viernes, 23 de noviembre de 2007

De recados matutinos

De retorno del mundo de las ensoñaciones y la memoria, gracias a la inestimable ayuda del atronador ruido de las excavadoras, he visto que mi casa está a punto de explotar con tanto estiramiento y que tiene estrías en el yeso, provocadas, seguramente, como resultado de la obra del vecino. He pensado en reformarla y ampliarla, o comprarle alguna crema cosmética anti-estrías, lo que salga más barato. He hecho un dibujo con la reforma que tendría que hacer para estudiarla mejor.
Con esta idea en mente y el dibujo en el bolsillo, me encamino al Ayuntamiento dónde un amable señor me informa de que el encargado del tema está tomando café, pero volverá pronto. Me ha parecido buena idea y, raudo y veloz, me dirijo al bar más cercano para hacer lo propio.
Como es la hora del café, está hasta las trancas. A través del amable ruido del molinillo de café y del pitojo calienta-leche de la cafetera logro hacerme entender y formular mi petición a un amable camarero que no deja de darme la espalda y gritar: ¡oído cocina!
Recojo mi laringe que, con los gritos que he tenido que proferir, se me ha caído al suelo. ¿No podrían meter esos cacharros en una campana acústica?
Finalmente, he tomado un bocadillo de unos anillos elásticos que el camarero denomina calamares, acompañado de un vaso de un líquido rojo que el mismo camarero ha insistido en llamar vino y, para terminar, un café sólo -noire que dicen los franceses- pues no he querido que el camarero tuviera que abrir un brick de leche y, con ello, duchar a los clientes que parecían bastante aseados. He pagado 9 dibueuros por todo (con los que, hasta la última subida del petróleo, habría podido comprar una buena cantidad de filetes e incluso un par de bollos de pan) y he vuelto al Ayuntamiento, no sin antes volver a recuperar mi laringe que esta vez, al intentar comunicarme para pagar, ha ido a parar a la máquina del tabaco.
En la casa consistorial, un señor diferente, pero también muy amable, casi gemelo del anterior, me ha comentado que el encargado del asunto estaba tomando café pero volvería pronto.
Me ha sorprendido gratamente que el Ayuntamiento consiga hacer tantas cosas con tan poca gente pues en las oficinas apenas había personal. Le he puesto al Alcalde un notable alto en eficiencia.
Como me parecía excesivo volver a tomar café, he decidido dar un paseo por la Plaza para hacer tiempo.
Caminando sin rumbo fijo he parado en un kiosco en el que he revisado las portadas de la prensa del día (mi pensión no alcanza para más -y menos tras el extra de entrar en un bar-). Junto a mí había un señor, dedicado a mi misma tarea, del quién me han llamado la atención sus finas y cuidadas manos y su ánimo tranquilo y despreocupado.
Tras el kiosco, he pasado a una tienda a comprar el pan en la que me he encontrado otra vez con el mismo señor (esta vez me ha sonreído).
Mis pasos me han guiado cerca de un colegio, dónde he visto al mismo señor llevando a un niño a clase (ahora me saluda con la mano).
He paseado durante bastante tiempo, hasta que me he dado cuenta de que mi reloj estaba parado y llevaba casi tres horas de camino. He pasado a una relojería a ponerle una pila y me encontrado con el mismo señor de antes (me ha dicho hola y ha iniciado una conversación sobre el tiempo, tuteándome).
Es muy grato vivir en un pueblo, pues es muy sencillo trabar amistad con personas que no dejas de encontrarte por todas partes.
Ya con algo de prisa, he vuelto ligero al Ayuntamiento a preguntar por lo de mi casa y allí un trabajador me ha señalado al curioso señor, de manos delicadas y ánimo tranquilo, con el que tantas veces me había topado y casi trabado amistad -entraba por la puerta en ese momento- indicándome que aquél era el encargado de mi asunto, por lo que le he planteado la cuestión aportando el dibujo con mi idea. Circunspecto, me ha pedido que espere, llamándome de usted, como si no me conociera.
Tras acomodarse con toda parsimonia, ha comenzado a describir los pasos a seguir.

Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Estaban en la “Pausa café”.

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