siento añoranza de aquellos entrañables cestos de ir a la compra (que no había que tirar), los papeles de envolver alimentos (muy prácticos para encender la chimenea, la estufa, otros menesteres de higiene personal que mejor no airear e, incluso, el repaso de noticias atrasadas) y al lechero y al del sifón en la puerta de casa a los que, por supuesto, tampoco se les tiraba a fin de que pudieran atender al vecino de al lado. Además, como la tienda estaba al lado de casa, no había que coger el coche para comprar, terminabas en un pis pas y barato, barato. Eran tiempos mejores..., pero los viejos siempre decimos eso.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sigue sin dilucidarse la composición del grupo. No obstante, se han conseguido descartar las ramas de Astrología y Adivinación pues parece haber consenso en que se trata de observar y no de adivinar.
Como estaba claro que no podía seguir durmiendo he decidido asearme y, tras convencer a mi maquina de afeitar de que dejara de jugar con el grifo y al grifo de que dejara de echar tierra y aire (algún día tengo que revisar esto), he podido terminar y sentarme a desayunar.
Apenas quedaba un vaso de leche en el brick y la he puesto a calentar en el microondas. La primera vez se ha quedado fría y la segunda ha estallado, regando todo el microondas, en medio de un extraño ¡pluf! ¿La leche explota? Por fortuna, tenía otro brick de leche en casa que he probado a abrir:
1-Tirando de la pestaña (resultado: uña rota).
2- Rompiendo el cartón por los puntos (resultado: extremo del cartón retorcido en curiosa forma).
3- Con unas tijeras de cocina (resultado: extremo del cartón retorcido pero doblado hacia abajo como bandera a media asta debido, seguramente, al filo romo de todas las tijeras de cocina).
4- Con los dientes (resultado: empaste reciente a la mierda y protesta generalizada de mis dientes con amenaza de huelga).
5- Cantándole “Soy minero” de Antonio Molina (resultado: debe tener mal oído para la música y me ignora por completo).
6- Aplicándole la fuerza resultante de la ecuación diferencial del arco orbital terrestre (resultado: fuerza igual a cero).
7- Con ruegos, llantos y promesas (resultado: me mira con indiferencia y chulería).
¡A tomar por c...! ¡Por fin! He conseguido abrirlo estrellándolo contra el suelo y saltando encima (en mi mundo de llama método cromagnon y suele funcionar).
Se ha derramado gran parte de la leche pero, entre la poca que había en el vaso del microondas y la que quedaba en el brick, he sumado medio vaso que he decidido beber fría para evitar nuevos conflictos.
Luego, he ido a tirar a la basura los dos brick y he podido comprobar que ya tengo un millón cuatrocientos treinta y siete mil doscientos doce.
No es que coleccione bricks ni que tenga el síndrome de Diógenes pero, como la retirada de basuras es tan cara en Dibuciudad (y reconozco que no consigo saber en qué contenedor depositar los bricks -ya saben, se componen de plástico, papel, metales más los materiales orgánicos de los restos de su interior-), decidí darme de baja del servicio y guardarla en casa.
Al principio no pensé que necesitaría tanto sitio aunque, finalmente, entre bandejitas de fruta, carne, pescado y verduras; bricks de leche; botellas de todo tipo; latas y tantas cosas más que me dan cuando voy a comprar, que no quiero para nada y que me cobran, he tenido que pedirle a mi casa que se estire y amplíe una habitación para poder guardarlas –son las ventajas de vivir en Mundodibú-.
Los más perspicaces habrán pensado que debe oler fatal por los restos orgánicos. Aclaro la cuestión: tengo perro, por lo que no genero ningún residuo orgánico. Es un uso muy ecológico de los animales que aprendí de mis abuelos. ¡Ah!, y sus deposiciones, previamente tratadas, completan el ciclo y sirven de abono a mis geranios.
Tengo la idea tonta de que hay algo absurdo en pagar por un montón de cosas que no quieres y después pagar para tirarlas. Siento añoranza de aquellos entrañables cestos de ir a la compra (que no había que tirar), los papeles de envolver alimentos (muy prácticos para encender la chimenea, la estufa, otros menesteres de higiene personal que mejor no airear e, incluso, el repaso de noticias atrasadas) y al lechero y al del sifón en la puerta de casa a los que, por supuesto, tampoco se les tiraba a fin de que pudieran atender al vecino de al lado. Además, como la tienda estaba al lado de casa, no había que coger el coche para comprar, terminabas en un pis pas y barato, barato. Eran tiempos mejores..., pero los viejos siempre decimos eso.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sigue sin dilucidarse la composición del grupo. No obstante, se han conseguido descartar las ramas de Astrología y Adivinación pues parece haber consenso en que se trata de observar y no de adivinar.
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