FIN... DE MOMENTO
jueves, 21 de febrero de 2008
ORDEN GUBERNATIVA
A todos los lectores humanos que la presente vieren y entendieren:
-Siendo que la publicación que ustedes vienen leyendo es parte de un estudio sobre conexiones entre el mundo de los dibujos animados y el mundo de los humanos.
-Siendo que dicho estudio se puso en marcha gracias a las subvenciones provenientes de organismos superiores.
-Siendo que, para el cobro de las mencionadas subvenciones, se hace precisa la justificación documental de que el estudio se ha realizado y de los frutos obtenidos del mismo.
-Siendo que, tras meses de trabajo, es imposible obtener resultado de ningún tipo ni, obviamente, justificación documental alguna.
-Siendo que los científicos del grupo encargado de la misión han sido degradados a pinches de cocina.
-Siendo que esto viene costando “una pasta” y no parece que haya posibilidades de cobrar la subvención.
-Siendo que el autor de los escritos que se han venido publicando ha sido declarado en busca y captura por haber publicado intimidades de nuestro mundo, con manifiesta mala fe, evidenciando en sus escritos que lo verdaderamente importante no funciona, lo esencial es carísimo y que padecemos una evidente locura colectiva.
-Siendo que el Ministro responsable ya se hizo la foto cuando se presentó el proyecto, sumado a que ahora está de campaña electoral y no aparece por aquí.
-Siendo que ha llegado la primavera y hace un sol radiante.
-Siendo que la señora del conserje ha preparado un cocidito extraordinario y nos invita a los del ministerio a una cuchipanda estupenda en el jardín de la entrada.
Por la presente ponemos en su conocimiento que las presentes publicaciones quedan suspendidas sine die o hasta que el Atleti vuelva a ganar un título de lo que sea.
Y para que así conste donde proceda, firmo la presente, yo, “el encargao del almacén”, a tantos de tantos del año en curso.
Contra la presente resolución podrán interponer recurso ante la “Virgencita de los imposibles” en el plazo de 30 días a contar desde la fecha de su publicación del “Tratado de legumbres y oleaginosas” o cualquier otro que mejor les convenga en derecho.
Se siente, ¡qué le vamos a hacer!
Postdata del autor desde la prisión: Siete meses después de publicarse este trabajo, he descubierto que el amigo que me hizo el prologo no lo era tanto. Léanlo de derecha a izquierda y verán la razón. ¡Ten amigos para esto! Y me dicen que ya se había dado cuenta todo el mundo... ¡oh cielos... qué horror!
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De vuelta a las andadas
Esta mañana, poquito a poco, he ido al ambulatorio a por mi receta de ansiolítico que, como ya les comenté, deberé tomar hasta el fin de mis días y allí me he encontrado con mi viejo amigo Juancho (hizo de lagarto en una serie con su mismo nombre). Al verme, y recordando viejos conocidos, me ha preguntado si tenía noticias de alguno de los chicos que actuaron en la entrañable serie “La familia Telerín”.
Al principio no les recordaba. Es otra de las consecuencias de la edad avanzada, el increíble tamaño que alcanza la carpeta cerebral de varios. Me explicaré: Yo sostengo la teoría de que nuestra memoria se organiza en carpetas, como los archivos ordinarios, y, al igual que esos archivos, termina adquiriendo su propio y autónomo sistema de colocación, como si tuviera vida propia. Al principio, en la juventud, tiene bastantes carpetas, bien rotuladas, que contienen cada una un sólo asunto, incluso con referencias cruzadas a otras carpetas con temas con los que puede haber conexión. Por lo general, en esta etapa las carpetas contienen un número reducido de documentos. A medida que avanza el tiempo, sea por aumento de asuntos, por carencia de carpetas o por reducción de la importancia de unos asuntos frente a otros, aparece la carpeta de varios que recibe multitud de papeles de lo más diverso y va creciendo en magnitud, de forma exponencial, a medida que el resto de carpetas desaparece y disminuye su número.
En la adolescencia están, por ejemplo, las carpetas de sexo (abultada y con referencias a todas las demás), amigos/as, cachondeo, vacaciones, moto/coche, copas y más copas, fútbol y la de varios en la que van los estudios y el resto de cosas. En la madurez el equilibrio es todavía razonable con las carpetas de: fútbol (la más voluminosa), el coche, las jovencitas, la hipoteca, los cabrones de mis hijos, mi señora, las vacaciones, el puto trabajo, el cabronazo de mi jefe, la política, algunas más que ya no recuerdo y la de varios.
A medida que avanzamos en edad, quedan escasamente 4 o 5 carpetas y una monstruosa carpeta de varios que almacena todo aquello a lo que le damos poca o ninguna importancia. En esta carpeta vamos guardando detrás, en orden cronológico, las cosas nuevas que van surgiendo y es por todo esto que los mayores tenemos tantas lagunas de memoria y recordamos mejor las cosas más antiguas que las más actuales. Si lo piensan bien es lógico y empíricamente demostrable por analogía con los archivos de las oficinas en los que viene a suceder lo mismo.
Yo creo que tengo las carpetas de: hacer pipí y caca en el inodoro, tomarme las pastillas, comer, dormir, contar historias y la de varios.
Me han llamado a consulta enseguida por lo que no he podido entretenerme con mi querido amigo.
Antes, hace pocos años, te pasabas la mañana en el médico para una cosa como esta, tanto que cerraron los casinos y los abuelos nos juntábamos en la consulta de los médicos a pasar la mañana jugando al dominó.
Esto cambió mucho desde que apareció en la política de nuestro país el Partido Blanco. Se lo cuento por si es de su interés.
Hasta su aparición había muy pocos partidos políticos, dos de ellos muy grandes, que, enzarzados en sus batallas, apenas resolvían nada de nada, fabricaban leyes molestísimas como rosquillas, cabreaban a la gente con discursos incendiarios y crecían y crecían sin parar. El número de políticos aumentaba sin cesar y el mantenimiento de esta estructura comenzaba a ser oneroso y, evidentemente, poco productivo. Tan alejado estaba el sistema de la gente que, en general, nadie les hacía el más mínimo caso y los ciudadanos nos habíamos repartido el voto por familias a partes iguales, de modo que ganaba el partido que menos votantes tuviera enfermos o de vacaciones en día de la votación No obstante, los partidos, ignorantes de que daba igual, tenían dificultades para tomar decisiones impopulares por miedo a perder en las siguientes elecciones.
En estas andábamos cuando a algún avispado creó el Partido Blanco. Su programa electoral era simple: proponer y votar sólo las cosas que ayudaran a racionalizar el sistema y aquellas otras que, a todas luces, deberían hacerse aunque a los demás partidos les dieran miedo. Las demás, que las votaran los partidos de siempre, ellos no intervendrían. Su compromiso era no gobernar nunca, aunque ganaran, y su lema, sacado del libro del hidalgo manchego, es:
"No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella".
Para sorpresa de todos ganaron, y las reformas que han promovido lo han cambiado todo por completo. Detallo algunas:
-Como era evidente que todos los diputados de los partidos votaban lo que dijera su jefe, propusieron -y ganaron- que cada partido (incluido el suyo propio) tuviera un único diputado y su voto valiera tanto como los votos que hubiera sacado en las elecciones. El resultado ha sido un ahorro extraordinario para las arcas públicas y una reducción muy considerable de las leyes que se promulgan. Además, el antiguo congreso ha pasado a ser biblioteca y los diputados (8 o 9 en total) se juntan en el restaurante de al lado a discutir, mientras degustan un exquisito codillo con chucrut que los ciudadanos no tenemos inconveniente en pagar a escote.
-Como los partidos gastaban una auténtica fortuna para convencer a los electores de que les votaran y ese dinero lo pagábamos todos vía subvenciones, en el convencimiento de que si las propuestas son buenas no necesitan tanta foto, tanto anuncio, tanto viaje, tanto vídeo y tanta canción, propusieron -y volvieron a ganar- que se hiciera un fondo común -de su bolsillo o de las cuotas de los afiliados- y se repartiera por igual entre ellos para pagar las campañas, pues aunque un partido sea pequeño sus ideas pueden ser tan buenas como las del grande. Además de un astronómico ahorro para los contribuyentes, han conseguido que las campañas políticas sean mucho más moderadas y mucho más centradas en ideas y propuestas bien explicadas.
-Siendo que, como parece lógico, para trabajar en la administración (y en cualquier empresa) hay que tener la titulación adecuada y superar unos exámenes que acrediten los conocimientos precisos, los jefes deben acreditarlos con más razón. Volvieron a ganar una propuesta por la que ningún político podía presentarse sin hacer unos exámenes previos acordes al puesto que pretendía ocupar, además de tener prohibido, por ley, ganar más del 150% del salario de un trabajador medio (esto último lo copiaron de Dibusuecia pero el Partido Blanco no tiene reparos en copiar ideas). La consecuencia ha sido que los que quedan se siguen equivocando, como corresponde al ser dibuhumano, pero disparates no hacen casi ninguno.
-Otra medida fue prohibir estar más de ocho años en la misma institución y más de 16 en cualquier puesto político. El argumento es que si en ocho años no se consigue sacar adelante un proyecto es que tal proyecto no es bueno o no es viable. El límite de 16 se basa en que es positivo que vaya entrando gente nueva, con ideas y experiencias frescas.
Ha habido muchas otras medidas interesantes pero estas pocas han demostrado ser muy saludables y justifican de sobra el nuevo partido.
En el asunto de los médicos que nos ocupa, se calculó el número medio de visitas al médico del los dibujos que más lo necesitaran y se nos dio a todos un dibueuro por cada una de esas visitas hipotéticas (han sido unos 400 dibueuros por cabeza). Acto seguido se nos dijo que se nos cobraría un dibueuro cada vez que fuéramos al médico. Desde entonces, como es un ahorrillo, no acudimos a consulta cuando nos duele un callo, o por cosas así, y la atención médica ha mejorado una barbaridad. La idea resultó ser estupenda.
Volviendo al día de hoy, con mi receta en el bolsillo, me vuelvo a casa que todavía no estoy como para abusar.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Se ha descubierto que el viejo funcionario del Ministerio de Asuntos Mundanos tenía copia en papel del estudio que se había borrado de los ordenadores. En cuanto se ha jubilado, lo ha publicado como propio, obteniendo con ello el reconocimiento de la comunidad científica internacional y del Colegio de biblioteconomístas.
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jueves, 7 de febrero de 2008
¡O tempora, o mores!
En estas condiciones y no estando muy allá de fuerzas, no puedo salir a mis recados y zascandileos habituales por lo que es mi señora la encargada de aprovisionar la casa y de mantenerme al tanto de las novedades mundanas (por cierto, creo que me las censura para evitarme disgustos y sobresaltos).
Estaba ayer sentado en mi sillón, intentando descifrar los enigmas relativos al dialecto de la traducción al español del libro de instrucciones de mi radio-despertador, cuando mi mujer volvió de hacer la compra con un cierto trastorno que intentaba ocultar.
Al preguntarle por su estado, me preparó una taza de tila y, tomando amorosamente mi mano, relató la causa de su inquietud.
En la carnicería no le quisieron servir. ¡Me han prohibido el chorizo!
La tila y el consuelo que me prestaba mi consorte evitaron una subida rampante de la tensión arterial y lograron que asimilara el golpe con más suavidad.
Me contó que, al pedir en la tienda unas piezas de chorizo, morcilla, tocino y jamón para un cocidito (me pirran los pucheros y guisotes de cuchara) el dependiente, que nos conoce de toda la vida, le pidió mi cartilla de suministro.
Al solicitarle aclaraciones sobre tal documento (desconocido para nosotros hasta la fecha), el empleado explicó que debimos recibir una carta del Ministerio de Cuidados e Intromisiones Maternales (en tiempos pretéritos de Sanidad) comunicándonos nuestro nuevo régimen alimenticio en vigor desde la fecha de mi ingreso hospitalario.
Un poco confuso, pedí a mi esposa que buscara la carta en la pila de correo sin abrir que el cartero, amablemente, deposita en nuestra bañera (mi buzón sigue en prisión preventiva).
Cuando, ya hoy, ha conseguido localizarla me ha dado otra taza de tila y me ha dejado leerla. En resumidas cuentas (no la transcribo literalmente para no marearles con el farragoso lenguaje administrativo) viene a decir que, basándose en los antecedentes legislativos de la imposición, bajo sanción, de ponerse el cinturón de seguridad en el coche y el casco en la moto -socialmente aceptados e indiscutibles a estas alturas-, el gobierno ha decidido intervenir, de forma preventiva y coercitiva, en los demás actos del libre albedrío diario de los ciudadanos en los que, con nuestra persistente actitud, demostramos una insensatez a todas luces reprobable, incluso en el caso de que los hechos sobre los que se interviene no afecten a otros que no seamos nosotros mismos.
Dado que, en mi caso particular, las pruebas demuestran que mi sistema circulatorio no está para muchos trotes y mi analítica evidencia que colesteroles y ácidos úricos campan a sus anchas por mis venas, se me somete al Sistema de Alimentación Controlada (SAC en adelante) del que, desde la fecha de la resolución, soy sujeto pasivo. Por mi bien, y sólo por mi bien, se ha cursado circular a todos los establecimientos de alimentación -obligatoriamente conectados al SAC vía güeb- para que no se me suministren (bajo pena de sanción por un ilícito administrativo) un conjunto de alimentos que se enumeran el lista aparte. Aclaro que la lista tiene 32 folios. Para mi control personal se me facilita cartilla de suministro, en formato tarjeta de crédito con microchip incorporado, que deberé presentar en todas mis compras.
Como ando medio sedado, el cabreo me alcanza sólo para hacerme caquita en el SAC, en la vía güeb esa, en el microchip y en “tó lo más barrío”.
Esta cuadrilla se empeña en que yo viva 120 años pero momificado. ¡Claro, como me dan una pensión de miseria y les vigilo las obras de balde!
Es nuestra obligación afanarnos en ser muy productivos; no enfermar y no accidentarnos para no dejar de producir y no ser una carga para el sistema; consumir mucho para tener a todo el mundo ocupado fabricando; dedicar nuestro tiempo de ocio a cosas que haya que pagar (observar, pensar y charlar es gratis y peligroso) y morirnos, a ser posible, sin costes para el sistema, que no haya que medicarnos y ni siquiera enterrarnos por estar como la mojama. Están transformando la vida en una fábrica. Esto es un asco. Mis ancestros tenían más libertad de decisión que yo y se morían de lo que pillaban o de lo que les daba la gana.
Por mi bien, albergo la esperanza de que resurja el extraperlo. No tengo claro que yo pueda subsistir anímicamente sin mis pucheritos.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Hoy es “Santo Tomás de Aquino”, patrono de universidades, estudiantes y científicos, festivo por razón triple.
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lunes, 4 de febrero de 2008
Mi buzón
He tardado 3 horas en salir de la pila de papel que se ha formado al abrirlo.
Tras acomodarme en el suelo, junto al montón, me he puesto a clasificarlo.
Me ha salido un saco de 2 metros cúbicos de folletos y publicidad. Este lo dejo para verlo luego con calma.
Del banco tengo tres cartas. La primera me informa de que estoy en números rojos por 1.363 dibueuros. En la segunda me ofrecen un plazo fijo al 2% de interés para una inversión de 30.000 dibueuros y, de regalo, una utilísima radio de galena. En la tercera me informan de que la biblioteca municipal me ha embargado la cuenta por la penalización que adeudo al no haber devuelto el catón que saqué en segundo de primaria.
Hago una cuenta rápida. Vale. Luego iré a que me den el plazo fijo y con él pagaré el descubierto en cuenta y los 15.000 dibueuros a la biblioteca.
Además, para mi sorpresa, tengo otras 6 cartas más.
Una de ellas es de Hacienda que dice que, según les consta, les debo 4.986'23 dibueuros por el segundo trimestre de IVA y que tengo 10 días para hacer alegaciones.
Otra, de la Seguridad social que me reclama la cuota patronal de mis obreros de los últimos seis meses y me da 10 días para ingresar o recurrir.
La tercera es de la parroquia que me indica que han designado el tribunal de Rota para el litigio que tienen conmigo por el que, según ellos, les adeudo 194 dibueuros en concepto de misas de difuntos, otorgándome, graciosamente, 5 días naturales para personarme.
Una más de mi ayuntamiento que me avisa del inminente embargo de mis cuentas por incumplimiento del artículo 67.2 de la vigente ordenanza de iluminación de feldespatos matutinos. Puedo alegar ante el teniente de alcalde de la pedanía de Dibumatalascañas en 7 días laborables.
La siguiente es de la jefatura territorial de tráfico que me recuerda que tengo que pagar la multa por no renovar el carnet de biplano trimotor en el plazo improrrogable de 14.000 unidades dibucósmicas de tiempo (unos 3 días más o menos según tablas). Me dan 10 minutos para presentar un recurso.
Por último, una del servicio de correos que me reclama 30 céntimos de una carta sin sello fechada en el año 3 de la era mesozoica. Tengo que pagar en 2 días bajo amenaza de que me estampillen la frente.
Acabo de alcanzar 210 pulsaciones por minuto y una tensión arterial de 18-93. Hay coches de formula uno que no soportarían este régimen de revoluciones.
Llamo a emergencias, me entuban, me sedan y me ingresan en la UCI.
Cuando despierto, ya fuera de la UCI, vienen a verme mis amigos. Tímidamente me informan que mi mujer se ha ido a vivir con su hermana pues, a la vista de las cartas, sospecha que tengo una vida paralela y un negocio en Dibumatalascañas.
Acabo de alcanzar 210 pulsaciones por minuto y una tensión arterial de 18-93.
Me entuban, me sedan y me ingresan en la UCI.
Inquietantes alucinaciones desasosiegan mi reposo. Turbas de papeles con membrete meten mano a mi cartera entre risotadas y, con mi dinero en su poder, bailan en circulo a mi alrededor haciéndome descarnadas burlas.
He despertado en mi cama, en casa, rodeado de mi mujer y mis hijos. Al parecer me han operado del corazón, extirpado el apéndice, practicado una lobotomía y, ya de paso, hecho la pedicura. Han pasado 13 meses y necesitaré medicarme con ansiolíticos el resto de mi vida.
Por fortuna, según me cuenta el mayor de mis hijos, él se hizo cargo de todo y mujer se convenció de que era un error. En definitiva, se ha podido actuar a tiempo.
Me relata que, en un principio, habló con un abogado para explicarle la cuestión en la intención de pleitear los distintos asuntos. Por fortuna, el letrado era amigo y le advirtió de lo estéril, costoso y peligroso de tal opción. En nuestro mundo, acudir a la justicia por asuntos de pequeño importe contra la administración supone, siempre, pagar en abogados más que el importe de la reclamación, aunque se gane el pleito. Es un pequeño margen que la Ley le da a la las instituciones para que hagan lo que les de la gana mientras sea por pequeño importe. Recomendó que mi hijo hiciera de leguleyo ante cada institución, con la boina entre las manos y mirando al suelo como en tiempos ancestrales, y tratara de conseguir de ese modo algún resultado positivo.
El resultado final es:
-Hacienda reconoce que no tengo negocio ninguno y me retiran la sanción. No obstante, no me pueden quitar la correspondiente a no haber contestado su escrito en plazo por lo que les debo 450 dibueuros por tramitación. Añaden 1.200 por haber presentado el IRPF fuera de plazo que venció mientras yo estaba anestesiado.
-La Seguridad social se aviene a aceptar que jamás he tenido empresa ni trabajadores por lo que sólo me descontarán 15 dibueuros de la pensión los próximos 30 años por la desvergüenza de no habérselo advertido antes. Además, me vigilarán de cerca durante algunos meses.
-La parroquia no ha cedido pese a que ni siquiera he sido bautizado y jamás he ido a la iglesia. Aceptan, no obstante, a condonarme la deuda si uno de mis nietos ejerce de monaguillo durante 100 domingos para compensar la falta de vocaciones.
-Mi ayuntamiento me conmuta la falta del feldespato (sigo sin saber qué puñeta es eso) por la aceptación por mi parte de 25 multas de aparcamiento en los próximos 24 meses.
-La Jefatura de Tráfico se conforma con cortarme el agua.
-Con Correos no ha habido solución y, al parecer, me han estampillado la frente mientras estaba sedado.
Me informa mi hijo que, aprovechando la confusión, el Ministerio de Vivienda y Acomodo ha embargado mi sofá y se lo ha llevado. Vale, estaba roto.
A mi buzón lo han procesado por intento de homicidio.
¡Ah! El banco se había equivocado y ha anulado todos los cargos. Además, a modo de disculpa, me ha ingresado en cuenta un juego de cacerolas del que podré disponer vía cajero automático.
Los problemas colaterales como la devolución de todos los recibos que han llegado mientras la cuenta estaba bloqueada (agua, seguros del coche y la casa, teléfono, electricidad, gas ciudad, mi suscripción a la revista “Labores de punto”, etc, etc...) me tendrán ocupado hasta el día de mi muerte.
El sustento de la familia de mi hijo mientras resolvía las diferentes cuestiones se arregló gracias a una cuestación popular y la ayuda desinteresada de la asociación de “Amigos del buen yantar”, la agrupación folclórica local, dos mendigos y la vecina del quinto.
Con todo el follón, por desgracia, no ha podido evitar perder el contrato temporal que tenía (desde hace 12 años) pero, como Dios aprieta pero no ahoga, le ha salido una sustitución de tornero fresador en una fábrica de rosquillas.
Finalmente, parece que la causa tuvo que ver con un fallo en el sistema operativo Güindos del ordenador central del Ministerio de asuntos mundanos que confundió mis datos con la lista de la compra de la señora del conserje. Doy gracias a que un viejo funcionario, a punto de jubilarse, tiene la manía de seguir haciendo su trabajo en papel y así se pudo comprobar y corregir el error.
No puedo presentar reclamación al fabricante del Güindos pues en nuestro mundo se acepta que este producto en particular, a diferencia de todos los demás, falle, tenga errores, agujeros, no funcione y esté de baja médica sin parar por infecciones de lo más diverso.
En fin, que todo sea para bien. Ahora, por favor, deben disculparme que necesito algo de reposo.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Se ha perdido todo. El fallo del güindos del ordenador central del ministerio ha producido un efecto en cascada y se han borrado todos los datos almacenados hasta el momento.
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viernes, 1 de febrero de 2008
La noria
Los dibujos, en nuestra locura y frenesí, actuamos como un caballo desbocado atado a una noria. Mucho esfuerzo traducido en ningún avance. En definitiva la ecuación de la ley fundamental de nuestro mundo:
eficacia limitada - eficiencia negativa = derroche y despilfarro elevado a locura colectiva.
¡Esto es el fin del mundo!
¡Qué pasa! ¡Los mayores tenemos la prerrogativa de escandalizarnos! ¡Nos lo hemos ganado!
Estamos tan locos que nos quedaremos sin pan por producir combustible para fabricar cosas que ya tenemos -o gasolina al coche- y prescindiremos de las patatas para que nos sigan dando bolsas de plástico en los supermercados.
¿No lo sabían? En nuestro mundo hacemos el combustible con cereales y se van a fabricar las bolsas del supermercado con patatas para que no sean tan contaminantes. ¡Así está el pan a como está!
¡Genial! Ahora que caigo, con la de bolsas que se gastan, la patata pasará a la misma categoría alimenticia que el caviar en pocos meses.
¡Oh cielos, qué horror! ¿Y yo qué voy a comer?
¡Ya sé! Las bolsas de los supermercados serán comestibles. Puede que cociditas y bien condimentadas... Un sofrito de cebolla, un poquito de orégano, una ramita de laurel... es cuestión de probar.
Aunque, a lo mejor, el gobierno está aplicando la ley de inercia de Newton.
Enunciado: “para que un cuerpo altere su movimiento es necesario que exista algo que provoque dicho cambio”.
Es decir, han pensado que la manera de que cambiemos es dejarnos sin comer y así aprenderemos.
No está mal. Las leyes físicas suelen cumplirse pero, habiendo cabezas dibuhumanas por medio, no sé yo... A veces vale más una patada en los h....
¡Ya he perdido los nervios otra vez! ¡Oh cielos, qué horror!
Vale que los dibujos tenemos cualidades elásticas y de auto reconstrucción (véanse, por ejemplo, los trompazos que damos en nuestras películas) y todo nuestro mundo tiene un cierto grado de flexibilidad, pero estas capacidades son limitadas y dependemos del sistema que nos mantiene. Por ejemplo:
-De la totalidad de planetas de nuestro Sol (132 contando al coyote del correcaminos que está en órbita desde hace unos meses) sólo podemos habitar en uno.
-De los 19.877 metros que van desde la sima oceánica más profunda al pico del Everest, podemos vivir sólo en unos 4 o 5.000 metros (en general no más de 3.000). Sobre los 5.000 se nos salen los ojos y bajo el nivel del mar nos explota la cabeza al aguantar la respiración.
-Del rango de temperaturas posibles en el universo que van de los 273 grados bajo cero (la más fría posible) a unos 9.700 millones de grados, apenas somos viables en un rango de 50-60 grados. Fuera de él nos desintegramos en cubitos u olemos a barbacoa.
-Si nos da el sol de verano más de media hora seguida nos cocemos en nuestra propia tinta.
-Somos incapaces de aguantar más de dos suegras o un documental entero de la dos sin que se nos ponga la cabeza en forma de poliedro regular.
Y nosotros, pasando de todo, dibujocéntricos a tope.
Es, al global de nuestro mundo, como si algunas células de nuestro organismo, inconscientes de su naturaleza y dependencias, anduvieran, ¡qué sé yo!, parcelando el hígado para hacer adosados, taponando la tráquea porque hace mucho aire en los pulmones, desviando las arterias para llenar piscinas o cortando trozos de la tibia para hacer hogueras. Y, además, ¡con ansia!
Como dice mi amigo Obelix: “¡Estamos locos los dibuhumanos!”.
¡Me planto! Voy a hacer las tostadas en la sartén y no voy a comprar otra tostadora hasta que me garanticen que es reparable al menos, digamos, por unos 50 años.
Todo sea por la memoria de Margarita.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Se inician las observaciones. Las fuerzas de orden público han irrumpido y han confiscado las fotos de señoritas. Les han dado sendos cachetes a los físicos alborotadores y el equipo completo se ha puesto a trabajar. Han confeccionado un estudio de 612 folios de los que 610 son bibliografía, uno la introducción y otro la portada.
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jueves, 31 de enero de 2008
Algo me rebulle
Hoy, en concreto, he despertado con la mosca de que ayer me pasé con mi respuesta al señor de la ITV. Puede que me quedara algo de mala conciencia.
Tengo que reconocer que casi todos los dibujos tenemos, por temporadas, brotes esporádicos de exceso de autoestima y, seguramente, el señor de la ITV estuviera en uno de ellos. No debí tomárselo en cuenta.
Quiero decir: Cuando, por suerte (las más de las veces) o por acierto (las menos) tenemos éxito en algo, nos crecemos en todos los demás campos hasta el paroxismo.
Un ejemplo aclarará la cuestión: Un amigo, mecánico de profesión, salió de concejal en el ayuntamiento de su pueblo (iba en el puesto 6 de la lista). Se creció tanto con su nombramiento que, al poco, no tenía reparo en dar conferencias, por doquier y a troche y moche, sobre mecánica cuántica, campo del que no tenía ni la más remota idea. Curiosamente, se enfurecía si le sugerías que, aún siendo él oficial mecánico y aunque el tema se llamara “mecánica cuántica”, no sabía de lo que estaba hablando.
Es un fenómeno natural y comprensible. A mí, sin ir más lejos, una vez que me tocó el reintegro de la lotería primitiva, tuvieron que ir mis hijos a buscarme para evitar que hiciera el ridículo. Me había subido a un cajón de naranjas, en mitad de la plaza, y estaba dando una disertación sobre “Las partículas subatómicas y la Teoría de cuerdas” a un grupo de atónitos transeúntes. Luego no recordaba nada. Fue como hipnótico.
Sí, seguramente ayer me pasé con el señor de la ITV. Debo ser más moderado y comprensivo.
Se me ha roto la tostadora. Se llamaba Margarita.
Para apurar el pan duro que me quedaba (a 90 céntimos la barra parece barato pero, señores, eso son 30 duros de los de antes, ¡30 duros!), había pensado en desayunar unas tostadas pero, mucho me temo, no va a poder ser. Lo gastaré en torrijas o picatostes.
Me parece recordar que no hace mucho tiempo que la compré. He mirado la garantía.
Estaba cantado. Hace dos semanas que terminó. En nuestro mundo, plazo de garantía es sinónimo de vida máxima.
Me he puesto a buscar la manera de desmontarla y parece que no hay forma.
Enredando, le me metido el cuchillo por una ranura y del calambrazo he aparecido sentado en la lámpara del salón. Ya sé, manido pero real.
Parece que no podrá repararse. No se crean, ya me lo esperaba. Es lo habitual de un tiempo a esta parte.
Bueno, a lo que iba. Está claro que, como no tiene solución, tendré que tirarla y comprar una nueva.
Rezo un responso por Margarita.
Puede que lo de estrenar por estrenar, por alguna rara disfunción cerebral , nos sea muy satisfactorio pero paréceme que el asunto adquiere tintes preocupantes.
Me asalta, como por ensalmo, una idea a la oreja. Otras veces me asaltan a otras partes del cuerpo. A la cabeza, las menos.
Preocupados como andamos por la energía, la ecología y el calentón global, no tenemos reparo en fabricar cosas que, tal y como están hechas, no tienen arreglo posible. ¿Cuanto valdrá reciclar la tostadora? ¿Por qué reprocesar la carcasa de plástico para volver a hacer, con sus restos, otra igual? ¡Si la carcasa no se ha roto! Y así con cada pieza. ¡Y con cada pieza de cada cosa de las que tenemos!
Y digo yo que la tostadora nueva no tendrá tantos avances tecnológicos como para justificar la destrucción total de la vieja. ¿O sí? Lo mismo viene con ABS, ESP, radio CD y pantalla a color vía satélite. De ser así.... ¡Da igual! ¡Seguro que no es tan guapa y alegre como mi Margarita!
¿Y la energía que se consumirá en el proceso de destruirla y volverla a construir?
Sin contar con que, posiblemente, algunas piezas no se puedan reciclar y vayan de cabeza a contaminación pura y dura. Por fortuna la mía no es atómica y se reciclará en unos 1.000 o 2.000 años. Pero es que, incluso habiendo grandes innovaciones tecnológicas, quizás se puedan incluir en la vieja sin necesidad de tirarla entera.
¿No sería posible ponerle airbag y ABS (de verdad, no como los del mio) a un coche que no los tenga y mejorarlo sin tirarlo entero?
¡Cuánta pregunta! Esto parece un concurso de la tele.
Imaginen destruir todos, ¡todos!, los elementos de un coche para hacer uno completamente nuevo que sea, eso, simplemente otro coche pero con airbag.
Tómese un coche desechado.
Llévese al desguace.
Póngase a unos señores a desmontarlo por tipos de piezas.
Sepárense plásticos de metales, tejidos y otros materiales.
Arránquense las máquinas.
Tómese el resto y métase en una prensa.
Hágase un taco de metal con él.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense los plásticos.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense los tejidos.
Arránquense las máquinas.
Tritúrense las gomas.
Tírense un montón de cosas que todavía valían.
Transpórtese todo para acá y para allá.
Arránquense las máquinas.
Cójase el metal y vuélvase a fundir y planchar.
Arránquense las máquinas.
Cójase el tejido y vuélvase a hilar.
Arránquense las máquinas.
Cójase el plástico y vuélvase a darle forma.
Transpórtese todo para acá y para allá.
Arránquense las máquinas.
Vuélvase a montar todo pero añadiendo el airbag.
Transpórtese el coche otra vez a mi pueblo.
No he detallado mucho el proceso, pero, a grandes rasgos, tiene bemoles (y tornillos) la cosa.
Propuesta 1: Comprarles un Mecano, o un Lego, a los fabricantes para que sacien sus ansias y entretengan los ratos en que no tengan que fabricar por no ser necesario (aunque bien podrían dedicar ese tiempo a inventar mejoras o nuevos artículos que sean un avance real).
Propuesta 2: Si no pueden parar de fabricar, animarles a que produzcan tostadoras nuevas para los habitantes del planeta que no las tienen (la inmensa mayoría) pero diseñadas para que puedan repararse.
Ahora, como van las cosas, más las alquilan que las venden. A ellos puede que les interese pero a mí me obliga a entregar mis preciados y escasos dibueuros (=trabajo), otra vez, por todos los elementos de la puñetera tostadora nueva cuando Margarita ya los tiene todos menos el que se ha roto.
¡Más madera, más madera!
Ellos no paran de trabajar para mí (tostadora tras tostadora) y yo para ellos (tostadora tras tostadora) pero, eso sí, yo sigo teniendo una tostadora, y sólo una tostadora. ¡Y esto es crecimiento económico! ¡Pues yo sigo como estaba pero más pobre!
Me asalta (esta vez al dedo) la aterradora imagen de un ejercito de tostadoras demoníacas invadiendo el mundo a paso marcial, mientras expelen tostadas sin parar, ocultando el firmamento y calentando el ambiente.
No lo veo claro, no adelanto nada. Es como correr sin parar alrededor de un mismo punto sin avanzar lo más mínimo. ¡Como si el tiempo y la energía fueran infinitos y los regalaran!
¿Y qué pasa con Margarita? Margarita,... mi querida Margarita. Tus amigos y familiares no te olvidan.
Un momento. Con la emoción me está subiendo la tensión y me tengo que poner una pastilla de nitroglicerina bajo la lengua.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Se han presentado los dos físicos que se quedaron en el burdel y se han puesto a predicar sobre una nueva religión que han inventado partiendo de su estudio sobre el desafío de los pechos de las señoritas a la ley de la gravedad. Han ganado 415 adeptos (todos) al mostrar las fotos realizadas en el transcurso del antedicho estudio.
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martes, 29 de enero de 2008
Revisiones
Ahora, con calma, voy a revisar el etiquetado de mi compra.
En este loco mundo estamos muy concienciados con el origen y proceso de todo lo que compramos. Para dar respuesta a esta inquietud, nuestro gobierno tuvo el buen criterio de aprobar una ley sobre etiquetados que viniera a aclarar nuestras dudas.
La de pan rallado reza:
-Harina de trigo.
-Agua.
-Sal.
-Levadura.
-Antioxidante E-300. Puede ser aceite 3 en 1.
-Antiapelmazante E-170. Este se usa mucho en los suavizantes para lavadoras.
-Emulsionante E-472. Muy usado como tranquilizante para estabilizar a los histéricos.
-Trazas de lecitina de soja, leche en polvo y de hierro (de la máquina de rallar).
Hecho en República independiente de Moldovia.
Aclaro que los extraños números que acompañan a algunos productos son sus nombres en sánscrito, por si lo compra un sacerdote Indostaní.
Bueno está. De 10 componentes, 5 son lógicos y no hace falta cruzar el mar para traerlo.
Voy por las etiquetas económicas. Son nuevas y nos informan del destino, en porcentaje, del dinero que hemos pagado por el producto. Son muy acertadas y esclarecedoras. Consisten en unas tablas informativas. La primera reza:
INTERVINIENTES | Porcentaje del precio total |
| Productor materias primas (Moldova) | 10% (10 céntimos por dibueuro) |
| Fabricante (Moldova) | 18% (18 céntimos por dibueuro) |
| Distribuidor/Vendedor (Dibuespaña) | 72% (72 céntimos por dibueuro) |
| TOTAL | 100% |
Está dentro de los parámetros habituales. Como es corriente y lógico, la mayor parte de los ingresos se destinan a la parte de la venta. Ya se lo conté. ¿Cómo sino se pagarían la cantidad de anuncios, los lujosos edificios destinados a vender, los metros y metros de suelo destinados a aparcamientos en los centros comerciales, el mobiliario e iluminación de diseño de las tiendas, los folletos impresos de las ofertas semanales, etc, etc.? Por desgracia, la terca resistencia que tenemos los dibujos a comprar cosas de primera necesidad como el pan, la leche, las verduras, y tantas otras, obliga a la cadena de distribución y venta a gastar ingentes cantidades de dinero para convencernos, razón por la que, al final, es tan caro y, paradójicamente, el que los produce apenas gana dinero (o incluso lo pierde). ¡Ah... si los dibujos fuéramos más propensos a comprar todo esto...! ¡El dinero que ahorraríamos...!
Reproduzco la segunda que es algo más complicada pero muy ilustrativa.
CONCEPTOS | Dibuespaña | Otros países | TOTAL |
Mano de obra | 10% (10u) | 1% (90u) | 11% |
Seguridad Social (médicos, pensiones y paro) | 3% | 0% | 3% |
Retribución del capital (intereses y beneficios) | 48% (80u) | 10% (20u) | 58% |
Impuestos | 9% | 9% | 18% |
Otros | 2% | 8% | 10% |
TOTAL | 72% | 28% | 100% |
La última columna indica, del total del precio del producto, el porcentaje que se destina a cada uno de los capítulos. Por ejemplo, del precio de mi bolsa de pan rallado va el 11% a mano de obra, el 3% a gastos sociales, el 58 a intereses y beneficios, el 18% a impuestos y el 10% a otros conceptos.
La ultima fila nos dice que, del precio del producto, el 72% se queda en Dibuespaña y el resto (28%) va a otros países (pese a ser un producto moldavio).
La fila de Mano de obra es muy interesante. Me dice que el 10% del precio es para mano de obra en Dibuespaña que, de 100 horas que se le hayan podido dedicar al producto, ha aportado 10 unidades, mientras que el 1% es para mano de obra en otros países que han aportado 90 horas de cada 100.
¿Complicado? Repáselo y verá que no. A partir de esta etiqueta se puede hacer un montón de elucubraciones y yo entretengo muchas de las horas de ocio que me otorga mi condición de jubilado.
Por ejemplo, los trabajadores de Dibuespaña cobramos muchísimo más que los de Moldovia (nos llevamos el 10% por diez horas y ellos el 1% por noventa). Esto está bien aunque, a medio plazo, supongo que se cabrearán.
Por otro lado, como casi todo el trabajo se hace fuera, apenas aporto al sistema de mis médicos, pensión, etc, cuando compro este producto (3%). Parece interesante pero, con el tiempo, o me suben lo que pago por esto o tendré que prescindir de mis médicos y mi pensión. Huelga decir que en Moldovia ni médicos, ni pensión ni na de na. Es otro tema por el que se terminarán mosqueando.
Luego viene el dinero. Esto siempre me ha planteado dudas. Me parece que el dinero es un poco como trabajo o energía acumulada, es decir, trabajo que no se ha gastado. Los ahorros, vamos. Pero, una vez que junté unos cuantos, puse un montoncito de billetes en la mesa de la cocina, les pedí que me fueran picando una cebolla para un guiso y no hubo manera. Al comentarlo con un amigo, me aclaró que el dinero solo trabaja para ti cuando has juntado mucho, pero mucho, mucho. Y entonces, añadió, trabaja muchísimo, hasta el punto de que puedes dejar de trabajar tú. ¿Sabían que el trabajo es sólo el 46% de nuestra renta nacional? De todos modos, debo estar equivocado pues, si el dinero fuera trabajo ahorrado, no se explicaría que haya gente que tenga dinero (trabajo) acumulado por valor equivalente al de millones de vidas de dibuhumanos.
Ahora los impuestos. La mitad va a Dibuespaña lo que mejorará mis carreteras pero, la mitad que mando fuera mejorará las carreteras de los moldavios pagándolo yo. Hummmm.....
Marea un poco pero no me negarán que es entretenido.
Por ejemplo, véanlo al revés. Cuando nosotros vendemos fuera algo hecho aquí, los de fuera nos pagan el trabajo de los que lo han hecho, los intereses de los que han puesto el dinero y los médicos, las pensiones y las carreteras de todos. ¡Está fenomenal!
Hasta que no se puso en marcha esta etiqueta los dibujos eramos muy aficionados a comprar cosas de importación, pero ahora, que ya sabemos lo que pasa con nuestro dinero, le compramos mucho más al vecino de al lado de casa y nos esforzamos mucho en vender lo nuestro fuera. Hay que reconocer, no obstante, que ha tenido efectos perversos como frenar la globalización. Una pena, pues resultaba muy rentable para los fondos de inversión y los especuladores.
Vale, revisión de etiquetado cumplida y, como de revisiones ando, he pensado en pasar la ITV de mi coche.
Primero tengo que darle un repasito. Le pongo, de mi provisión personal de repuestos, el piloto roto y le quito algunos accesorios ilegales que le tengo puestos. ¡Qué quieren, la moda del tuneado nos afecta a todos!
Por ejemplo, como está de moda que los coches tengan una pila de artilugios y un amigo se reía del mio por no llevar ABS, EPS, airbag y otra tira de cosas, que ni él ni yo sabíamos qué eran, para que mi pobre y viejo coche no se acomplejara, no tuve más remedio que actuar.
En consecuencia, le quito las bolsas de supermercado que le pegué, muy dobladitas, en el volante y en el lado del conductor. También quito los botones de ABS, EPS (muy de moda) y los de CDF y HFT que le puse para que pudiera presumir de ser el único que los tenía aunque, en realidad, ninguno de ellos hace nada, son de pega.
Repaso el estado de las ruedas y, acoplándome mi cuello elástico, miro las luces de freno mientras piso el pedal.
Vale, ya está listo, vamos a la ITV.
Le entrego la documentación y le pago a un señor que se llama Hygiaphone (es un nombre muy común entre los oficinistas que atienden ventanillas en nuestro mundo).
Como a mí en el médico, al pobre coche le meten tubos por los orificios, le miran los bajos, le zarandean, le obligan a enseñar sus partes ocultas y a hacer ejercicios raros.
Finalmente, un señor, muy tieso, sabiondo y releído, me dice que todo está bien pero que mi coche está algo frenopático.
Perplejo, le pido que me lo aclare. Con cara de infinita paciencia, como el que le habla a un borrico, me explica que el coche está mal de los frenos, que tengo que revisarle los discos y las zapatas.
Le contesto:
“Ita proelium restitutum est, atque omnes hostes terga verterunt neque prius fugere destiterunt quam ad flumen Rhenum milia passuum ex eo loco circiter quinque pervenerunt”.
Al ver la cara que pone, me envalentono y añado:
“An einem Orte der Mancha, an dessen Namen ich mich nicht erinnern will, lebte vor nicht langer Zeit ein Junker, einer von jenen, die einen Speer im Lanzengestell, eine alte Tartsche, einen hagern Gaul und einen Windhund zum Jagen haben”.
Quid pro quo. ¡Cuando quieras vuelves!
Son cosas que pasan. En fin, tendré que dar un repaso más a fondo al coche, pero eso será mañana que por hoy ya está bien.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sigue siendo “San Alberto Magno”, patrono de los científicos, festivo. Con suerte, mañana ya no lo será.
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domingo, 27 de enero de 2008
Paranoia incipiente
Aclaro que la caja rápida no lo es por ir deprisa, lo es por la prisa que nos invade al llegar a ella. Perdemos las formas, nos amontonamos y apretujamos sin miramientos, como si al final de la cola hubiera un león presto a mordernos el trasero.
Espero....
Espero....
Espero....
Espero....
Mientras, calculo el total de mensajes publicitarios que he recibido durante mi visita. Ascienden a 78.254. Me costará semanas eliminarlos de mi mente y dejar espacio en ella para otras cosas. Ahora conozco cientos de marcas, ofertas y productos nuevos que ocupan un espacio precioso de mi cerebro del que, dada mi edad, no puedo prescindir. Afortunadamente, un médico amigo me extirpó de un cachete (pese a ser ilegal) la glándula de compra compulsiva por lo que no lograrán que me deje la pensión en la tienda.
Ya me toca. Pongo el paquete en la cinta y observo a la señorita pasarlos por el ojo rojo del “gran hermano”.
Ahora, si pago con la tarjeta, el gran vigilante sabrá (y almacenará) el tipo, marca y precio de pan rallado que me gusta.
Además, comparándolo con mis otras compras, conocerá la frecuencia con la que los consumo y, por la lista de los productos que suelo comprar, si mi dieta es equilibrada, si tengo alto el colesterol, problemas de estreñimiento o si ando bajo en calcio; como alguna vez compré prendas de vestir conocerá mi corpulencia general y mis gustos y colores preferidos (incluida mi ropa interior); por mis adquisiciones de droguería, el tipo del resto de prendas que tengo en casa (blanca, de color, delicadas), si voy alguna vez a la playa, si tengo estrías o calvicie, el ph de mi piel y su grado de sequedad, si tengo caries o sarro, si tengo pérdidas de orina o si tengo el culo irritado o encallecido.
Vamos, mi ficha completa asociada a mi nombre y dirección.
Y todo ello sin pensar mucho, que si miran, juntos, los yogures que compro, el tipo de cereales para el desayuno, el tipo de papel higiénico y mi lista de comestibles, sabrán color, textura, aroma y frecuencia de mi deposiciones. Y, a partir de ello, mi esperanza de vida y si necesito un servicio de limpieza de desagües.
Si recibe una oferta de yogur desatascador, sospeche, amigo, sospeche.
Antes pagaba con tarjeta y, cuando caí en todo esto, dejé de hacerlo. A las dos semanas la empresa mandó a mi mujer una carta de pésame y una corona de flores. Pensaban que me había muerto. Mejor. No aclaré la cuestión.
Como todo esto me molesta cantidad, pago en efectivo.
No obstante, la señorita me pregunta si es que no tengo la tarjeta de fidelización (je, je,... si, semper fidelis) y me enumera sus grandes ventajas.
¡Tiene guasa! Cuarenta años para legalizar el divorcio y ahora se quieren casar con nosotros hasta los supermercados. Yo tuve una vez una de esas tarjetas y me costó que se olvidaran de mí más tiempo que una nulidad matrimonial por lo pobre.
Alardeando de paciencia, ante la admiración y comentarios de los presentes, le digo doce veces que no.
Con mi mapa del tesoro en la mano, busco mi reguero de migas de pan y me encamino al coche. Cuando he dejado la compra en él, me asalta un señor que se ofrece a dejar el carrito en la fila. Como tiene mal encare, le digo que sí y se lo entrego.
Me subo al coche y calculo. Tres horas de mi tiempo, gasolina de ida y vuelta, el dibueuro del carrito (se lo ha quedado el señor), el trauma cerebral por invasión de anuncios... Conclusión: el pan rallado “de oferta” me ha salido por un congo.
Sea, no me queda alternativa. Pero me jode..., ¡no vean como me jode!
Salgo pitando para casa. Esto ha sido un suplicio.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sigue siendo “San Alberto Magno”, patrono de los científicos, festivo. Como un ordenanza repuso los carteles en su sitio, los astrólogos, quirománticos y adivinadores, que no están de fiesta, han encontrado las oficinas pero, al verlas cerradas, han pensado que el experimento ha finalizado y se han ido a casa.
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sábado, 26 de enero de 2008
Cosas de la evolución
Me llamaba de no se qué compañía de teléfonos para explicarme la nueva tarifa de oferta.
Me ha tenido 15 minutos escuchando, gastándome la batería, para explicarme que la nueva tarifa me permitiría llamar a Beluchistán de 18:30 a 19:45 todos los impares del mes que coincidan con los pares de la semana, incluso sábados y martes -excluidos los viernes por la mañana-, siempre que no sea a abonados de la compañía Microphone-Altaphone (la más importante de Beluchistán) todo por la módica cuota de 2 euros al mes y, como es una oferta, sin cobrarme el alta en el servicio. Jura y perjura que obtendré grandes beneficios si me suscribo.
¡Vaya guasa! Hace tiempo que descubrí que, salvo los ingenieros en tarifas telefónicas -y siempre que hayan hecho el doctorado y se hallan empotrado un televisor en el ojo para estar al tanto de los cambios de tarifa- al resto de los mortales nos engañan y nos cobran lo que les da la gana.
Dígame si, cambiando la tarifa según el día de la semana, la hora, la compañía del destinatario, el plan de precios del mes y la estación lunar, tiene usted la más mínima probabilidad de saber lo que la va a costar el servicio. ¡Ni con una regla de cálculo, un GPS y un ordenador Ex-Plotium 3'1416 de última generación! Para saberlo necesitaría llevar un diario detallado de todas y cada una de sus llamadas, tener sincronizado su reloj con el reloj de la compañía y, antes de decir hola, preguntar a su interlocutor cual es su compañía de teléfono y en qué meridiano y hemisferio está en ese momento. Añada que, seguramente, su compañía de teléfono ha cambiado su tarifa, unilateralmente, hace diez minutos y no le ha avisado. Se evidencia que la evolución tiende a la complejidad.
No cuela. Es como el timo de la estampita. Aclaro que, hace meses, decidí cambiar yo también -ya saben, la segunda parte contratante de la primera parte contratante- unilateralmente las tarifas cuando me viniera en gana y dejar de pagar cuando se me antojara. Urge un producto del tipo Cilit Bang en este mercado.
A la señorita, cuando ha consentido dejarme hablar, le he informado que se había equivocado, que me ha llamado al zapato y que, como acabo de pisar un chicle, no puedo seguir hablando con ella sin antes despegármelo de la oreja. Sobre su oferta le puntualizo que “más vale un toma que dos te daré” y le pido que se deje de monsergas.
Incluyo, en mi carpeta de varios, nota de contactar con el Tribunal de defensa de la competencia y las organizaciones de consumidores para exponerles mis inquietudes al respecto (temas de seguridad jurídica, conocimiento del precio y tal) por si consideran conveniente estudiarlo y, quién sabe, quizás intervenir.
Tras unos momentos esperando a que mi carrito vuelva a pasar por mi lado, me agarro a él, al vuelo, y me dejo llevar otra vez.
¡Loor al señor, oxana en el cielo!
¡Milagro!, ¡milagro! Acabo de descubrir que el Tetrabrick ha evolucionado. Por alguna mutación genética, ahora tiene una forma más cilíndrica y un tapón con rosca. Es una progresión interesante, teniendo en cuenta que se inventó en 1.951. Con el paso de otros pocos años conseguirán dotarle de un grado variable de transparencia con lo que habrán reinventado la botella.
No lo compro pues, hasta que no tenga la cualidad de transparencia, sigue sin resolverse el problema de seguridad de estos productos en las grandes superficies.
Me estoy luciendo. Llevo 3 horas aquí y todavía no he comprado nada.
Me consuela el hecho de que me distraigo mirando culos. ¿Se sorprende? De siempre se ha sabido que el varón mira el culo de las hembras. Recientes descubrimientos -las mujeres, previamente tratadas con pentotal, por fin lo han confesado- han evidenciado que ellas también miran el culo de los hombres. Como, además, es una parte de nuestra anatomía que, a menudo, suele diferenciar a los dos sexos, hay que concluir que, por ignotas razones evolutivas, el ser dibuhumano se pasa la vida mirando culos ajenos. No es un rasgo muy espiritual pero nos viene impuesto por nuestro ADN. De aquí a lo sublime apenas hay un paso ¿no?
Esto demostrará a los creacionistas que Darwin tenía razón, que la evolución existe y se acabará la discusión. O puede que Dios sea una pizca guasón, que nunca se sabe.
¡Uf! Llevo demasiado tiempo en la tienda. Tenía que ir saliendo.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Sigue siendo “San Alberto Magno”, patrono de los científicos, festivo.
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viernes, 25 de enero de 2008
De compras
Cuando los pusieron en funcionamiento, durante todo el tiempo que pude, intenté mi personal rebelión civil a esta fórmula de comercio. Tengo muchas razones para mi protesta. Detallo una como ejemplo: como son establecimientos nuevos, muy costosos, al pagar mis compras pagaré con ellas el edificio y sus instalaciones (que de las viejas tiendas ya estaban pagadas) por lo que los productos que compre, sin duda, serán más caros. ¡No creerán que la tienda la paga el dueño! Aquí se la pagamos los compradores, incluidos intereses, en cada compra que hacemos. Por esta razón es sencillo adivinar el nivel de la clavada viendo el lujo de la tienda, mármoles y demás (aunque los productos sean los mismos).
Desgraciadamente, los demás establecimientos fueron cerrando poco a poco (mutando en videoclubs, ya saben) y no me ha quedado más remedio que pasar por el aro.
Para empezar, tengo que mover el coche ¡con lo que me cuesta dejarlo aparcado! Mi propio coche tampoco es muy partidario de ir a estos sitios pues existe la leyenda urbana entre los de su especie de que en los parkings de estos establecimientos pulula un virus que, frecuentemente, les provoca abolladuras, arañazos y roturas de pilotos sin que se sepa muy bien la causa.
Tras la odisea de atravesar la ciudad para llegar hasta allí (que consume unos 50 minutos y una arroba de paciencia), consigo aparcar en la plaza 102 Z Naranja en la zona 3. Anoto la ubicación cual plano del tesoro y dejo un reguero de miguitas de pan en el suelo, mientras me encamino a la tienda, para no perderme en la vuelta al coche.
Cuando voy a coger un carrito, caigo en la cuenta de que no llevo la consabida moneda. Voy hasta la tienda para pedir cambio a una cajera.
Deambulo por el aparcamiento hasta encontrar la fila de carritos e inserto la moneda. Pese a mis tirones, el maldito trasto no se suelta.
Me destrozo la uña y me disloco el dedo intentando sacar la moneda.
Finalmente, consigo hacerme con él y, con el problema logístico resuelto, entro en la tienda.
En el momento de entrar, comienza a sonar un pitido insufrible y se me abalanza a las costillas un guardia de seguridad, en actitud amenazante, presto a cachearme. Consiento en desnudarme por piezas (no sé por qué pues no es agente de la autoridad aunque parece tener más potestades de un policía) e ir pasándolas por el arco de seguridad para ver qué es lo que produce el pitido. Afortunadamente es mi chaqueta (ya me veía en calzoncillos en mitad de la tienda) que guarda en una bolsa cerrada para evitar problemas similares a la salida. Me explica que seguramente tendrá algún chip en la etiqueta que olvidaron desactivar cuando la compré.
Me mosqueo. Nadie me había advertido de que en mi chaqueta portaba un chip localizador y vocinglero. Empieza a preocuparme esto del control.
Mi carrito, que tiene vida propia, se empeña en pasarme por las secciones de electrodomésticos, ferretería, artículos de jardín, complementos para el automóvil y lencería. Como me lo hace siempre, ya he desistido de imponer mi criterio y le dejo que haga lo que quiera. Su comportamiento es un claro ejemplo del principio de incertidumbre de Heisemberg:
¿Donde va?: ¡Y yo que sé!
¿A qué velocidad?: ¡Y a mí qué me cuenta!
Me dejo llevar.
En la pescadería están de oferta el Sinohydrosaurus lingyanensis salvaje del cretácico (en congelados) y la lubina cultivada de Nueva Zelanda (aquí al lado) en frescos. Mi nieto, que ya piensa que la carne se fabrica como las chuches y luego la venden en bolsas, creerá que la lubina se planta como los melones.
Ya saben que soy sistemático. Antes de venir he hecho mi lista de la compra por secciones.
Cuando el carrito gobierna pasar por la sección de droguería y perfumería recuerdo que tengo que comprar algunas cosas para la casa. Como suelo hacer, primero miro al suelo del principio del pasillo durante unos segundos. Luego, muy poco a poco, levanto los ojos hasta que el campo de visión permite ver todo el pasillo. La razón de este extraño comportamiento es que, si miro rápido, mi cerebro no es capaz de procesar tal cantidad de artículos y carteles. Adopté esta drástica medida cuando empecé a sentir aturdimiento, mareos y algún desvanecimiento al mirar desprevenidamente.
Debo aclarar que, en nuestro mundo, los carteles de ofertas sobresalen de las estanterías, agitando los brazos y señalando a los productos que, al tiempo, saltan en sus anaqueles. Algunos incluso dan gritos para llamar la atención de los desprevenidos compradores. Montan un jaleo informativo monumental.
Empleo unos quince minutos en procesar la parte general de la información y comienzo a recorrer el pasillo, mirando a la derecha, primero en un sentido y luego en el otro. Por fin encuentro la zona de jabón que buscaba. Calculo que, en tan corto trayecto, he recibido unos 230 impactos publicitarios de diversas marcas y unos 36 de ofertas de la semana. Algún cartel me ha tirado también de la nariz, debe ser una nueva treta publicitaria.
Tras unos minutos de esfuerzo para librarme del bombardeo de los anuncios, me centro en lo que yo busco.
Hay 37 clases de jabón, todas marca “La lagarterana feroz” (del propio supermercado) cuyos envases difieren en color, forma, etiquetado, virtudes y precio. Curiosamente, ninguna etiqueta menciona su capacidad de lavar aunque resaltan cualidades tales como su capacidad de producir efectos alucinógenos, mejoras intestinales, aroma de plantas exóticas y reinserción social en diversas tribus urbanas. Yo quiero uno que lave y no quiero pagar por otras cosas que no quiero. Como saben, es una manía que tengo.
Los precios son muy variables y es preciso hacer el doctorado universitario de “Comparador de precios de productos” para decidir.
Veamos: Un bote de 237 centilitros con una densidad de 1'6 a 0'9 atmósferas, en envase opaco, tono pastel, de sensual forma femenina, concentrado (¿de qué? ¿en sí mismo?), que vale 36 dibueuros, tiene de regalo de producto, en el mismo bote, un 20% (y por qué no un 93%, ¡lo ellos quieran decir!) y le es aplicable una oferta de la tienda del 10% o la de tres botes por dos, dependiendo de si, al tiempo, compras dos pares de calcetines.
¿Confuso? No lo vuelva a leer. No merece la pena.
¡Anda ya! ¡Que lo averigüe su madre!
Por fortuna, en el estante de abajo, tras dos paquetes de galletas y un señor acurrucado para que no lo encuentre su señora, localizo un bote que pone “jabón”, con la etiqueta semiborrada, y que, sin más zarandajas, vale la mitad que los demás.
No crean que ya está arreglado. La exposición pública de los productos plantea problemas de seguridad que no están del todo resueltos. Ahora tengo que verificar que la integridad del bote y su contenido no ha sido alterada. Cualquier señor o señora, de los miles que transitan la tienda, ha podido abrir el bote y vaciar la mitad, o rellenarlo con ¡vaya usted a saber qué! Como es opaco, no puedo ver el contenido y, aunque pudiera pesarlo, como no sé su peso específico, no podría saber si está lleno o tiene lo que dice tener. En cuanto a la integridad del cierre, tengo que abrirlo para verlo y, si lo abro y no me lo llevo, el siguiente comprador no sabrá si hay alteración o no, cosa que puede haber pasado antes y padecerla ahora yo en este envase. ¡Qué lío!
Trato de resolverlo preguntándole al bote y no me contesta.
Se me están hinchando las narices (a los dibujos nos pasa de verdad, no es una frase hecha). ¡Lo único que quiero es jabón!
He recordado que tengo en casa la receta para hacer jabón casero. Además es muy ecológica pues permite reutilizar el aceite usado.
¡Ahora sí está resuelto!
La transcribo aquí por si les es de utilidad:
-Tome un kilo de sosa y disuélvalo en 6 litros de agua, en un barreño de plástico mismo.
-Añada, poco a poco, 6 litros de aceite (tch, tch, colado, sin los restos de los fritos, genio) y dele vueltas con un palo.
-Remueva siempre en la misma dirección. Se irá espesando, como la mayonesa.
-El jabón está listo si sacamos el palo limpio, sin que le queden restos.
-Puede hacerse más rápido si lo hace en la lumbre. ¡Pero sin usar el barreño de plástico, hombre! (ni de estaño ni aluminio)
-Luego, vuelque el jabón en bandejas o algo así, espere uno o dos días y corte los trozos como los quiera de grandes.
¡Ya está!, jabón a mansalva para todo, por 4 dibueuros. ¡Que viva mi abuela!
Disculpen, ahora sigo, que me están llamando.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Aunque las cosas se han calmado y las aguas han vuelto a su cauce, hoy es “San Alberto Magno”, patrono de los científicos, festivo.
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miércoles, 23 de enero de 2008
Efímera visita
La entrada ha sido dura y la llegada al Hospital más todavía. Una vez allí, le he dado unas monedas a un chavalín para que estuviera dando vueltas a la manzana con mi coche hasta que terminara mi visita al hospital. Es la única forma de resolver el problema de aparcar en las grandes ciudades. Es cierto que fomenta la contaminación y los atascos pero a grandes males, grandes remedios. Y así hacen prácticas los conductores noveles.
El hospital ha sido, como suele, soporífero y ligeramente vejatorio. Me han perforado con múltiples jeringuillas, profanado mis orificios con tubos de lo más doloroso, obligado a mostrar mis partes ocultas y tumbado sobre superficies heladas y duras. Prefiero no entrar en detalles.
En general, ha ido todo sobre ruedas. Teniendo en cuenta que hace 6 meses que pedí la cita para la revisión, la cosa ha estado dentro de la normalidad. Me han dicho que los resultados de las pruebas estarán para dentro de 4 meses y que, entonces y no antes, me darán fecha de consulta. Ya se sabe: “Ad kalendas graecas”.
He salido del hospital, he llamado al chaval que anda con mi coche y, tras una corta espera de 40 minutos (lo que ha tardado en dar la media vuelta a la manzana del hospital), he podido iniciar el retorno.
Se preguntarán qué paso con los amables aparcacoches multi-étnicos que había alrededor de los puntos de gran afluencia. Sencillo, desaparecieron al desaparecer su fuente de alimento: las plazas de aparcamiento.
No me resisto a hacer un comentario sobre un fenómeno que me sorprende y que, casi seguro, no se dará en su mundo. La cantidad de gente de Dibumadrid que tiene fincas y se dedica a tareas agrícolas o ganaderas es sorprendente, a tenor del número de todoterrenos que, en lugar de los lógicos utilitarios para circular por ciudades saturadas de vehículos, se ven en sus calles. Añado que deben tener los caminos muy abandonados pues en mi pueblo, básicamente agrícola, nos apañábamos con un “dos caballos” para ir por cualquier camino.
Desde hace años me vienen pareciendo una gente un poco rara. Viven en Dibumadrid, donde se gastan una fortuna en comprar y amueblar una vivienda que sólo usan para dormir (a los que no les llega para esos precios la compran a 50 kilómetros, en mitad del campo, pero van todos los días a la ciudad). Si les preguntas, están encantados de la capital pero deben sentir nostalgia de los amigos (o de las muchedumbres) pues a la mínima ocasión salen corriendo, todos juntos, a lugares de descanso que, como van en bloque, embotellan nada más llegar. Es un comportamiento curioso ¿no? En fin, seguro que en su mundo no sucede así.
He hecho noche en un atasco, a la romántica luz de unos faros de un tal xenon, y he entablado amistad con otros tres conductores que me han acompañado durante todo el trayecto de vuelta. Me ha dado tiempo a leer las obras completas de Unamuno.
Estoy en casa.
Al hacer las cuentas de mi viaje -por cierto, he gastado 28 dibueuros en combustible- caigo en la cuenta de que con ese importe podría haber calentado mi casa este invierno casi 4 días o comprado media televisión en color. Ni imagino los días que podría haberla calentado la señora del todoterreno o el tamaño de la tele de plasma que podría haber comprado. ¡Con lo que debe gastar eso!
Reconozco que estoy preocupado por el precio de la energía y por la ecología. Vale, también reconozco que si no fuera por el precio de la energía, la ecología me importaría poco. No me duele reconocerlo pues tengo la impresión de que es un fenómeno generalizado. Los dibujos no somos famosos por nuestra capacidad reflexiva ni de concienciación. Está probado que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
En la siguiente entrega seguiremos. Ahora voy a descansar que los viajes, incluso los cortos como este, me dejan agotado.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Las fuerzas de orden público se han atrincherado en el edificio. Reivindican “Pausa café” y “croasan” como los científicos. Aprovechando el follón, un grupo de mozalbetes que andaban por la calle les han robado las tanquetas y andan por la ciudad cometiendo desmanes. Los científicos se han ido al bar de al lado y se han pedido unas raciones. Se declara el estado de excepción.
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martes, 22 de enero de 2008
¡Tierra a la vista!
Como conducir todos juntitos a la misma velocidad en autovía es muy, muy tedioso, el cerebro, díscolo, dedica el tiempo a otras actividades. Por más que me esfuerzo, no lo puedo evitar.
He dedicado un rato a limpiar el coche por dentro. Luego, he repasado las instrucciones de la radio. Es nueva y creo que jamás seré capaz de usarla -¡quiero una con un botón para las emisoras y otro para el volumen!, ¡y ya!-. Más tarde, aprovechando una recta larguísima, he dedicado un rato a pintar un óleo con un precioso motivo y he terminado la declaración de IRPF.
Estaba contando las colillas del cenicero cuando, por el rabillo del ojo, me he percatado de que el número de señales de tráfico aumentaba progresivamente.
Cual gaviotas en lontananza, es signo inequívoco de que me acerco a mi destino. En muy poca distancia, la densidad de señales aumenta de tal modo que es imposible ver el paisaje.
Otro de los efectos de la edad que he descubierto, es la merma de mi capacidad para discriminar lo que me interesa de entre un volumen muy alto de información.
Un claro ejemplo es lo que me pasa con las señales de tráfico. La verdad es que no consigo distinguir ninguna de entre todas las que veo por lo que, el día menos pensado, me voy a dar un buen mamporro.
Por ejemplo, en nuestro mundo, circulando por una autovía, cuando se aproxima una curva que hay que tomar a velocidad más moderada que la del límite genérico -digamos a unos 120 km/h sin problemas- es normal encontrar:
-Un cartel luminoso que pone “reduzca la velocidad”. Resultado: toque ligero al pedal de freno.
-Otro que dice “velocidad controlada por radar”. Resultado: frenazo brusco.
-Justo en el soporte del anterior, atornillada, una señal de prohibido circular a más de 100. Resultado: se aparta la vista de la carretera para ver el velocímetro.
- Cinco metros más allá, una que indica velocidad máxima 80. Resultado: la vista permanece en el velocímetro que es dónde tiene que estar.
- Otra, tan cercana que parece que está escondida detrás de la primera, que es la señal de curva peligrosa. Resultado: como estoy mirando el velocímetro, no la he visto.
- A corta distancia, una con unas flechas luminosas que parece indicar que te salgas de la carretera. Resultado: Duda existencial.
- Una, tamaño doble, que te recuerda que la velocidad máxima es 60 Km/h. Resultado: ¡Que mires el velocímetro, leñe!
- Un pelín más adelante, pintado en el asfalto, un texto que dice “aúpa Bahamontes”. Resultado: añoranza de años mejores.
Entre todas las anteriores, como espolvoreadas, una que prohíbe adelantar a los camiones, otra de peligro por cruce de animales, un coche radar de la policía (acompañado por un nutrido grupo de ciudadanos prestos a gozar del tercio de banderillas), una de ráfagas de viento intermitentes, otra de precaución por obras que se dejaron olvidada al hacer la carretera y, para terminar, un señor vendiendo melones.
No suele ser raro encontrar, además, que la calzada está pintada de blanco y de amarillo y que cada pintura indica algo diferente. Resultado: conducción titubeante, con bandazos motivados por la indecisión.
Aparte de que, seguramente, ninguna está justificada salvo la de curva peligrosa -y la mayoría de veces, tampoco-, intentar procesar esta cantidad inútil de información de golpe, me lleva a descuidar por completo si el conductor de delante acaba de parar a comprar melones, elevándose exponencialmente el riesgo de colisión.
Durante un tiempo, paraba en el arcén y caminando, con mi libreta de muelle de toda la vida y un boli, hacía un croquis para, tras un estudio detenido de la cuestión y ayudado por un sextante, una esfera terrestre, tres mapas de carreteras, un paralex y un astrolabio, decidir las acciones a emprender.
La solución no era muy eficaz (consumía cantidades ingentes de papel, bolígrafos y tiempo) por lo que hube de meditar otra vez sobre el asunto.
Finalmente me he percatado de que aunque mis ojos vean, mi cerebro, lo quiera yo o no, interpreta. Es decir, haya las que haya, mi viejo cerebro ignora las señales y hace su propia evaluación de la situación y riesgo. La prueba está en que ignora la señal de la curva porque ya ve la curva, la de límite de velocidad porque sabe si hay que reducir y cuánto, las demás porque no van con él y, para concluir, da prioridad a trazar la curva correctamente y a lo que hacen los demás conductores sobre todas las señales que haya. Resultado: multas a mogollón.
Las veces que, por afán de cumplir la norma, mi parte consciente ha intentado actuar conforme a las señales, mi subconsciente se ha puesto a lanzar alarmas de peligro por todos lados, reclamando el control inmediato de la situación. Cosas de dibujos... ya ven.
Mi impresión de que estoy cerca se confirma por la algarabía que se organiza de repente. Como en los aledaños de Dibumadrid los coches se ven muy a menudo, por coincidencia de trayectos y atascos recurrentes, en poco tiempo se conocen, saludan y charlan entre ellos. Son un poco escandalosos pues su fonética se limita al uso del claxon que hacen sonar con tesón aprovechando la más mínima parada.
La impresión torna en certeza al toparme con una retención de 12 kilómetros.
Algunos grupos de conductores han sacado unas mesas y banquetas portátiles y están jugando al mus. Otros se han puesto el chándal y están haciendo la tabla de aerobic en la calzada. Una señora confecciona un jersey de punto mientras regaña a los niños para que no se suban en el capó del coche vecino. Muchos conductores, puede que al borde de la locura, hablan solos haciendo aspavientos, dentro de sus coches, como si realmente tuvieran interlocutor. Están locos estos dibumadrileños...
Siempre me ha admirado que en esta ciudad se consiga sacar adelante algún trabajo. Por ejemplo, si tienen que llamar al electricista para cambiar un enchufe en casa, la reparación les debe costar un congo pues, entre ir y venir, el electricista empleará todo el día, almuerzo incluido. Y como no lleve el enchufe con él... ¡Oh cielos... qué horror!
Aprovecho la parada para despedirme de mis compañeros de viaje e intercambiar teléfonos. Ya de paso, reviso los niveles de aceite y agua de mi coche y la presión de aire de las ruedas por el tradicional método de propinar una patada en los neumáticos.
Ahora que caigo, para transportar hasta aquí los 320 kilos que pesaremos entre los cuatro conductores, nos hemos traído unos 5.500 kilos de coches. Parece un despilfarro. Tengo que estudiar la idea de hacer coches con chasis de bambú y carrocería de papel aluminio. Seguro que gastamos menos combustible y, como tal estructura apenas transmite sensación de seguridad, seremos menos propensos a pisar el acelerador.
Ya se mueve esto otra vez. Tengo que entrar en la ciudad.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ante tanto desmán, la autoridad gubernativa ha vuelto a intervenir. El edificio ha sido tomado por las fuerzas del orden público que se han comido todos los “croasan” sin rechistar.
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domingo, 20 de enero de 2008
Urgencias
El conductor del Ferrari es un agricultor (uno de los osos montañeros) que, tras divorciarse de su mujer, pidió un crédito hipotecario a 35 años y se compró el coche en el que vive y además utiliza para las faenas agrícolas. Lo ha decorado él mismo con unos arados y otros aperos y le ha quedado monísimo.
El todoterreno es propiedad de una señora que lo usa para recoger los niños del colegio e ir al supermercado a hacer la compra. Nunca lo ha usado en el campo pues es alérgica al polen y al polvo. Me ha enseñado algunas fotos de sus hijos (muy guapos) y otra de su marido al que, al parecer, ve poco pues trabaja constantemente para pagar el coche y su consumo (o eso dice).
El del Rolls Royce es un chaval joven que trabaja de fontanero. Lo compró para poder llevar con comodidad y espacio la herramienta y los materiales que necesita.
¡Vaya por Dios! Me acaban de dar unas ganas tremendas de hacer aguas menores y necesito parar con urgencia.
Esto suele ser un problema serio. Con el diseño de carreteras que tenemos y la normativa de circulación vigente, es muy difícil detenerse para esta finalidad. Antes era muy fácil. Te orillabas en el primer camino que encontraras y listo. Pero ahora...
Como la carretera está vallada, llevo 35 kilómetros buscando una salida que me permita acallar los berridos de mi vejiga y próstata sin éxito. No soy muy exigente, no necesito un bar de carretera, me vale un camino cualquiera, el que sea.
¡Por fin! Cuando empezaba a desesperar y estaba pensando en hacérmelo encima, encuentro una salida de gasolinera y me tiro de cabeza a ella.
Al entrar en la salida, un cartel que reza “¡ATENCIÓN! Bandas sonoras” me advierte de que hay contaminación acústica por la de “Jesucristo Superstar”.
Voy haciendo tanta fuerza para aguantar que me ha saltado la hernia, el braguero y el botón del cuello de la camisa.
-Freno.
-Paro el motor.
-Quito las llaves.
-Me desato del cinturón de seguridad.
-Pongo el freno de mano.
-Engrano la primera velocidad.
-Me pongo el chaleco reflectante.
-Apago el móvil.
-Apago la radio.
-Quito el seguro de la puerta.
-Me aseguro de que no viene nadie por mi lado.
-Abro la puerta.
-Me bajo del coche.
-Casi no puedo moverme. Le hago señas, encogido, tocándome las partes pudendas, al señor de la gasolinera, que está parapetado en un bunker de cristal, para que me facilite las llaves de los aseos.
-¿Lleno?, me pregunta, mientras me tiende las llaves.
-¡Hasta la boca!, le grito.
-Doy dos vueltas a la gasolinera buscando la puerta de los aseos.
-Encontrada. Con pulso tembloroso, abro la puerta.
-Bajo la bragueta... no llego, no llego...
-No consigo alcanzar el urinario. No llego, no llego. Me meo, no sin dolor, en el suelo. Aaaaaaah.....
¡Qué le vamos a hacer! A la vista del estado general, no he sido el primero ni seré el último.
Veo una pegatina que nos recuerda que debemos ser limpios en el uso de los aseos. Sin comentarios.
Mi tensión arterial ha bajado y mi pulso se ha normalizado.
Salgo del aseo, cierro de llave y, tras pagar al señor por llenarme el depósito (1'3 litros), retomo mi camino.
Me reincorporo a la carretera, justo delante de la señora del todoterreno que me hace un hueco. Al parecer, una paloma se ha meado en la carretera, a la altura de Perpignan, y hay algunas retenciones por su causa.
Ya se mueve. Sigo mi camino.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Como venían calientes de la discusión metafísica, en la “Pausa café” se ha liado otra bronca por el estado elástico de los “croasan” y la tibieza del café con leche.
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sábado, 19 de enero de 2008
Me tiro a los caminos
Al urgirme mi mujer a que salga de la cama y alegar yo mis achaques en mi defensa, se ha empeñado en que llame al médico.
No me gustan los hospitales, me dan un poco de grima.
He llamado al médico por teléfono. La señorita de centralita, o el bicho que sea, me ha pasado amablemente con el repartidor del butano tras hacerme pulsar un montón de veces los botones del teléfono y hacerme hablar como si fuera imbécil.
Tras 89 intentos, consigo hablar con un doctor en Diburrumanía (si era diburrumano es que estaba en Diburrumanía, ¿no?).
Le enumero mis dolencias:
-Visión turbia, como borrosa.
-Dificultades auditivas con pitidos esporádicos.
-Problemas respiratorios.
-Dolores articulares.
-Dolores musculares.
-Dificultades, acompañadas de emisión de gemidos involuntarios, para levantarme.
-Lo mismo para sentarme.
-Dolores abdominales, dorsales y lumbares.
-Analítica descompensada.
-Dificultades para la ingesta y digestión de alimentos.
-Pérdida de algunas piezas dentales.
-Dificultades para andar sin apoyos.
-Imposibilidad de correr o hacer movimientos rápidos.
-Esto... se dice... ¿cómo se dice? Ya. Lagunas de memoria.
-Verborrea inconexa.
-.....
Me ha parado el discurso y ha diagnosticado:
-Le acaba de atropellar un camión o pertenece usted a la tercera edad, me ha dicho.
Vale, tiene ojo fino y es de fiar. Me ha recomendado una revisión completa y me ha mandado al hospital general de Dibumadrid, aunque me ha advertido que, si es lo segundo, no tiene cura.
Casualmente, ya tenía pedida cita y es hoy.
Salgo a la calle y subo a mi coche.
Sí, tengo coche. Se llama Ramón. La transformación en vehículos que sufrimos al pisar la calzada tiene sólo efectos comarcales. En distancias largas no funciona.
Todas las casas de Dibuciudad tienen cochera, lo exige la normativa urbanística, pero, en general, todos aparcamos en la calle. La razón es simple. Con casas de 90 metros, uno no va a dedicar 20 metros a guardar el coche cuando el salón -la estancia más noble tras el cuarto de baño- no llega a 16. La mayoría de los vecinos habilitan este espacio como sala de estar complementaria, trastero o piscina cubierta (según preferencias y hábitos de vida) y dejan los coches en la calle. Durante el día es llevadero. El problema es que por la noche, cuando todos vuelven a casa, los coches no caben en la calle y tenemos que dejarlos en las aceras, en los jardines y, en los barrios más poblados, en mitad de la calle o dónde nos pilla.
Para evitar la sublevación popular que supondría tener a los guardias en la calle de noche, con sus boletines de multas prestos a disparar, las autoridades les dejan calentitos en el cuartel y todos contentos.
Bueno. Emprendo el camino.
Las características de mi coche son:
Motor trasero
Cinco plazas
843 centímetros cúbicos
47 CV a 6200 rpm
Velocidad máxima: 140 km/h
Capacidad del deposito: 30 L
Consumo medio: 7,5 L / 100 km
Es un Seat 850 de 1.968, azul con baca, que me costó 88.000 dibupesetas (unos 530 dibueuros).
Es estupendo. Como podrán observar a partir de sus características técnicas, y dadas las carreteras y condiciones de tráfico actuales, es el coche perfecto -pretérito y pluscuamperfecto, diría yo-. Alcanza sobrado la velocidad máxima permitida -tanto que hay que vigilar no pasarse-, tiene un consumo moderado, su reducido número de caballos apenas exige cuadras y su mecánica es como la de un botijo.
Lo compré nuevo y cuando empezó a desaparecer compré, por nada, otros cuatro de segunda mano. Si alguna vez se me avería (poco probable dada su simplicidad) tengo repuesto para, calculo, unos 160 años. Su rendimiento económico es excepcional. Su valor de compra, sumado a su mantenimiento, y dividido por el número de años que lo tengo, sale a 15 dibueuros al año. Estoy muy contento con la compra que hice.
¡Ah!, y no me convencen los argumentos de los fabricantes de coches y el gobierno para cambiarlo.
Tras los típicos avatares en el tráfico de Dibuciudad, salgo a la primera autovía que pillo. Estamos rodeados de ellas pero no tenemos estación de ferrocarril.
Tengo la opinión de que hay una cierta incoherencia entre los mensajes que nos mandan y los hechos que vemos. Se nos dice que no usemos el coche y nos hacen autovías en vez de ferrocarriles, al tiempo que se nos insta a que cambiemos el coche por uno más moderno -incluso con subvenciones-. Los dibujos, desconcertados, acaban teniendo tres coches cada uno.
Me integro en el tráfico tras un Ferrari despampanante, delante de un todo terreno gigantesco y a la derecha de un Rolls Royce completamente nuevo.
Tras cuarenta kilómetros de camino sigo con la misma escolta. Es normal, el límite de velocidad es tan bajo que se convierte en la velocidad obligatoria. Pese a la diferencia de vehículos, habría dado igual que fuéramos los cuatro atados con una cuerda, empaquetados juntitos. Ahí me tienen, compitiendo con mi 850, en pie de igualdad, con las bestias de la carretera. ¡Y por una cienmilésima parte del precio y de consumo de combustible! ¡Mi 850 está hecho un jabato!
Tengo que decir que he llegado a un acuerdo con los fabricantes de coches. Me pagan para que no desvele mi secreto y no perjudique sus ventas.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. La secretaria no lo ha podido resistir y se ha dado de baja médica por depresión. Por esta causa el equipo de eminencias no tiene folios y no han podido tomar notas de las observaciones. Se ha iniciado una discusión entre filósofos y físicos. Los primeros sostienen que las observaciones que se efectúen serán fruto de la interpretación cerebral y nunca observaciones auténticas de la realidad. Un físico le ha dado un puñetazo a un filósofo y le ha preguntado si le duele de verdad o es una mera interpretación de su yo esencial. Tangana generalizada.
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¡Pillado!
Ahora que lo pienso, era obligado. En estas fechas (justo cuando el jodido virus sale de paseo), salir a la calle, de rebajas, a temperaturas bajo cero, alternándolas con los 30 grados que hay en los establecimientos, donde compartimos miasmas con tropecientos dibuseñores/as mientras, inconscientemente, nos intercambiamos la ropa entre todos en los probadores, garantiza, sin lugar a dudas, pillar un virus robusto y profesional, curtido en las lides de un buen montón de sistemas inmunológicos.
El mio se llama Torcuato y, a razón del fiebrón que tengo, está de barbacoa por mis entretelas.
Aporto una idea sobre salud pública: cambiar las rebajas a febrero o marzo. Ahora que caigo, las rebajas coinciden con las pagas extras. Bien, cámbiense las pagas extras a febrero o marzo.
Con la edad, la gripe se convierte en una enfermedad de cuidado, de palabras mayores, vamos. Por si fuera poco, el virus de la puñeta, con el paso de los años, ha aprendido latín. La cosa ya no se conforma con cursar con dolores, tos y fiebre. A sus armas tradicionales ha añadido nuevo arsenal de ataque a las tripas e intestinos que nos abren, inmisericordemente, los orificios superiores e inferiores, destruyendo nuestra maltrecha dignidad.
En fin, que nos deja hechos un pingajo. ¡Oh cielos... qué horror!
No cabe más que la resignación y así estaba yo, resignado a pasar una semana en la cama, cuando mi señora (aprovecho, nobleza obliga, para decir que tiene ganado el cielo conmigo) se ha percatado de que es un momento idóneo, a causa de mi inmovilidad e indefensión, para hacer una limpieza de prendas de mi armario. ¡Me ha pillado!
Sea. No tengo escapatoria y me veo obligado al repaso de mi vestuario y a despedirme (seguro que en algo tendré que ceder) de alguna de mis prendas más queridas.
Ya comenté que, de un tiempo acá, es muy difícil encontrar prendas que no me conviertan en un anuncio andante. Como esto me saca de quicio, mi apego a mis prendas antiguas -ya de por sí, alto- se acrecienta aún más.
Tengo un subconsciente muy rebelde (y nacionalista, es decir, con poca representación en el arco parlamentario pero con mucho poder y propenso a salirse de madre), por lo que mi cabeza se refugia en reflexiones sobre la moda.
Ignoro las razones o los extraños vericuetos de la mente pero, a la vista de una blanca camisa vieja que me muestra mi mujer y que me resisto a tirar, un carrusel de imágenes distorsionadas asalta mi memoria visual:
-Me veo vestido con camisa ceñida de múltiples colores chillones y pantalones azul brillante de campana (llevo tupé a lo Travolta... horroroso).
-Ahora visto con americana blanca, con inmensas hombreras y bordados dorados, camisa con puntillas y puñetas y calzando botas de montar blancas (en las manos muevo abanicos desplegados con intención de volar). No, no veo mis pantalones. Las visiones son así.
-Siguiente imagen: camisa de pana, jersey de punto gordo, inmenso, hasta las rodillas y vaqueros rotos. Calzo zapatillas “La cadena” o “John Smith” (del bolsillo me sobresale un manojo de marihuana y tengo los ojos algo vidriosos).
-Camisa blanca, jersey de cuello de pico atado a la cintura, vaqueros “de marca”, mocasines “castellanos” con borlas o herrajes (me llamo Borja y he gastado el bote entero de gomina).
-Camisa blanca con corbata (negra con nudo minúsculo), traje negro con solapas muy estrechas y, en general, muy arrugado. Calzado negro puntiagudo “pinchaglobos” o deportivas (raro espécimen de los 80).
-De deporte, camiseta blanco nieve, de algodón, muy ceñidita, pantalones azules de algodón, pequeñitos, desgastados y un poco volanderos de pernera, calcetines blancos y zapatillas azules “La cadena” (el profesor de Gimnasia y Espíritu Nacional me pega con la cadena del silbato en las canillas).
-De niño, camisa como brillante, con farol en los hombros, pantalones bermudas, estrechos, hasta las rodillas, calcetines largos oscuros y zapatos de charol (incorporo ingentes boceras de caramelo por toda la cara).
-Blusa de seda, floreada, leotardos, minifalda y zapatos de tacón (era carnaval, ¿vale?).
-Imagen de un niño, sin gusto ni criterio, vistiendo a millones de muñecos, iguales, a su antojo, cada vez con cosas diferentes, como sin acertar la combinación adecuada, mezclando una y otra vez las diferentes prendas, con rabietas cada vez que no acierta.
No me negarán que lo de la moda es muy interesante. Un señor, o un grupo de ellos, deciden cómo vamos a vestir todos la temporada siguiente y nos lo hacen saber en las pasarelas.
Como, pese a sus históricos y probados desvaríos, les damos mucho crédito, todos desechamos nuestro vestuario anterior (y nuestra inversión) y corremos raudos a las tiendas a comprar el tipo de prenda que nos han dictado (en color, forma, tamaño y combinación).
Muy modernos, vestimos masivamente sus colores con sus uniformes, presumiendo de estar muy “a la moda” (como un ejercito o equipo de fútbol, vamos). Esto, que no dice nada de nuestro criterio estético -a lo sumo que no tenemos uno propio-, nos hincha de orgullo (presumimos y nos lucimos delante de los demás dibujos) lo que ayuda a los diseñadores a vender sus productos y acrecentar su fama, mientras los fabricantes vuelven a fabricar y vender las mismas prendas que el año anterior ya nos vendieron.
¡Venga! ¡A esquilar ovejas, cultivar algodón y criar gusanos de seda!
Por cierto, ¿sabían que el poliester (el 30% de los tejidos de sus prendas, más o menos) se obtiene por esterificación del ácido ftálico con un alcohol polihidroxilado? Más claro: de los dinosaurios. ¡Hay que ver el provecho que le sacamos a esos bichos! ¡Más que a los gorrinos!
Que la moda pretérita era estéticamente ridícula lo evidencia la risa y la vergüenza -propia y ajena- con que vemos las fotos de etapas anteriores. El David de Miguel Ángel, la catedral de Burgos, la rendición de Breda, el Guernica de Picasso, por citar algunos, acreditan su belleza y la calidad de sus autores, entre otras razones, por la superación del tiempo. Si la moda de años anteriores ya no nos vale y nos provoca hilaridad es que entonces, y ahora y por todos los tiempos, no era un acierto estético, es decir, los que la diseñaron no tienen buen gusto (o nos toman el pelo).
No me da la gana obedecer el criterio estético de unos pocos, por más fama que tengan, y selecciono prendas en función de su comodidad, utilidad, precio y discreción procurando, además, que no estén demasiado a la moda. He descubierto que de este modo nunca desentono demasiado, no siento vergüenza de las fotos y mi gasto en este capítulo se reduce considerablemente. No obstante, para compensar a los diseñadores y fabricantes por su esfuerzo y no ser tachado de antisocial, siempre les mando una felicitación por navidad.
Por si fuera poco, adoro la ropa vieja. Me gusta que las etiquetas no arañen, que tenga aprendida la forma de mi cuerpo (me aburre explicársela a las prendas nuevas, de talante usualmente rebelde) y como, en general, me gustaba cuando la compré, me sigue gustando aunque este año se lleve vestir de camuflaje, chillón o con anuncios como ahora.
!Uf¡. Se ha terminado la limpieza de armario. He tenido que ceder en desechar una camisa, dos camisetas y unos calzoncillos. He conseguido salvar un par de pantalones de pana apelando a que los compré el día que conocí a mi mujer.
Voy a dormir que, como habrán podido intuir, estoy un poco empanao y febril. Lo superaré.
Hasta dentro de 7 días, 5 cajas de aspirinas, 21 ponches calientes y 12 litros de sudor.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Ha vuelto a pasar la secretaria y se han vuelto a enzarzar en la disquisición sobre su cuerpo serrano. Al menos la discusión sobre las ciencias adivinatorias se ha finalizado. Algún avispado ha cambiado los carteles indicadores de las oficinas y los astrólogos, quirománticos y adivinadores se han perdido por el edificio.
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domingo, 13 de enero de 2008
Segundo asalto
¡Dita sea! ¡Joder!, ¡joder!, ¡joder! ¡No estaba en la lista! ¡Ya me ha vuelto a pasar!
Cabreado conmigo mismo, voy hacia el segundo establecimiento elegido.
De camino, paso junto a un local que está en pleno proceso de transformación. Este local, que en tiempos fue una tienda de comestibles, pasó a ser un videoclub para, pocos meses después, transformarse en agencia inmobiliaria. Transcurrido un poco tiempo, se había convertido en agencia de viajes y ahora se está transformando en panadería. Esta fantástica capacidad de adaptación de los locales al negocio más rentable es muy común en Mundodibú pero, con frecuencia, despista a los compradores que, yendo a por un kilo de naranjas, vuelven a casa con una peli porno (con la consiguiente bronca monumental de sus señoras). Además, como se trata de un fenómeno bastante generalizado, suele conducir al desabastecimiento por oleadas. Hasta hace muy poco, lo único que era posible comprar en la ciudad -sin usar el coche para irse a las afueras- eran viajes a Cancún o a Benidorm (que viene a ser lo mismo).
Bueno, estoy en la puerta.
Esta vez me aseguro de que lo que voy a comprar está en mi lista y hago unos minutos de meditación, repitiendo mi mantra de rebajas:
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al infierno, batallando por productos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga
Sin dejar de repetirlo (es un fragmento de un tal Machado que modifico a mi antojo), procurando dominar los temblores de rodillas que me surgen de improviso, entro gritando, a la carrera, en “Galerías Sacarino, todo en prendas de lino”.
Es uno de los comercios más populares por sus bajos precios y, mucho me temo, está hasta las trancas.
Grito de guerra: ¡Yaaaaah!
Nada más entrar, un golpe de calor, aire húmedo y efluvios de humanidad me provocan un amago de arcada que descompone la gallarda figura que me había impuesto. El monumental barullo del interior bloquea mi capacidad auditiva y los continuos empellones, que recibo por todos los flancos, anulan mi sistema de orientación. Es decir, mi sistema digestivo y mis sistemas de escucha y de equilibrio acaban de ser anulados. Igualito igualito que si Cassius Clay me hubiera dado un directo a la boca del estómago, seguido de un gancho a mi mandíbula.
Durante unos minutos, que parecen toda una eternidad, deambulo, tambaleándome, sin norte ni rumbo fijo, entre los mostradores y perchas de ropa. El río humano, sin que yo pueda hacer lo más mínimo para evitarlo, me saca otra vez a la calle.
El aire fresco, cual campana de boxeo, me salva del KO seguro y me permite replantear mi siguiente acometida. Desde la calle consigo ver, en el interior de la tienda, un cartel en su techo que señala mi objetivo.
Otra vez:
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al infierno, batallando por productos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga
Bis: ¡Yaaaaaaaaaaah!
A la carrera, en mi épica carga final, entro en tromba, sin mirar a los flancos, en dirección a mi valladar objetivo.
Agotado, casi noqueado, caigo semidesplomado en el mostrador de los pantalones donde, entre los empujones de la gente, me hago de un par de mi talla. He tenido que morder la nalga a una señora, meter el dedo en el ojo a otro pobre jubilado como yo y arrancar, de un tirón, una tachuela de la lengua a un chaval joven que se me había subido a la espalda.
Finalmente, he conseguido, reptando por el suelo, llegar a la cola para pagar.
-Se me cuela un señor por la cara.
-Se me cuela una señora con el truco de ponerse a charlar con una amiga.
-Se me cuela entre las piernas un niño enviado por su astuta madre.
-Se me cuela San Antón (con todos sus animales), que pasaba por allí.
Ya me toca. Hecho mano a mi cartera y descubro que, con el follón, golpes y apretujones me la han limpiado.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
agotado, perdida hacienda y heredad
-polvo, sudor y hierro- , el derrotado Cid cabalga
Abandono el local.
Mientras camino a casa, reflexiono. No cabe en mente humana tamaña brutalidad. Aturdidos y arruinados tras la quincena anterior, nos vemos impelidos a comprar, comprar y comprar entre marabuntas de gente, con unos dibueuros que no tenemos, entresacando, de entre montones desordenados de tallas enormes o minúsculas, mientras nos machacan a codazos, artículos que no necesitamos y seguramente nunca usaremos, deambulando, a temperaturas insoportables de calor y frío, entre tiendas y más tiendas.
No descarto que sea la penitencia por tomarnos a chirigota la fiesta religiosa del periodo anterior pero, si lo fuera, dice mucho del mosqueo que se pilla Dios con nosotros.
Ya saben, cosas de dibujos.
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Otra vez “Pausa café”.
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miércoles, 9 de enero de 2008
¡A por ellos!
Por lo normal, los dibujos terminamos las fiestas de navidad en un estado deplorable, con los ánimos -al principio exultantes y llenos de grandes y reiterados buenos propósitos-, en plena depresión a consecuencia del convencimiento de que... esta vez..., tampoco. ¡Joder!
Añádase un bolsillo tan mermado que algunos lo cosen para no hacerse ilusiones, y un cuerpo tan revuelto que se expiden títulos de médico a las farolas para atender el exceso de demanda. Huelga decir que las tarjetas de crédito, derretidas de tanto uso, corren despavoridas por la casa a esconderse a la mínima ocasión.
Pues bien, en estas condiciones, con este lamentable panorama, llega, como plaga bíblica, inexorable, brutal y atronadora... ¡la época de rebajas en plena cuesta de enero!
Para mi desgracia, no puedo evitar salir a comprar en los dos períodos del año en que se levanta la veda de “consumidorus rejoneatum”, ahora y en agosto. Como ya saben, el pecunio de jubilado se estira menos que el portero de un futbolín y es más corto que unas elecciones sin políticos, por cuya razón, todos los jubilados podemos presumir de ir siempre a la moda del año pasado o anteriores luciendo, por lo general, prendas que no son de nuestra talla .
Debido a mi larga experiencia en estas lides, he aprendido que salir en los primeros días al fragor de la batalla no es buena idea pues, según pasa el tiempo, los descuentos suelen ir creciendo en la misma medida que el ardor guerrero de los consumidores disminuye. Aprovecho pues estos primeros momentos para hacer los ejercicios espirituales, necesarios para preparar mi alma, y sacar a mi tarjeta de crédito de su escondrijo con mimos, zalamerías, arrullos y calditos calientes.
Atisbando desde la ventana el momento propicio, decido, al fin, lanzarme al ruedo de las vanidades y la lucha por los acopios para la supervivencia.
Primero, hago detallado inventario de todas mis pertenencias, anotando por categorías (imprescindible, importante, conveniente, chuminadas y ¡ni lo pienses!) los elementos que considero faltan en él. Luego, me pertrecho de elementos tales como cota de mallas (heredada de un antepasado guerrero), gafas de culo de vaso (favorecen la ternura del comprador competidor y dependiente malhumorado), pantuflas de andar por casa a las que, tras calzarlas, cubro con bolsas de plástico hasta el tobillo, casco de albañil que encontré casualmente en el roscón de reyes de hace unos años y, para terminar, unos guantes de carpintero... por si las moscas.
De esta guisa, y al grito de ¡a por ellos!, acometo la traumática cruzada de cubrir los huecos de mi inventario, en dura pugna con la muchedumbre que inunda los establecimientos.
Como soy muy metódico, divido la contienda en fases. La primera y no pequeña, es desplazar mis ejércitos al campo de batalla, es decir, llegar al centro de la ciudad, punto en que se concentra la mayoría de los establecimientos. Con el paso de los años, y tras múltiples intentos fallidos, encontré una solución viable. Descartado el acceso en coche, no queda más alternativa que ir caminando (no me quejo, no es mucha distancia) pero la carga de las compras en el retorno puede ser dificultosa. Esto lo resolví al módico precio de 50 céntimos de dibueuro que es el montante que alcanza el alquiler, a perpetuidad, de un carrito de supermercado. Se consigue, simplemente, yendo a un hiper-mercado, depositando los 50 céntimos en la ranura para liberarlo del siguiente (en algunos casos es un dibueuro -¡hay que mirar bien para comprar barato!-), y llevándose uno el carrito a casa. ¡Listo!
Cubierta esta primera fase logística, acometo la segunda -no menos dificultosa-, de otear el territorio, reconocer el terreno, es decir, pasear los escaparates de todas las tiendas intentando localizar alguno de los productos que necesito, tomando nota de los descuentos de cada una y de su nivel de saturación de público. En ocasiones, cuando la suerte acompaña, he camelado a alguno de mis nietos para que, a modo de oteador avanzado, me ayude en esta batida.
Detectado el estado del campo de batalla y las fuerzas del enemigo, provisto de papel, lápiz, goma de borrar, un ejemplar de “La Guerra de las Galias” de Julio César, otro de “El Arte de la Guerra” de Tsun Zu y la colección completa del Capitán Trueno, en mi tercera fase, trazo meticulosamente el plan de ataque sentado en un banco de la plaza.
Bien, “Alea iacta est” que dijo César o, lo que viene a ser lo mismo, ¡tonto el último! Excuso decir que, a partir de este punto, se va a la mierda lo de la programación, la división en fases, el estudio, etc, etc. Se trata de entrar en lucha encarnizada y sin cuartel, a sangre y fuego... y no está la cosa para meditaciones.
Lanzo mis fuerzas contra el establecimiento seleccionado como primer objetivo: “Confecciones Felix el gato, siempre lo más barato”. Rezando mis oraciones, entro en campo enemigo.
-Un niño de corta edad que acompaña a una señora furibunda tamaño “king size premium XXL”, me arranca uno de mis guantes protectores de un mordisco (mi mano se salva pero se llora la baja de tan viejo amigo que entrega la vida en acto de servicio).
-Una jovencita perforada de hierros y tachuelas por todo su cuerpo, con las pinturas de guerra tatuadas, de verde melena y con una camiseta y una falda 16 tallas más pequeñas que la suya, clava, cual alcayata infernal, uno de sus tacones en mi pobre pantufla perforándola. Mi pié se hincha y su color muta a tornasol.
-Llego al mostrador.
-El mostrador se desplaza 160 centímetros hacia dentro debido a la presión de todos los que nos apoyamos en él.
-La señora “king size” se desparrama en el suelo, desplazando 56 toneladas métricas de aire y a un señor bajito que sale despedido a la calle tras rebotar en el marco de la puerta.
-El dependiente, debido al impacto del mostrador en el abdomen, expulsa el bazo y los riñones por la nariz.
-Aprovechando el desconcierto, pillo un paquete de calzoncillos de esparto con un 2% de descuento.
-Toco retirada y recuento mis fuerzas.
Como el lector comprobará, mi táctica es la guerra de guerrillas y no ha ido del todo mal. Sumo una baja (rezo una oración por mi guante) y un herido leve (mi pie). Me flagelo por no haber previsto la indefensión de mis fuerzas pedestres, arranco dos papeleras de la calle, me las calzo sobre mis pantuflas y examino mi preciado botín de guerra.
Aclaro que mis calzoncillos preferidos son de una especie en acelerada extinción (gallumbus albus algodonae con frontalicus aperture). Cuando yo era joven, no los había de otro tipo y lo cierto es que son muy cómodos de llevar y usar (no obligan a hacer malabarismos con el cacharrito a la hora de miccionar en los urinarios públicos). Ahora, como es un modelo que, alcanzada la perfección en diseño y materiales, no permite grandes modificaciones de moda sin alterar su esencia -dificultando así incluirlos en las colecciones de pasarela y reducir con ello su vida útil comercial en mayor beneficio del fabricante-, se producen solo en talla XXL, se supone que para recalcitrantes señores, muy mayores y, en consecuencia, de abultado volumen. No los encuentro de mi talla (mi volumen no se corresponde con el teórico de mi edad, al menos de posaderas) y me niego a enseñar a mi pobre aparatito a hacer contorsionismo o a enseñar el culo en los urinarios a estas alturas.
Ahora que lo pienso (tarde, como siempre), los que he comprado seguramente me resultarán incómodos pero, en última instancia, podrían servir para hacer nidos para pájaros u otros menesteres. ¡Y me han salido muy baratos!
Observaciones empíricas del grupo científico de seguimiento:
Ninguna. Con el barullo habido hasta la fecha, no se habían percatado de que el experimento ya se había iniciado y no habían encendido los ordenadores. Se espera que estén en marcha, y eso usando el arranque rápido sin chequeo completo de la RAM, en unas 6 horas. Mientras tanto, se han ido un rato a las rebajas.
Publicado por
Triston
a las
11:08
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